ROLAND
BARTHES
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EL
MENSAJE FOTOGRÁFICO
De LO OBVIO Y LO OBTUSO Imágenes, gestos, voces,
Paidos,
1995, Barcelona, Págs. 11-27.
La
fotografía periodística es un mensaje. El conjunto de ese mensaje está
constituido por una fuente emisora, un canal de transmisión y un medio
receptor. La fuente emisora es la redacción del diario, el grupo de técnicos,
algunos de los cuales sacan la fotografía, otros la seleccionan, la componen,
la tratan y otros, por fin, le ponen un título, le agregan una leyenda y la
comentan. El medio receptor es el público que lee el diario. Y el canal de
transmisión, el diario mismo, o más precisamente, un complejo de mensajes
concurrentes, cuyo centro es la fotografía y cuyos contornos están
representados por el título, la leyenda, la compaginación, y de manera más
abstracta, pero no menos
, el nombre mismo del
diario (pues ese nombre constituye un saber que puede desviar notablemente la
lectura del mensaje propiamente dicho: Una foto puede cambiar de sentido al
pasar de L’Aurore a L’Humanité)[1].
Estas constataciones no son indiferentes, pues vemos claramente que las tres
partes tradicionales del mensaje no exigen el mismo método de exploración.
Tanto la emisión como la recepción del mensaje dependen de una sociología: se
trata de estudiar grupos humanos, de definir móviles, actitudes y de intentar
relacionar el comportamiento de esos grupos con la sociedad total de la que
forman parte. Pero para el mensaje en sí, el método debe ser diferente:
cualquiera sea el origen y el destino del mensaje, la fotografía no es tan sólo
un producto o una vía, sino también un objeto dotado de una autonomía
estructural. Sin pretender en lo más mínimo separar este objeto de su uso, es
necesario prever en este caso un método particular, anterior al análisis
sociológico mismo, y que no puede ser sino el análisis inmanente de esa
estructura original que es una fotografía.
Es
evidente que incluso desde el punto de vista de un análisis puramente
inmanente, la estructura de la fotografía
no es una estructura aislada; se comunica por lo menos con otra estructura, que
es el texto (título, leyenda o artículo) que acompaña toda fotografía periodística.
Por consiguiente, la totalidad de la información está sostenida por dos
estructuras diferentes (una de las cuales es lingüística); estas dos
estructuras son concurrentes, pero como sus unidades son heterogéneas, no
pueden mezclarse; en un caso (el texto) la sustancia del mensaje está
constituida por palabras; en el otro (la fotografía), por líneas, planos,
tintes. Además, las dos estructuras del mensaje ocupan espacios reservados,
contiguos, pero no
, como por ejemplo en un
jeroglífico que funde en una sola línea la lectura de las palabras y las imágenes.
De este modo, y aunque no haya nunca fotografías periodísticas sin comentario
escrito, el análisis debe apuntar en primer término a cada estructura por
separado; y sólo cuando se haya agotado el estudio de cada estructura podrá
entenderse la forma en que se complementan. De estas dos estructuras, una, la de
la lengua, ya es conocida (lo que no se conoce es la de la
que constituye el habla
del diario; en este sentido queda aún un enorme trabajo por realizar); la otra,
la de la fotografía propiamente dicha, es prácticamente desconocida. Nos
limitaremos aquí a definir las primeras dificultades de un análisis
estructural propiamente dicho.
¿Cuál
es el contenido del mensaje fotográfico? ¿Qué transmite la fotografía? Por
definición, la esencia en sí, lo real literal. Del objeto a su imagen hay por
cierto una reducción: de proporción, de perspectiva y de color. Pero esta
reducción no es en ningún momento una transformación (en el sentido
matemático del término). Para pasar de lo real a su fotografía, no es
necesario segmentar esa realidad en unidades y erigir esas unidades en signos
sustancialmente diferentes del objeto cuya lectura proponen. Entre ese objeto y
su imagen, no es necesario disponer de un relevo (relais), es decir de un
código. Si bien es cierto que la imagen no es lo real, es por lo menos su analogon
perfecto, y es precisamente esa perfección analógica lo que, para el sentido
común, define la fotografía. Aparece así la característica particular de la
imagen fotográfica: es un mensaje sin código, proposición de la cual
es preciso deducir de inmediato un corolario importante: el mensaje fotográfico
es un mensaje continuo.
¿Existen
otros mensajes sin código? A primera vista sí: precisamente todas las
reproducciones analógicas de la realidad: dibujos, pinturas, cine, teatro. Pero
en realidad, cada uno de estos mensajes desarrolla de manera inmediata y
evidente, además del contenido analógico en sí (escena, objeto, paisaje), un
mensaje suplementario, que es lo que llamaremos corrientemente estilo de
la reproducción. Se trata en este caso de un sentido secundario, cuyo
significante es un cierto
de la imagen por parte
del creador, y cuyo significado, ya sea estético o ideológico, remite a una
cierta
de la sociedad que recibe el mensaje. En suma,
todas las estas
imitativas contienen dos
mensajes: un mensaje denotado que es el analogon en sí, y el
mensaje connotado, que es la manera como la sociedad hace leer, en cierta
medida, lo que piensa. Esta dualidad de los mensajes es evidente en todas las
reproducciones no fotográficas: no hay dibujo, por
que sea, cuya exactitud
misma no se convierta en estilo; no hay escena filmada cuya objetividad no sea
finalmente leída como el signo mismo de la objetividad. Tampoco en este caso se
llevó a cabo el estudio de estos mensajes connotados (en primer lugar habría
que decidir si lo que se llama obra de arte puede reducirse a un sistema de
significaciones). Sólo puede preverse que en el caso de que todas estas artes
imitativas sean comunes, es verosímil que el código del sistema connotado esté
constituido ya sea por una simbólica universal, ya sea por una retórica de época,
en una palabra, por una reserva de estereotipos (esquemas, colores, grafismos,
gestos, expresiones, agrupaciones de elementos). Ahora bien, en principio nada
de todo esto se da en la fotografía, en todo caso en la fotografía periodística
que no es nunca fotografía
. Al hacerse pasar por una
analogía mecánica de lo real, en cierta medida, su mensaje primario llena por
completo su sustancia y no deja lugar para el desarrollo de un mensaje
secundario. En suma, de todas las estructuras de información[2],
la fotografía sería la única que está exclusivamente constituida y ocupada
por un mensaje
, que
agotaría por completo su ser. Ante una fotografía, el sentimiento de
, o si se prefiere, de
plenitud analógica, es tan fuerte, que su descripción es literalmente
imposible, puesto que describir es precisamente adjuntar al mensaje
denotado, un relevo o un mensaje secundario, tomado de un código que es la
lengua, y que constituye fatalmente, por más cuidados que se tomen para ser
exactos, una connotación respecto de lo análogo fotográfico: por
consiguiente, describir no es tan sólo ser inexacto o incompleto, sino cambiar
de estructura, significar algo distinto de lo que se muestra[3].
Ahora
bien, este carácter puramente denotativo
de la fotografía, la
perfección y la plenitud de su analogía, en una palabra su “objetividad”
(es decir las características
que el sentido común asigna a la fotografía) corren el riesgo de ser míticos,
pues de hecho, hay una gran probabilidad (y esto será una hipótesis de
trabajo) de que el mensaje fotográfico (al menos el mensaje periodístico) sea
connotado. La connotación no se deja necesariamente captar de inmediato a nivel
de mensaje en sí (es, sise quiere, a la vez invisible y activa, clara e implícita),
pero se la puede inducir de ciertos fenómenos que tienen lugar a nivel de la
producción y de la recepción del mensaje: por una parte, una fotografía
periodística es un objeto de trabajo, seleccionado, compuesto, construido,
tratado según normas profesionales, estéticas o ideológicas, que son otros
tantos factores de connotación; y por otra, esta misma fotografía no es
solamente percibida, recibida, sino también leída, relacionada más o
menos conscientemente por el público que la consume, con una reserva
tradicional de signos. Ahora bien, todo signo supone un código, y es
precisamente este código (de connotación) lo que habría que tratar de
establecer. La paradoja fotográfica sería entonces la coexistencia de dos
mensajes, uno sin código (lo análogo fotográfico) y el otro con código (el
, o el tratamiento, o la
o la retórica fotográfica).
Estructuralmente, la paradoja no es la colusión de un mensaje denotado y de
mensaje connotado: esa es la característica probablemente fatal de todas las
comunicaciones de masa. Lo que sucede es que el mensaje connotado (o codificado)
se desarrolla en este caso a partir de un mensaje sin código. Esta
paradoja estructural coincide con una paradoja ética cuando queremos ser
“neutos, objetivos”
, nos esforzamos por
copiar minuciosamente lo real como si lo analógico fuera un factor que se
resiste ante el asedio de los valores (esta es, al menos, la definición del
“realismo”
estético). ¿Cómo la
fotografía puede ser al mismo tiempo objetiva
y “asedidada”,
natural y cultural? Esta pregunta podrá tal vez ser contestada sólo cuando
haya sido posible captar el modo de imbricación del mensaje denotado y del
mensaje connotado. Pero para emprender este trabajo hay que recordar que, en la
fotografía, el mensaje denotado es absolutamente analógico, es decir, que no
recurre a código alguno, es continuo; por consiguiente, no hay motivos
para buscar las unidades significantes del primer mensaje. Por el contrario, el
mensaje connotado contiene un plano de expresión y un plano de contenido,
significantes y significados: obliga pues a un verdadero desciframiento. Este
desciframiento sería actualmente prematuro, pues para aislar las unidades
significantes y los temas (o valores) significados, habría que realizar
lecturas dirigidas (quizás por medio de tests), haciendo variar artificialmente
ciertos elementos de la fotografía para observar si esas variaciones de forma
provocan variaciones de sentido. Al menos prever desde ahora los principales
planos de análisis de la connotación fotográfica.
Los
procedimientos de connotación.
La connotación, es decir la imposición de un sentido secundario al mensaje fotográfico propiamente dicho, se elabora en los diferentes niveles de producción de la fotografía (selección, tratamiento técnico, encuadre, compaginación): es, en suma, una codificación de lo analógico fotográfico. Es posible, por consiguiente, ir desentrañando procedimientos de connotación; pero no hay que olvidar que estos procedimientos no tienen nada que ver con unidades de significación, tales como un ulterior análisis semántico permitirá quizás definirlas: estrictamente hablando, no forman parte de la estructura fotográfica. Estos procedimientos son conocidos; nos limitaremos a traducirlos en términos estructurales. En rigor, habría que separar los tres primeros (trucaje, pose, objetos) de los tres últimos (fotogenia, esteticismo, sintaxis), puesto que en esos tres primeros procedimientos, lo que produce la connotaciones una modificación de lo real, es decir, del mensaje denotado (es evidente que este preparativo no es propio de la fotografía). Sin embargo, si se los incluye en los procedimientos de connotación fotográfica, es porque ellos también se benefician con el prestigio de la denotación: La fotografía permite que el fotógrafo esquive la preparación que impone a la escena que va a captar. Pero no por eso, desde el punto de vista de un ulterior análisis estructural, puede asegurarse que sea posible tener en cuenta el material que entregan.
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1. Trucaje. En 1951, una fotografía ampliamente difundida en los periódicos norteamericanos, costaba su banca, según parece, al senador Millard Tydings; esta fotografía representaba al senador conversando con el líder comunista Earl Browder. Se trataba, en realidad, de una foto trucada, constituida por el acercamiento artificial de los dos rostros. El interés metódico del trucaje consiste en que interviene, sin dar aviso, dentro del mismo plano de denotación; utiliza la credibilidad particular de la fotografía, que no es, como vimos, más que su excepcional poder de denotación, para hacer pasar por simplemente denotado un mensaje que no es, en realidad, fuertemente connotado; no hay ningún otro tratamiento en el que la connotación adopte en forma tan completa la máscara de la denotación. |
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2.
Pose.
Veamos una fotografía periodística ampliamente difundida en el momento de las
últimas elecciones norteamericanas[4]:
es el busto del presidente Kennedy visto de perfil, los ojos hacia lo alto, las
manos juntas. En este caso, lo que prepara la lectura de los significados de
connotación es la pose misma del sujeto: juventud, espiritualidad, pureza. La
fotografía no es por cierto significante más que porque existe una reserva de
actitudes estereotipadas que constituyen elementos de significación ya
preparados (mirada hacia lo alto, manos juntas); una
de la connotación
iconográfica debería pues buscar sus materiales en la pintura, el teatro, las
asociaciones de ideas, las metáforas corrientes, etc., es decir, precisamente,
en la “cultura”
. Como se dijo, la pose no es un procedimiento
específicamente fotográfico, pero es difícil dejar de nombrarlo, en la medida
en que su efecto proviene del principio analógico que fundamentará la fotografía:
el mensaje no es aquí
sino “Kennedy rezando”
: el lector recibe como
simple denotación lo que de hecho es una estructura doble, denotada-connotada.
3.
Objetos.
Tenemos que reconocer aquí una importancia particular a lo que podría llamarse
la pose de los objetos, puesto que el sentido connotado surge entonces de los
objetos fotografiados (ya sea que el fotógrafo haya tenido la oportunidad de
disponer artificialmente esos objetos frente al objetivo, ya sea que entre
varias fotografías el compaginador elija la de tal o cual objeto). Lo
interesante es que esos objetos son inductores corrientes de asociaciones de
ideas (biblioteca = intelectual), o, de manera más oscura, verdaderos símbolos
(la puerta de la cámara de gas de Chessmann remite a la puerta fúnebre de las
antiguas mitologías). Estos objetos constituyen excelentes elementos de
significación: por una parte, son discontinuos y complejos en sí mismos, lo
cual para un signo es una cualidad física; y por otra, remites a significados
claros, conocidos. Por consiguiente, son los elementos de un verdadero léxico,
estables al punto de poder constituirse fácilmente en sintaxis. Veamos por
ejemplo una
de objetos: una ventana
abierta sobre techos de tejas, un paisaje de viñedos; ante la ventana, un álbum
de fotografías, una lupa, un jarro con flores; estamos pues en el campo, al sur
del la Loira (viñedos y tejas), en una casa burguesa (flores sobre la mesa),
cuyo anciano morador (lupa) revive sus recuerdos (álbum de fotografías): se
trata de François Mauriac en Malagar (foto aparecida en Paris-Match).
En
alguna medida, la connotación
de todas esas unidades significantes
sin embargo como si se
tratase de una escena inmediata y espontánea, es decir insignificante; se
encuentra explicitada en el texto, que desarrolla el tema de los vínculos que
unen a Mauriac con la tierra. Es posible que el objeto ya no pose una fuerza,
pero posee con toda seguridad un sentido.
4.
Fotogenia.
Ya se hizo la teoría de la fotogenia (Edgar Morin en Le Cinéma ou l’Homme
imaginaire) y no es este el lugar para insistir acerca de la significación
general de este procedimiento. Bastará definir la fotografía en términos de
estructura informativa: en la fotogenia, el mensaje connotado está en la imagen
misma,
(es decir en general
sublimada), por técnicas de iluminación, de impresión y de revelado. Sería
necesario hacer un recuento de estas técnicas, sólo en la medida en que a cada
una de ellas corresponde un significado de connotación suficientemente
constante como para poder ser incorporado a un léxico cultural de los
técnicos (por ejemplo el “flou”de movimiento,
o “corrimiento”
,
lanzado por los equipos
del doctor Steinert para significar el espacio-tiempo). Este recuento sería
además una excelente ocasión para distinguir los efectos estéticos de los
efectos significantes --salvo que se llegue a la conclusión de que en fotografía,
contrariamente a las intenciones de los fotógrafos de exposición, no hay nunca
arte sino siempre sentido-- lo que opondría precisamente, según
un criterio preciso, la buena pintura, así fuese marcadamente figurativa, a la
fotografía.
5.
Esteticismo.
Aparentemente, sólo puede hablarse de esteticismo en fotografía de manera
ambigua: cuando la fotografía se hace pintura, es decir composición o
sustancia visual deliberadamente tratada como ”arte”
, ya sea para significarse a sí misma como
(es el caso de la técnica pictórica
de comienzos de siglo), ya
sea para imponer un significado por lo general más sutil y más complejo de lo
que lo permiten otros procedimientos de connotación. Así por ejemplo,
Cartier-Bresson representó el recibimiento que los fieles de Lisieux tributaron
al Cardenal Pacelli como un cuadro antiguo; pero esta fotografía no es en
absoluto un cuadro. Por una parte, su esteticismo manifiesto remite
(maliciosamente) a la idea misma de cuadro (lo cual es contrario a toda pintura
verdadera), y por otra, la composición significa aquí, abiertamente, una
cierta espiritualidad estática, traducida en términos de espectáculo
objetivo. En este caso vemos además la diferencia entre la fotografía y la
pintura: en el cuadro de un Primitivo, la “espiritualidad”
no es nunca un
significado, sino, por así decirlo, el ser mismo de la imagen; es cierto que en
algunas pinturas puede haber elementos de código, figuras de retórica, símbolos
de época; pero no unidades significantes que remitan a la espiritualidad, que
es una manera de ser, no el objeto de un mensaje estructurado.
6.
Sintaxis.
Ya hablamos de una lectura discursiva de objetos-signos dentro una misma
fotografía; es natural que varias fotografías puedan transformarse en
secuencia (es el caso corriente de las revistas ilustradas); el significante de
connotación ya no se encuentra entonces a nivel de ninguno de los fragmentos de
la secuencia, sino a nivel (suprasegmental como dirían los lingüistas) del
encadenamiento. Veamos cuatro instantáneas de una cacería presidencial en
Rambouillet; en cada una de ellas el ilustre cazador (Vincent Auriol) apunta su
fusil en una dirección imprevista, con gran peligro para los guardias que huyen
o se tiran al suelo: la secuencia (y sólo ella) ofrece como lectura una situación
cómica, que surge, según un procedimiento bien conocido, de la repetición y
de la variación de las actitudes. En este sentido señalaremos que la fotografía
solitaria es rara vez (es decir difícilmente) cómica, al contrario del dibujo;
lo cómico necesita movimiento, es decir repetición (lo que es fácil en el
cine), o tipificación (lo que es posible en el dibujo), y estas dos
le están vedadas a la
fotografía.
El
texto y la imagen.
Tales
son los principales procedimientos de connotación de la imagen fotográfica
(repitamos una vez más que se trata de técnicas, no de unidades). Podemos
agregar de modo constante el texto mismo que acompaña la fotografía periodística.
Se imponen aquí tres observaciones.
En
primer lugar la siguiente: el texto constituye un mensaje parásito, destinado a
connotar la imagen, es decir, a
uno o varios significados
secundarios. En otras palabras, y eso representa un vuelco histórico
importante, la imagen ya no ilustra la palabra; es la palabra que,
estructuralmente, es parásita de la imagen. Este vuelco tiene su precio: en las
formas tradicionales de “la ilustración”
, la imagen funcionaba
como una vuelta episódica a la denotación, a partir de un mensaje principal
(el texto) sentido como connotado, puesto que necesitaba, precisamente, una
ilustración; en la relación actual, la imagen no viene a aclarar o a
la palabra; es la palabra
que viene a sublimar, patetizar o racionalizar la imagen; pero como esta operación
se hace a título accesorio, el nuevo conjunto informativo parece fundarse
principalmente en un mensaje objetivo (denotado), del cual la palabra no es más
que una suerte de vibración secundaria, casi inconsecuente. Antes, la imagen
ilustraba el texto (lo hacía más claro); hoy en día el texto hace más pesada
la imagen, le impone una cultura, una moral, una imaginación; antes había una
reducción del texto a la imagen, hoy, una amplificación de una a otra: la
connotación ya no se vive más que como la resonancia natural de la denotación
fundamental constituida por la analogía fotográfica. Nos encontramos pues
frente a un proceso caracterizado de naturalización de lo cultural.
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Otra observación: el efecto de connotación es probablemente diferente según el modo de presentación de la palabra; cuanto, más cerca se encuentra de la imagen, menos parece connotarla; atrapado en alguna medida por el mensaje iconográfico, el mensaje verbal parece participar de su objetividad, la connotación del lenguaje se vuelve a través de la denotación de la fotografía. Es cierto que no hay nunca una verdadera incorporación, puesto que las sustancias de ambas estructuras (en un caso gráfica, en el otro icónica) son irreductibles; pero es probable que en esa amalgama existan grados, es posible que la leyenda tenga un efecto de connotación menos evidente que la de los títulos o los artículos; |
título y artículo se separan sensiblemente de la imagen, el título y artículo se separan sensiblemente de la imagen, el título por su impresión, el artículo por su distancia, uno porque rompe, el otro porque aleja el contenido de la imagen; la leyenda, por el contrario, por su misma disposición, por su medida promedio de lectura, parece reforzar la imagen, es decir, participar en su denotación.
Sin embargo es
imposible (y esta será la última observación respecto del texto) que la
palabra “duplique”
la imagen, pues en el
pasaje de una estructura a otra, se elaboran fatalmente significados
secundarios. ¿Cuál es la relación que estos significados de connotación
mantienen con la imagen? Aparentemente se trata de una explicación, es decir,
en cierta medida, de un énfasis; en efecto, la mayoría de las veces el texto
no hace más que amplificar un conjunto de connotaciones que ya están incluidas
en la fotografía; pero también a veces el texto produce (inventa) un
significado enteramente nuevo y que de alguna manera se proyecta
retroactivamente en la imagen, hasta el punto de parecer denotado: “Han
visto de cerca de la muerte, sus rostros los prueban”
, dice el título de una
fotografía en la que se ve a la reina Isabel y a Felipe de Edimburgo bajando de
un avión; sin embargo, en el momento de la fotografía, estos dos personajes
ignoraban por completo el accidente aéreo del que acaban de escapar. A veces,
la palabra puede también llegar a contradecir la imagen de modo de producir una
connotación compensatoria. Una análisis de Gerbner (The social anatomy of
the romance confession cover-girl) mostró que en ciertas revistas
sentimentales, el mensaje verbal de los títulos de la tapa (de contenido sombrío
y angustioso) acompañaba siempre la imagen de una cover-girl radiante; los dos
mensajes entran aquí en un compromiso; la connotación tiene una función
reguladora, preserva el juego irracional de la proyección-identificación.
La
insignificancia fotográfica.
Hemos
visto que, verosímilmente, el código de connotación no es ni “natural” ni
“artificial”
, sino histórico, o si se
prefiere “cultural”
. En él los signos son
gestos, actitudes, expresiones, colores o efectos, provistos de ciertos sentidos
en virtud del uso de una cierta sociedad: la relación entre el significante y
el significado, es decir la significación, es, si no inmotivada, al menos
enteramente histórica. Por consiguiente, no puede decirse que el hombre moderno
proyecte en la lectura de la fotografía sentimientos y valores caracterológicos
o “eternos”
, es decir infra o trans-históricos, más que si
se precisa con toda claridad que la significación es siempre elaborada por una
sociedad y una historia definidas; la significación es, en suma, el movimiento
dialéctico que resuelve la contradicción entre el hombre cultural y el hombre
natural.
Por
consiguiente, gracias a su código de connotación, la lectura de la fotografía
es siempre histórica; depende del “saber”
del lector, como si se tratara de una lengua
verdadera, inteligible sólo si se conocen sus signos. En resumidas cuentas, el
“lenguaje”
fotográfico no dejaría
de recordar ciertas lenguas ideográficas,
en las cuales unidades analógicas y unidades descriptivas están
mezcladas, con la diferencia de que el ideograma es vivido como un signo, en
tanto que la “copia”
fotográfica pasa por ser denotación pura y
simple de la realidad. Encontrar este código de connotación sería, entonces,
aislar, enumerar y estructurar todos los elementos “históricos” de la
fotografía, todas las partes de la superficie fotográfica cuya discontinuidad
misma depende de un cierto saber del lector, o , si se prefiere, de su situación
cultural.
Ahora
bien, en esta tarea quizá sea necesario llegar bastante lejos. Nada indica que
en la fotografía haya partes “neutras”
o que la insignificancia completa de la fotografía
sea quizá totalmente excepcional. Para resolver este primer problema, habría
que dilucidar en primer término los mecanismos de lectura (en el sentido
físico y semántico de término), o, si se prefiere, de percepción de
la fotografía. Ahora bien, en este sentido no sabemos gran cosa: ¿cómo leemos
una fotografía? ¿Qué percibimos? ¿En qué orden, según qué itinerario? ¿Qué
es incluso percibir? Sí, según ciertas hipótesis de Bruner y Piaget, no hay
percepción sin categorización inmediata, la fotografía se verbaliza en el
momento mismo en que se percibe; o, mejor dicho, no se percibe más que
verbalizada (si la verbalización tarda, se produce un desorden de la percepción,
interrogación, angustia del sujeto, traumatismo, según la hipótesis de G.
Cohen-Séat a propósito de la percepción fílmica). Desde este punto de vista,
la imagen captada de inmediato por un metalenguaje interior --la lengua--, no
conocería en suma ningún estado denotado. Socialmente, sólo existiría
sumergida por lo menos en una primera connotación, precisamente la de las
categorías de la lengua; y se sabe que toda lengua toma partido a favor de las
cosas, que connota lo real, aunque más no fuera segmentándolo; por
consiguiente, las connotaciones de la fotografías coincidirían, en términos
generales, con los grandes planos de connotación del lenguaje.
De
esta suerte, además de la connotación “perceptiva”
, hipotética pero
posible, se encontrarían modos de connotación más particulares. En primer término,
una connotación “cognoscitiva”
, cuyos significantes
estarían seleccionados, localizados, en ciertas partes del analogon:
ante tal vista de ciudad, sé que estoy en un país del norte de África,
porque veo a la izquierda un cartel escrito en caracteres arábigos, en el
centro un hombre vestido con una gandurah, etc.; en este caso la lectura depende
estrechamente de mi cultura, de mi conocimiento del mundo; y es probable que una
buena foto periodística (y todas lo son, puesto que están seleccionadas)
juegue con el saber supuesto de sus lectores, eligiendo los clichés que
contienen la mayor cantidad posible de informaciones de este tipo, de manera de
“euforizar” la lectura. Si se fotografía Agadir destruida, más vale
disponer de algunos signos de arábigos
, aunque lo “arábigo”
no tenga nada que ver con
el desastre en sí, pues la connotación proveniente del saber es siempre una
fuerza tranquilizadora: al hombre le gustan los signos, y le gustan claros.
Connotación
perceptiva, connotación cognitiva: queda aún el problema de la connotación
ideológica (en el sentido amplio del término) o ética, que introduce en la
lectura de la imagen razones o valores. Se trata de una connotación fuerte,
exige un significante muy elaborado, casi diríamos sintáctico: encuentro de
personajes (lo vimos a propósito del trucaje), desarrollo de actitudes,
constelación de objetos. El hijo del Shah de Persia acaba de nacer: en la
fotografía vemos: la realeza (cuna dorada por una multitud de servidores que la
rodean), la riqueza (varias nurses), la higiene (guardapolvos blancos, techo de
la cuna de plexi-glass), la condición, pese a todo humana, de los reyes (el bebé
llora), es decir todos los elementos contradictorios del mito principesco, tal
como lo consumimos en la actualidad. En este caso se trata de valores apolíticos,
y el léxico es rico y claro. Es posible (pero esto no es más que una hipótesis)
que por el contrario, la connotación política esté la mayoría de las veces
confiada al texto, en la medida en que las selecciones políticas son siempre,
por así decirlo, de mala fe: de determinada fotografía puedo dar una lectura
de derecha o una lectura de izquierda (ver en este sentido una encuesta del
I.F.O.P[5] publicada por Les Temps
modernes, 1955). La denotación, o su apariencia, es una fuerza que no logra
modificar las opciones políticas: nunca ninguna fotografía convenció o
desmintió a nadie (pero puede “confirmar”
), en la medida en que la
conciencia política es tal vez inexistente fuera los logos: la política
es lo que permite todos los lenguajes.
Estas observaciones bosquejan una suerte de cuadro diferencial de las connotaciones fotográficas; en todo caso, puede verse que la connotación llega muy lejos. ¿Significa esto que sea imposible una pura denotación, un más acá del lenguaje? Si existe, no es tal vez a nivel de lo que el lenguaje corriente llama lo insignificante, lo neutro, lo objetivo, sino más bien a nivel de las imágenes propiamente traumáticas: el trauma es precisamente lo que suspende el lenguaje y bloquea la significación. Es cierto que en un proceso de significación fotográfica pueden captarse situaciones normalmente traumáticas; lo que sucede es que precisamente ene se momento son señaladas a través de un código retórico que las distancia, las sublima, las aplaca. Son raras las fotografía propiamente traumáticas, pues en fotografía el trauma es enteramente tributario de la certeza de que la escena tuvo realmente lugar: era necesario que el fotógrafo estuviese allí (definición mítica de la denotación); pero una vez sentado esto (que a decir verdad ya es una connotación), la fotografía traumática (incendios, naufragios, catástrofes, muertes violentas captadas es aquella de la cual no hay nada que decir: la foto-choque es por estructura insignificante: ningún valor, ningún saber, en última instancia ninguna categorización verbal pueden influir en el proceso institucional de la significación. Podría entonces imaginarse una suerte de ley: cuanto más directo es el trauma, tanto más difícil la connotación; o bien, el efecto de una fotografía es inversamente proporcional a su efecto traumático.
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¿Por qué? lo que sin duda sucede es que, como toda significación bien estructurada, la connotación fotográfica es una actividad institucional. A nivel de la sociedad total, su función es integrar al hombre, es decir, tranquilizarlo. todo código es a la vez arbitrario y racional y recurrir a un código es para el hombre un modo de comprobarse, de probarse a través de una razón y una libertad. En este sentido, es posible que el análisis de los códigos permita definir históricamente una sociedad con mayor seguridad y facilidad que el análisis de sus significados, pues éstos pueden aparecer a menudo como trans-históricos, pertenecientes a un fondo antropológico más que a una historia verdadera: |
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Hegel definió mejor a los antiguos griegos cuando esbozó la manera como significaban la naturaleza, que cuando describió el conjunto de sus “sentimientos y creencias” referidas a este tema. Del mismo modo quizás haya algo más útil que hacer directamente el recuento de los contenidos ideológicos de nuestro tiempo, pues al tratar de reconstituir en su estructura específica de connotación de una comunicación tan amplia como lo es la fotografía periodística, podemos esperar encontrar, en su fineza misma, las formas que nuestra sociedad utiliza para tranquilizarse, y captar así la medida, los rodeos y la función profunda de este esfuerzo. La perspectiva es tanto más atractiva, como dijimos al comienzo, cuanto que en lo relativo a la fotografía, se desarrolla bajo la forma de una paradoja: la que hace de un objeto inerte un lenguaje y transforma la incultura de una arte “mecánico” , en la más social de las instituciones.
1961, Communications
[1]
de la pág.118. Dos diarios franceses, de derecha y del
Partido Comunista, respectivamente [N. del T.]
[2]
Se trata, por supuesto, de estructuras
o culturalizadas, y no de
estructuras operacionales: la matemática, por ejemplo, constituye una
estructura denotada, sin ninguna connotación: pero si la sociedad de masa
se apodera de ella y dispone, por ejemplo, una fórmula algebraica en un artículo
dedicado a Einstein, este mensaje, de origen puramente matemático, se carga
de una fuerte connotación, puesto que significa la ciencia.
[3]
Es más fácil describir un dibujo, puesto que se trata,
en suma, de describir una estructura ya connotada, trabajada con miras a una
significación codificada. Quizá sea este el motivo por el cual los
tests psicológicos utilizan muchos dibujos y muy pocas fotografías.
[4]
de la pág.120. Se
recordará que este artículo es de 1961. [N. del T.]
[5] de la pág. 123. Instituto Francés de la Opinión Pública. [N. del T.]