El primer correo del Estrecho de Magallanes

Los Orígenes del Sindicalismo en Magallanes

La revuelta obrera de Puerto Natales en 1919

 

 

 

 

 

 

 

BREVES DESCRIPCIONES DE PUNTA ARENAS

HECHAS POR VIAJEROS DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

 

 

Tomás Ricardo Austin Millán

Sociólogo y Antropólogo Social

Introducción año 2000.

El presente artículo fue escrito en 1982, cuando aún vivía en la ciudad de Swansea, Gales (UK), como una forma de mantenerme ligado espiritualmente con la ciudad de mis amores y raíces.  Por esos días se lo hice llegar a don Mateo Martinic B., dedicado historiador de la Patagonia, para luego literalmente olvidarme de su existencia, hasta que Carlos Vega D. --otro historiador y periodista magallánico-- me recordara este trabajo.  En estos años los cambios comunicacionales han sido profundos y no me parece mala idea "depositarlo" en Internet. Con la excepción de dos Notas eliminadas, no se han hecho cambios sustanciales al  texto original. 

Verano del 2005: Encontré en Bahía Blanca, Argentina, un ejemplar de CAUTIVO EN LA PATAGONIA, BENJAMIN FRANKLIN BOURNE, y me pareció que la parte del relato acerca de Punta Arenas de 1849 encaja muy bien con el artículo original y se lo agregué.

 

 

 

 

 

 

Grabado referido por Cunninham como la "Casa de Punch y Judy 

(Un click del mause para pasar a una foto de tamaño natural del dibujo)

[otro] [otro]

 


 

 

Este trabajo nació con la lectura del artículo de Enrique Zamora M. sobre la evolución urbana de la ciudad de Punta Arenas.[1] Pensé que sería interesante reunir las impresiones de algunos viajeros que por diversas circunstancias llegaron hasta Punta Arenas durante la segunda mitad del siglo pasado y que escribieron sus impresiones del primitivo asentamiento en los libros que publicaron poco después de regresar al Reino Unido.

En sus libros cada escritor reflejó su propio carácter al describir de la región aquello que su profesión o interés más le atraía.  El naturalista escribió largamente de animales, plantas y geografía.  El explorador Muster de la naturaleza y la gente.  Los viajeros en busca de aventuras describieron situaciones excitantes y peligrosas y los navegantes se deleitaron escribiendo del viento, las mareas e intrincancias de los canales.  Sin embargo, todos ellos dedicaron algún espacio para mencionar el caserío que comenzaba a consolidares en la orilla del Estrecho de Magallanes y cuya calidad de único puerto de recalada les significaba tanto en el momento de seguir su camino de regreso a Europa.

Los viajeros aquí mencionados estuvieron en Punta Arenas en el espacio de 13 años que va desde 1849 a 1879; cubriendo parte del periodo más duro de su consolidación y cuando debe haber ofrecido a la vista el aspecto desolador típico de los villorrios ubicados en el límite de la civilización moderna.  Es natural por lo tanto, que los comentarios que se reproducen no lo favorezcan en absoluto, sin embargo lo que aquí se describe tan breve y deshilvanadamente son las fundaciones de la ciudad de punta arenas de hoy.


 

Bejamin Franklin Bourne (1849)

Al cabo de su increíble aventura entre los indios patagones, la experiencia posterior --que fue también penosa-- en California y el viaje de vuelta a casa vía Nicaragua, La Habana y New York, Benjamín Franklin Bourne publicó el presente libro: The Captive en Patagonia: or Life among the Giants. A personal Narrative by Benjamin Franklin Bourne, que apareció en Boston editado por Gould and Lincoln, 59 Washington Stree, en 1853.[2]

Bourne describe en su libro cómo cruzaban el Santa Cruz los tehuelches.

Definitivamente Mr. Bourne pasa varios meses cautivo entre los tehuelches que vivían en continua trashumancia nómada entre el Estrecho de Magallanes y el Río Santa Cruz.  Había salido de la costa Este de Estados Unidos con rumbo al oro de California haciendo el viaje –común en esos días--  a través del Cabo de Hornos o el Estrecho de Magallanes.  Para evitar los malos tratos del Cabo de Hornos habían decidido atravesar por el Estrecho de Magallanes. Apenas entrar en la Primera Angustura por el Atlántico, bajó en un bote a intercambiar carne fresca con los nativos del lado continental del estrecho, los tehuelches de esos días, quienes, junto a sus compañeros del bote en que tocaron tierra, los apartaron de la orilla para luego capturarlos y llevárselos hacia el interior de la patagonia austral.  Meses después, consiguió escapar hacia un bote que lo recogió y llevó a una isla en lo que es hoy la ciudad de Santa Cruz.  “Había sido capturado por los salvajes el 1º de Mayo --escribió en su libro--  y puse mis plantas en la isla el 7 de Agosto[3] de 1949.    Espera pacientemente y consigue subir a un barco que lo llevará a California finalmente, pasando por el Estrecho de Magallanes, de nuevo, pero con mejor suerte.   No indica en qué fechas exactas pasó por Punta Arenas, seguramente fue el mismo 1849. El siguiente es su relato de su pasada por lo que entonces debe haber sido sólo una aldea fundada hacía muy poco tiempo:

Antes de pasar Punta Arenas vimos varios caballos, y una bandera chilena flameando.  Anclamos, pues queríamos procurarnos algo de madera y agua.  Un grupo grande de españoles del poblado vino a la costa.  Entre ellos noté un hombrecito vestido con elegancia, con una hermosa chaqueta y una gorra con ancha banda dorada; Parecía tener unos cincuenta años.  Lo acompañaba un joven de excelente aspecto, de unos treinta años. Estaba vestido con uniforme militar, pantalones azules con raya lateral blanca, chaqueta azul con el cuello alzado, y gorra de tela con banda dorada.  Estos importantes personajes era nada menos que el gobernador y su primer oficial.  Caminaban charlando, y bajaron a recibirnos cuando desembarcamos; nos estrecharon las manos y nos preguntaron de dónde éramos, adónde íbamos, y si necesitábamos algo. El capitán Morton entendía el español mejor de lo que lo hablaba.  De modo que actué como su intérprete, y respondí que habíamos bajado en busca de leña y agua.  Después de oír la cantidad que necesitábamos, su Excelencia dio orden a sus hombres de que cortaran y prepararan la leña, y la llevaran a la playa; y dijo que si enviábamos a tierra nuestros barriles, él se ocuparía de hacerlos llenar.  Ambas órdenes fueron ejecutadas, y recibimos una buena provisión de estos elementos, tan necesarios.  Después fuimos invitados a la casa del gobernador.  Su mesa estaba suntuosamente tendida, y nos atendieron del modo más elegante.  Era un caballero bondadoso, y se negó a recibir un penique por lo que nos había dado; sí aceptó algunos regalos del capitán.  El joven oficial también nos trató con cortesía, y nos invitó a su casa.  Nos quedamos allí casi una semana.  Todos los días el gobernador nos enviaba un cubo de leche, y a veces carne fresca.  El lugar era un establecimiento penal chileno.  Estaban trasladando la colonia de Puerto Hambre aquí, en razón de la superioridad del suelo de esta zona.  El joven militar y el sacerdote católico eran sus principales funcionarios.  Parte de la colonia seguiría en Puerto Hambre.

Viene a continuación un interesante relato que involucra la historia de los inicios de la explotación del carbón del Río de las Minas.  Un día, mientras hacíamos una recorrida a pie por el poblado con el gobernador, nos preguntó si sabíamos algo de carbón.  Respondí, señalando a Mr. F., que había sido ingeniero en varios buques a vapor, y debía saber bastante sobre carbón.  El gobernador envió a sus hombres al arroyo a buscar algo.  Volvieron pronto con varias muestras pequeñas, que Mr. F. juzgó de buena calidad.  El gobernador dijo que el arroyo llevaba a una gran mina de carbón, a seis o siete millas de distancia, y nos pidió que fuéramos a verla.  Al día siguiente renovó la invitación, nos ofreció caballos y un guía, y dijo que el cura nos acompañaría.  Vacilé un tanto, temiendo que pudiéramos tropezar con indios.  Pero el gobernador dijo, y el cura confirmó, que no había peligro en ese sentido, y consentimos en ir.  A la mañana siguiente cuando bajamos a la playa encontramos los caballos esperándonos.  Mr. F., el cura y yo, partimos, acompañados por un español a pie, armado con un hacha, para limpiar cualquier obstrucción que hubiera en el camino.  Dejando atrás el poblado, nos introdujimos en un bosque espeso sobre terreno bajo y pantanoso, y seguimos un sendero, pasando sobre troncos de árboles caídos, que nuestros caballos tenían dificultades en sortear, o una ciénaga, que debíamos rellenar con arbustos para que los animales pudieran hacer pie, o bien teníamos que agacharnos para pasar por debajo de una rama pendiente.  De este modo avanzamos alrededor de una milla, cuando salimos a una región más alta y despejada.  Para entonces ya me había vuelto la idea de que era imprudente viajar desarmado por esta región selvática, infestada de hombres y bestias salvajes; pero ya que estaba, persistí con tenaz resolución.  A medida que avanzábamos la superficie se hacía más desigual, abundaban los árboles altos y pudimos ver ocasionalmente nieve en las montañas.  Pronto llegamos a una altura en la que  había abundancia de nieve.-  Nuestro guía avanzaba adelante, con su hacha española al hombro, silbando en calma una melodía.  Cuando descendimos una ladera abrupta, mi caballo se detuvo de pronto, e inclinó la cabeza y las patas hacia tierra: la silla resbaló por sobre su cabeza, y yo me encontré diez metros más abajo, la cabeza y las manos hundidas en la nieve y los pies agitándose en el aire.  Se necesitó algún esfuerzo para liberarme de esa incómoda posición.  Nuestro guía se me acercó, profiriendo maldiciones contra el animal.  Después de ayudarme a volver a donde estaba el caballo, le sacudió unos golpes enérgicos, y le ajustó tanto la cincha que casi temí que lo cortara en dos.  Se lo hice notar, pero replicó que era una caballo malo, afecto a las jugarretas.  Una vez que llegamos a bajo volví a montar; seguimos por la nieve todo el camino que pudimos hacerlo, y después dejamos los caballos y seguimos a pie.  La nieve era muy profunda, y en lugares tan congelada que caminábamos encima sin hundirnos.  Una caminata de una milla o más nos llevó, con alguna fatiga, hasta la mina de carbón.  Pero la nieve acumulada era tanto que sólo pudimos ver aquí y allá una excrescencia de carbón en las orillas del arrollo que corre desde las montañas hasta el poblado.

Mr. F. determinó que el carbón era de buena calidad para su uso en barcos de vapor.  Algunos trozos que llevamos con nosotros ardieron muy bien, produciendo muy buen calor.  Mr. F. consideraba que era un gran descubrimiento, y se dijo tentado a pedirle permiso al gobierno chileno para trabajar la mina.  Me informaron que el gobierno de Buenos Aires también reclamaba esta región desolada.  Los árboles de gran tamaño, de maderas duras y blandas, abundaban; y hay numerosos arroyos que podrían proveer energía hidráulica suficiente para manufacturar casi cualquier cantidad de madera.  No sería difícil excavar un canal a los estrechos, o podría construirse un ferrocarril, de modo de llevar el carbón, sin problemas, de la mina a la colonia.  El sacerdote dijo que una compañía inglesa, tiempo atrás, empezó a explorar la mina también, pero, dada la gran profundidad de la nieve, abandonó la empresa sin más estudio.

Volvimos al poblado antes de la noche, y fuimos a la casa del joven oficial, donde se nos dio de comer en abundancia y tuvimos una agradable charla, en la que intervino el sacerdote dando el tono espiritual a la velada.  Volvimos al barco de noche. A la mañana siguiente desembarcamos algunas mercaderías, e hicimos trueque con los pobladores.  Los principales artículos comprados fueron cueros de puma y de guanaco, y unos pocos de avestruz, cosidos en forma de capa: al extraerse las largas plumas quedaba una superficie muy suave.  El gobernador pidió permiso para que algunas de las mujeres visitaran el barco y comerciaran a bordo, cosa a la que el capitán accedió prestamente; y por la tarde media docena o más de ellas nos visitaron, recorrieron el barco, compraron los artículos que querían, y después fueron devueltas a tierra.  Pasamos un día o dos más allí, muy agradablemente, comerciando con los convictos y cazando en las cercanías del poblado.  Hicimos algún esfuerzo por capturar algunos de los leones marinos que jugaban alrededor del barco, pero sin éxito.  Vimos la piel de un que había sido capturado por un convicto; era negra, cubierta con una capa espesa de pelo duro, o más bien pinchos.  El tamaño era más o menos el de un bulldog.  Asoman cada pocos minutos a la superficie del agua, para respirar, como una foca. 

Nos despedimos con afecto del gobernado, del joven oficial y del sacerdote.  Su bondad y cortesía había hecho tan agradable nuestra visita que casi lamentábamos irnos. No mucho después de nuestra partida, nos apenó enterarnos de que habían tenido un destino tan súbito y cruel.  Los convictos se amotinaron y mataron a los militares que los custodiaban.  El gobernador y el cura lograron llegar a la costa opuesta, donde pasaron tres días sin comida.  Decidieron volver al poblado, y hacer frente a las consecuencias, fueran cuales fueran.  Los convictos los ataron de pies y manos, los quemaron vivos, desmenuzaron sus huesos y bailaron sobre sus cenizas.  Cuando nosotros nos despedimos, no teníamos planes de volverlos a ver, pero nos habría gustado pensar en ellos viviendo en esa costa desolada, a la que por la magia de su carácter alegre transformaban en un bello jardín, y calentaban con el resplandor de sus corazones buenos.  Su fin hacía un contraste tan terrible con sus vidas, y violentaba de tal modo nuestro recuerdo de sus virtudes, que la noticia nos afectó como una pérdida personal, e hizo de aquel lugar a la vez uno de los más felices y de los más tristes de mi experiencia.


 

Robert O. Cunningham. Naturalista. (1866)

Otro viajero, esta vez británico, que pasó por la naciente villa de Punta Arenas y que escribió sus impresiones, fue el naturalista Robert Oliver Cunningham, quien en junio de 1866 fue designado naturalista a bordo de la nave británica H. M. S. Nassau, un pequeño vapor de 600 a 700 toneladas, con una tarea similar a la que treinta años antes había recibido Darwin en un viaje más amplio: describir la flora y fauna del Estrecho de Magallanes y canales adyacentes y de la costa Oeste de la Patagonia, mientras el comandante de la nave, capitán R. C. Mayne precedía a levantar cartas hidrográficas de los mismos lugares.

El HMS Nassau, armado como velero de exploración en 1866. Desguasado en 1880.

La nave en que viajaba Cunningham llegó a Punta Arenas el 21 de diciembre de 1866“El pequeño asentamiento, como llama Cunningham a Punta Arenas, era en esos días “casi enteramente penal.  Con la excepción de unos pocos artesanos, excluyendo a un ruso y un herrero yankee, la población consistía de presidiarios chilenos condenados por diferentes delitos y mantenidos bajo disciplina militar; un destacamento de alrededor de cincuenta soldados bajo las órdenes de un capitán y un teniente estaban estacionados aquí para preservar el orden.  Alrededor de un año más tarde, sin embargo, el número de habitantes aumentó considerablemente con la llegada de cerca de 500 inmigrantes desde Chiloé, quienes eran subsidiados por el gobierno chileno hasta que fueran capaces de mantenerse ellos mismos en su nueva comarca[4]

Cunningham continúa diciendo que el gobierno chileno había elegido sabiamente el sitio para la colonia de Punta Arenas por el carácter de su clima y situación en el Estrecho, si bien el fondeadero era decididamente inferior al de Puerto de Hambre.

A continuación, el naturalista describe brevemente a la villa penal, dejando que el dibujo que presenta en su libro (ver figura 1) hable más elocuentemente que sus líneas, más interesadas en la descripción de la flora y fauna que de la escuálida población.

En sus propias palabras “Punta Arenas, cuya apariencia general puede sacarse del bosquejo de uno de sus lados, y en que es vista en invierno y con nieve, consiste de un número de viviendas de madera, agrupadas de manera que formen una calleja larga, corriendo más o menos paralela a la playa, con unas pocas calles cortas dirigidas en ángulo recto a ella, y cerca de uno de sus lados un considerable espacio cuadrado de pasto, la futura plaza, en uno de cuyos costados una larga casa de madera, destinada a una escuela, se erigió no mucho después de nuestra primera visita.  Las tres principales construcciones son la Iglesia, la casa del Gobernador y cercanamente opuesta a esta, el fuerte, un edificio más parecido a una casa de naipes de un niño y el que, de la asociación sugerida por dos viejos funcionarios que la habitan, pronto recibió la irrelevante apelación de la “Casa de Punch y Judy”[5] de parte de los oficiales del “Nassau”.  El bosquejo da una idea muy correcta de la apariencia presentada por la citadela en cuestión y de la casa del gobernador[6] 

Para terminar su breve descripción, Cunningham dice que “el desembarcadero, cerca del que hay un par de galpones donde se guardan los botes, no es tan bueno como debiera ser, requiriendo que los botes sean subidos a un pequeño promontorio de playa y azotado por fuertes olas después de las tormentas.  Un muelle de madera, sobre pilotes, estaba en construcción al tiempo de nuestra llegada y se le consideró de gran beneficio cuando estuvo terminado, pero desafortunadamente, un temporal de viento Este se lo llevó casi completo al final de nuestra primera temporada y cuando finalmente nos dependimos del asentamiento en abril de 1869, aún no había sido reemplazado.[7]

Desafortunadamente, nada más cuenta el naturalista, más preocupado de su trabajo que de los habitantes y su población ya que a continuación su atención se vio de inmediato dirigida a la naturaleza.  “Al desembarcar, me llamó de inmediato la atención un considerable número de plantas en flor en la planicie situada entre la playa y el asentamiento[8],  continuando con la descripción de la común achicoria de Magallanes (Taraxicum afficinale varlaevigatum) extendiéndose, casi con deleite en la descripción de la flora, fauna, nichos ecológicos y nativos, por algo más de 500 páginas.


George Chaworth Musters. (1869)

 

En abril de 1869, otro viajero, George Chaworth Musters, ex Comandante de la Marina Británica y explorador de la Royal Geographical Society de Gran Bretaña, a su paso por Punta Arenas en búsqueda de las tribus de patagones, agregó un poco más a las observaciones de Cunningham.  Musters dice en su libro[9] que Un paseo de inspección alrededor del asentamiento se extendió hasta el aserradero, no muy alejado, movido por agua[10], donde bajo la dirección de Mr. Wells, un americano, los árboles derribados son convertidos en tablas para construir las casas que toman el lugar que ocupaban los bosques.  Yendo hacia los bordes a medio aclarar del pueblo, encontramos al Comandante supervisando a numerosos trabajadores, principalmente convictos, que estaban atareados talando árboles y aclarando tacones de árboles, o sino, preparando el camino para el futuro desarrollo del asentamiento. 

Para cualquiera no acostumbrado a los pueblos fronterizos, el ‘coup d’oeil’ del pueblo presentaba un crecimiento irregular y al azar en las construcciones, pero el plan delineado estaba originalmente hecho a la usual moda hispano americana, como había sido originalmente prescrito por el Consejo de Indias.  Una calle principal corre cercana y paralela a la playa, otras calles embrionarias la intersectan en ángulos rectos, de manera que las casas, cuando quiera que ellas sean construidas, formen bloques o cuadros.  Las ideas de los chilenos en cuanto al deber público de la educación es avanzada y el director de la escuela es un funcionario del Estado, combinando las tareas de Secretario del gobernador con aquellas propias de su oficio.  El excelente bosquejo del Comandante Bedwell (Cunningham, ‘Estrecho de Magallanes’, p. 70) muestra la casa del Gobernador cerca del final de la calle principal, y detrás de ella está el cuartel, un recinto cerrado por una empalizada, conteniendo las barracas, las celdas o cárcel y la casa de la guardia, irreverentemente llamada por los oficiales del “Nassau”, la ‘Casa de Punch y Judy’ y mostrada en el mismo bosquejo.  Desde allí se mantiene una constante vigilancia y donde además se tiene una luz encendida durante la noche.  Las calles transversales, subiendo casi hasta la foresta no despejada, estaban indicadas solo por algunas casas desparramadas y en la línea de la calle principal, dos o tres casas habitaciones, distantes una milla una de otra, estaban separadas de los bosques por sembradíos de papas[11]

Afortunadamente, Musters era un explorado de la Royal Geographical Society[12] y no un naturalista preocupado sólo de la flora y fauna como su antecesor Cunningham, por lo que estaba también interesado en la descripción del contacto humano con los habitantes de la naciente colonia chilena.  Como el mismo dice en su libro, “El objeto de mi visita a Punta Arenas era ir hacia Santa Cruz con los indios, o en cualquier manera que fuese posible, pero, en verdad, no tenía claro en mi mente cómo hacerlo, por lo tanto fue un gran alivio saber de labios del teniente chileno que una pequeña expedición estaba por ser despachada por el gobernador hacia Santa Cruz, en persecución de algunos prófugos de entre los desertores que estaban sirviendo su periodo de castigo en la colonia.  El teniente sugirió que indudablemente el Comandante daría su permiso para acompañar la partida y sin demora lo acompañé a la playa y fui presentado al Comandante Señor Viel”.

"Nada podría superar la amabilidad y cortesía del Comandante, no sólo me dio permiso de inmediato para acompañar la partida, sino que también y sin preguntarle me ofreció un caballo y me dijo que no me preocupara por el avituallamiento para el viaje”.[13]

Posteriormente fui introducido a la Señora Viel, una hermosa limeña que poseía todo el encanto proverbial de las damas de Lima y que se quejaba amargamente del aislamiento y el tedio de Punta Arenas (...) El Comandante me ofreció amablemente su casa, prometiéndome alojamiento para la noche en una casa vecina, ya que la suya era muy pequeña”.[14]

En cuanto al resto de la población el explorador nos dice que “aparte de los inmigrantes involuntarios, principalmente desertores del ejercito, los asentados eran tentados por generosas concesiones de tierras, y así llegó un gran número de chilotes o nativos de Chiloé.  Ellos era muy gordos por su dieta,[15] alimentándose casi pro completo de papas, que crecen sin dificultades en Chiloé, pero que aquí no alcanza gran tamaño.  Aparte de tierra, los chilotes reciben un sueldo del Gobierno por su labor y son la parte más laboriosa de la población: los hombres son trabajadores, pero también buenos bebedores y se dice que las mujeres son bastante relajadas en sus nociones de fidelidad.  De los presidiarios, por su buen comportamiento, a algunos se les permite vivir en sus propias casas, sujetos a ciertas restricciones, pero muchos de ellos son excesivamente atrevidos y peligrosos y es necesario mantenerlos bajo estricta vigilancia y encerrados todas las noches en el cuartel.  sin embargo, a pesar de todas las precauciones, estos continuamente traman fugas.  Los fugitivos tienen que encarar las dificultades de la pampa, a veces consiguen unirse a los patagones, pero con la misma frecuencia pierden el camino y mueren de hambre o se convierten en presa de los pumas[16] 

La guarnición consiste de unos cincuenta o sesenta soldados regulares, aparte de empleados irregulares que se dedican a cazar animales salvajes o fugitivos, según la ocasión lo requiera.  El número de las tropas es bastante insuficiente para defender el lugar en contra del ataque de los indios, pero los Tehuelches del Sur no son por naturaleza inclinados a estos ataques y si son tratados bien y con justeza, prefieren utilizar las facilidades de comercio permitidas por la media docena de almacenes, cuya existencia, para mí, sólo puede subsistir por la esperanza del intercambio con los indios, porque ellos superan lejos los requerimientos de la colonia.  No obstante, la población permanente es una población sedienta y parece que hace lo posible para animar el comercio, al menos en ron: el estado de intemperancia en las calles es, sin embargo, una ofensa penada con prisión y hacia el tiempo de mi visita el herrero estaba en prisión, mientras que el Doctor irlandés había sido recién liberado de su ofensa venial.

Hay poco cultivo, con la excepción de papas.  El clima no permite que el trigo o la alfalfa maduren, aunque, a lo mejor, con la avena o el centeno se podría tener éxito.  Los bovinos mansos me parecieron débiles y miserables, pero en los bosques hay otros de raza salvaje, que, se dice, son grandes y de excelente calidad.  Estos, lo mismo que el ciervo rojo, son fuente de trabajo para unos pocos cazadores durante cierta parte del año y obtienen alto precio por la carne, pero el abastecimiento es demasiado escaso e irregular para evitar que la carne fresca sea un lujo raro.  naturalmente los recursos y prospectos de la colonia fueron objetivo de la conversación en casa del Señor Viel y Don Centeno, quien estaba a cargo de la exploración del recientemente descubierto manto de carbón en la vecindad, y me invitaron a unirme a una visita de inspección al día siguiente.[17]

Musters dejó Punta Arenas en abril de 1869 acompañando un destacamento de soldados enviados a buscar a algunos desertores.  Pudo entrar en relaciones amistosas con los caciques Casimiro y Orkike, quienes le permitieron acompañarlos en sus correrías.  Junto con esos indios avanzó hacia el Norte, a lo largo de las faldas de la Cordillera de los Andes, estableciéndose en las tolderías de los indios y finalmente desviándose hacia el Este, cruzando la vasta pampa hacia la costa del Atlántico.[18]  El relato de su viaje y aventuras, publicado inmediatamente después de su regreso a Inglaterra, creó cierta sensación, a pesar de su estilo que refleja más su gusto por la aventura y la exploración que por la pluma.[19]

(Un click del mause para pasar a una foto más grande)

 


 

Baronesa Annie Brassey (1876)

    Lady Annie Brassey

La siguiente breve descripción de Punta Arenas y sus habitantes la encontramos en la narración de un viaje de conocimiento y placer alrededor del mundo hacho por Lord Brassey a bordo del yate “Sunbeam”.  El viaje completo fue descrito por Lady Brassey en su libro A VOYAGE IN THE SUNBEAM[20]

En el libro, la descripción de Punta Arenas ocupa unas pocas páginas, las que si bien no entregan muchos detalles de la población y su modo de vida, al menos dejan entrever algunos aspectos de la misma.

 

El  velero "Sunbeam"

El “Sunbeam” llegó a Punta Arenas el 6 de octubre de 1876.  A las tres de la tarde alcanzamos Punta Arenas, el único lugar civilizado en el Estrecho”, escribe Lady Brassey, “Es un asentamiento chileno y un amplio establecimiento penal ha sido formado aquí por el gobierno.  Casi antes que tiráramos el ancla, el Maestro de puerto subió a bordo, seguido por oficiales de dos barcos de guerra chilenos anclados en el puerto.  La lluvia que había estado amenazándonos todo el día, ahora caía a torrentes y bajamos a tierra con una fuerte tormenta. Creíamos que el muelle de Buenos Aires era peligroso e inseguro, pero aquí las cosas eran aún peores, porque el encabezado de la estructura había sido arrastrado completamente por una tormenta y se necesitaba más que un poco de cuidado para caminar con seguridad por el roto entablado.  El pueblo, que tiene entre 1.200 a 1.300 habitantes, está compuesto enteramente por caserones de madera, de una sola estructura de un piso y con techos de tejas de madera, con o sin barandas.  Todos ellos están arreglados en cuadros[21], separados por anchas calles.  Una empalizada rodea todo el asentamiento.”

Interior del Yate Sunbeam de los Brassey

En cuanto a avituallamiento, los Brassey parecen haber corrido una suerte opuesta a Musters siete años antes, ya que a continuación Lady Brassey dice que “Fuimos derecho a la casa del Vice Cónsul británico, quién nos recibió muy amablemente y prometió hacer lo que pudiera para ayudarnos a obtener avituallamientos, pero los recursos del lugar son limitados, y huevos, carne bovina, galletas y agua fue lo único que pudimos procurarnos.  En efecto, incluso era dudoso si podríamos renovar nuestro acopio de carbón.  Mientras tanto, comenzamos a recorrer los alrededores del pueblo.  Encontramos muy poco para entretenernos.  Habían para comprar algunos huevos de avestruces recién recogidos y algunas bolsas de montura de la Patagonia, que se veían poco atractivamente trabajadas[22]

Lady Brassey se lamenta luego de no tener la oportunidad de ver a los patagones, lo que llegarían unos días más tarde en una de sus visitas periódicas a Punta Arenas, pero aprovecharon la ocasión para reconocer a tres indias fueguinas que vivían en el pueblo.  Fuimos a ver tres mujeres fueguinas que viven en una casa perteneciente al oficial médico de la colonia.  Hacía poco tiempo que habían sido recogidas desde una canoa por un vapor que pasaba y en el que evidentemente ellas habían encontrado refugio de alguna crueldad y opresión.  La mayor de ellas, una mujer fuerte y bien presentable, tenía una terrible herida en una pierna, recientemente hecha, y la más joven no tenía más de ocho años de edad.  parecían alegres y felices, pero nos dijeron que era improbable que vivieran por mucho tiempo.  Después de la vida libre y expuesta a la intemperie a la que estaban acostumbradas, casi siempre las mata la civilización en la forma de ropa y casas calefaccionadas.  Se enferman de los pulmones y mueren miserablemente.  Su piel es ligeramente cobriza, sus complexiones altamente marcadas y su cabello es largo y grueso.  aunque no son hermosas, no son tampoco repulsivas, como yo había esperado por las descripciones de Cook, Dampier, Darwin y otros viajeros más recientes”.[23]

Igual que Musters, los viajeros fueron invitados a un paseo a caballo por los alrededores del asentamiento, especialmente por el aserradero y los cerros cercanos permitiéndoles conocer la vegetación regional.  Lamentablemente, de ese paseo Lady Brassey sólo describe las plantas, árboles y aves, sin dar más información de la población.  “Regresamos al yate a las cinco y media” --dice-- El Dr. Fenton vino a bordo a cenar y de él pudimos oír bastante de la colonia, los Patagones y los Fueguinos.  El yate prosiguió su viaje a las 6 de la mañana del día siguiente, domingo 8 de octubre de 1876.”[24]

Desde hace un tiempo el texto del libro en Inglés se encuentra disponible en el Proyecto Gutenberg gratis. AQUÍ y AQUÍ


Julius Beerbohm (1877)

Julius Beerrbohm

El libro de Musters revivió el interés de los exploradores y aventureros extranjeros por la Patagonia, pero no todos fueron tan afortunados que éste.  Uno de los viajeros que encontró más riesgos y dificultades de lo que esperaba y que terminó sus aventuras en Punta Arenas en la víspera de otra de las periódicas erupciones de violencia, fue Julius Beerbohm[25], un ingeniero que hacía cateos de carbón y otros minerales entre el Río Deseado y Santa Cruz en la Patagonia.  Finalizada su misión y para no pasar días aburridos e interminables esperando el próximo vapor que lo recogiera, Beerbohm decidió cruzar la pampa hasta Punta Arenas y abordar el primer barco que cruzara el Estrecho con rumbo a Europa, para ello Beerbohm se sumó a un pequeño grupo de cazadores que se ganaban la vida cazando guanacos y avestruces, perdiendo en el camino a todos sus compañeros, excepto uno y arribando a Punta Arenas, finalmente, completamente exhausto y sin su caballo ni sus pertenencias.  Aquí descansó por primera vez después de sus largas aventuras y su alojamiento, aunque incomodo, le pareció la antesala del paraíso, hasta que pocas horas después de haberse dormido profundamente fue despertado por el ruido de disparos y voces agitadas.  El motín de noviembre de 1877, conocido como el Motín de los Artilleros había comenzado.

Beerbohm corrió a la casa del Cónsul Británico sólo para enterarse que éste se había embarcado en un bote para esperar al vapor Cotopaxi, que recalaría en Punta Arenas al día siguiente y advertirle de lo que sucedía en la colonia.  Beerbohm se escondió primero en la casa del Cónsul y después en el monte junto con la mayoría de los pobladores, hasta que a los pocos días la fragata “Magallanes” apareció en la bahía, resolviendo la situación.

Supongo que no querrá volver a la Patagonia le preguntaron sus compañeros de viaje cuando recién se embarcaba con rumbo a Europa, Por Jehová, no”, fue la rápida respuesta.  Sin embargo parece que Jehová deseaba otra cosa y Beerbohm regresó dos años más tarde en compañía de un selecto número de nobles ingleses.


 

Lady Florence Dixie (1879)

Lady Florence Dixie en la tapa de Vanity Fair, 1884

 

 

Hacia esa época, la Patagonia había atraído la atención de mucha gente en Europa.  Las teorías de Darwin y su diario de viaje dando a conocer sus exploraciones por los canales fueguinos, las cartas y publicaciones de la Sociedad Misionera de Sud América que tenía sus misiones en el Chaco, las Islas Falkalnds y Ushuaia y la desdichada suerte de su fundador, el misionero Comandante Allen Gardiner[25b] y sus acompañantes, muertos en los Canales de Tierra del Fuego, más la aparición del reciente libro del Capitán Brown[26], Cunningham, Lady Brassey y el libro de Beerbohm, habían creado una cierta aureola de aventura y misterio en la región.  Todas estas obras era más o menos conocidas en los círculos cultos de la vida europea y británica[27].  Sin embargo fue el libro de Beerbohm, cuyo inspirado relato de sus viajes y aventuras fue el que hizo que se ganara una invitación a unirse como “experto” en los planes de un grupo de británicos que intentaban conocer algo de aquellas lejanas tierras.

 

 

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El grupo estaba compuesto por Lord Queensberry, Lady Florence Dixie y su marido Sir Beaumont Dixie, dos hermanos de Lady Dixie, Lord James Douglas y su Valet inglés.  Su interés por llegar a las pampas próximas al Estrecho de Magallanes estaba guiado más por la aventura y el deseo de correr libremente tras una presa de caza a través de las pampas sin límites, que por el deseo de conocer a sus habitantes, cosa que lamentamos porque poco es lo que Lady Dixie dice del Punta Arenas que ella vio en el libro que escribiera al regresar a Inglaterra.

El grupo de viajeros dejó Liverpool el 11 de diciembre de 1878 y llegó a Punta Arenas algún día de enero del siguiente año.  “a la una de la tarde anclamos en Punta Arenas.  Este asentamiento es llamado oficialmente ‘La Colonia de Magallanes’ por los chilenos a los que pertenece.  Anteriormente fue una colonia penal, pero a consecuencias del incremento del tráfico a través del Estrecho  la atención del gobierno chileno se concentró en la importancia que el lugar puede asumir en el futuro y de acuerdo con ello se han ofrecido tierra y otros beneficios a los inmigrantes.  Pero hasta el presente la colonia nunca ha florecido como se esperaba y durante un motín que tuvo lugar en 1877 muchas de las casas fueron incendiadas y un buen número de propiedades fueron destruidas[28]

Una vez más el muelle dejó su impresión en los viajeros, “...por fin llegamos al costado de un viejo y tumbado muelle, el que forma el desembarcadero en Punta Arenas.  Tuvimos éxito en llegar sin accidentes al final del muelle, aunque corrimos considerable riesgo por los muchos peligros que ofrecía en la forma de súbitos y amenazantes boquetes y los traicioneros tablones sueltos.  sin embargo este muelle tenía el mérito, cuestionable es verdad, de estar a la para con la apariencia y las condiciones de la colonia, a la que servía de advertencia introductoria”  Hay que agregar que es difícil creer que se hubiera reconstruido mucho, después del Motín del los Astilleros, a pesar de que la población sumaba ya poco más de mil habitantes. lo que explicaría el comentario que viene a continuación.  “Supongo que es posible que hayan otros lugares más desagradables a la vista que Punta Arenas, pero no lo creo probable.  Caminamos frente al asentamiento por la playa cubierta de arena y observamos las sombrías hileras de miserables casas de madera.  No se veía un solo ser humano en las calles silenciosas y solitarias, excepto algunos perros avestruceros con apariencia de hambrientos.  Todos estuvimos de acuerdo de que el epíteto de ‘Hoyo desamparado por Dios’ era la única descripción que hacía justicia a este desolado lugar y el posterior conocimiento del mismo de ninguna manera nos indujo a alterar esta desfavorable opinión.[29]

Procediendo con la guía del Cónsul Inglés, Sr. Dunsmuir, hicimos alto a unas doscientas yardas del muelle, frente a una casa que, nos informaron, era la tienda y posada principal del lugar.  No era un establecimiento muy ambicioso.  su interior consistía en una sola planta conteniendo dos habitaciones, una que servía como tienda y la otra que servía como salón.  Mientras duró nuestra estadía en Punta Arenas usamos este último lugar como depósito de nuestro equipaje y equipos y también para servirnos las comidas.  En la parte alta de esta magnífica morada había una especie de desván con un pequeño compartimiento en una esquina, que mi hermano y Mr. B.[30] usaron como dormitorio. Debido a la gentileza de Mr. Dunsmuir mi marido y yo fuimos cómodamente alojados en su casa.

Nuestra primera experiencia de ‘endurecimiento’ la recibimos en la forma de un desayuno que nos proporcionó Pedro el posadero.  Cuando terminamos el desayuno paseamos por las calles cubiertas de pasto de la colonia y fuimos hasta la casa de Mr. Dunsmuir, la que por estar ubicada en un terreno alto nos permitió tener una buena vista del Estrecho y de las playas opuestas de Tierra del Fuego.[31]

Nada más nos dice Lady Dixie de Punta Arenas.  La partida contrató a tres cazadores locales como guías y encargados de la tropilla de caballos que necesitarían para el viaje, iniciándolo tan pronto les fue posible.  El “safari” cumplió con las expectativas de los nobles británicos, dándoles la oportunidad de encontrar una partida de indios en camino a Punta Arenas, abundante cacería de guanacos, ñandúes y un puma, cazados al galope a través de las pampas y cerros de la Patagonia Austral, viajando de esta forma hasta la cordillera del Paine que los impresionó inmensamente por su belleza.

Dos sorpresas se destacaron en el viaje.  La primera de ellas fue un encuentro inesperado en Cabo Negro, su primer campamento, cuando fueron alcanzados por un grupo de jinetes dirigidos por el Cónsul inglés y Mr. Beerbohm que había ido a buscar parte del equipaje que habían dejado en Punta Arenas.  Entre los jinetes se encontraban H. I. H. Príncipe de Prusia, el capitán del buque de guerra alemán Prinz Adalbert, que había recalado en Punta Arenas y que llevaba al príncipe prusiano en un viaje alrededor del mundo, el Conde Seckendorff y otros oficiales de la nave.  Los visitantes pasaron un día en compañía de los ingleses, cazando y conversando alegremente, como si fuese una partida de caza en un coto europeo y regresaron al día siguiente a su nave.  La verdad es que aunque Lady Dixie relata detalladamente el encuentro, cuesta imaginarse a un número de la nobleza europea conversando y cazando en los alrededores de Cabo Negro, seguramente de cosas tan opuestas como la vida en sociedad en Europa y la impresión que les causaba el paisaje y la vida magallánicos

 

La segunda sorpresa fue menos agradable y tubo su origen en un incendio del pastizal de la pampa que puso en serio peligro a toda la expedición cuando recién comenzaba, pero que no dejó más consecuencia que el susto.

 

Lady Dixie y sus amigos no fueron los últimos viajeros que llegaron a Punta Arenas durante el siglo pasado, pero entre los que dejaron sus impresiones por escrito, podríamos decir que sí estuvieron entre los últimos que la conocieron cuando todavía era un villorrio fronterizo y primitivo, límite entre la naturaleza salvaje y la civilización que quería penetrar en la Patagonia Austral y a la que sirvió de primer enclave y capital.

 

El Prinz Adalbert de Prusia

Las descripciones presentadas quizás no son tan abundantes de información como quisiéramos, pero tienen cierta relevancia para el estudio histórico de Magallanes al dejar entrever la forma que tomaba el caserío que se levantaba a orillas del Estrecho de Magallanes y su importancia tanto para los viajeros y colonos que querían adentrarse, por necesidad o por placer, en los territorios que recién comenzaban a ser conquistados, como para aquellos que necesitaban atravesar el Estrecho de un extremo a otro.

Los autores citados nos dan la impresión de un caserío muy pequeño en número de construcciones, pero espaciadas sobre un terreno que era laboriosamente ganado al “monte”, como a menudo llamamos los magallánicos a los bosques naturales.  La existencia de un “plano regulador” indica la clara intención que existía de establecer un pueblo ordenado en su distribución, prácticamente desde los primeros años de su fundación.  En este sentido fue afortunado que los aborígenes fuesen pacíficos y prefirieran establecer buenas relaciones con los colonos, a diferencia de lo que ocurriría en las pampas de más al norte, donde muchos villorrios fronterizos fueron repetidamente atacados por los indios.  Si Punta Arenas hubiese tenido que nacer como fuerte, no cabe duda que se habría constreñido su desarrollo urbano, igual que la penetración y la conquista de los territorios adyacentes.  la ausencia de este factor retardador permitió que Punta Arenas afirmara rápidamente su presencia como puerto necesario y puerta abierta al desarrollo que habría de venir para convertirla en punto clave de la Patagonia Austral.

Punta Arenas en John S. Separs, THE GOLD DIGGNIS OF CAPE HORN, 1985.

En lo años que siguieron, la población se multiplicó rápidamente reafirmando su carácter de pueblo con grandes pretensiones, hasta convertirse en la verdadera capital de la región del Estrecho de Magallanes y de las tierras que se extendieron al Norte y Sur de éste.  Los viajeros que llagaron veinte años después, como John Spears, por ejemplo, la describieron como puerto y como pueblo que crecía gracias a la ganadería, la navegación y las minas de oro.[32]  El Hoyo olvidado de Dios del que hablara Lady Dixie comenzaba a convertirse en la Perla del Estrecho y en punto fijo en todos los mapas de América del Sur.


 


[1] Enrique Zamora M., “La evolución urbana de la ciudad e Punta Areas, crecimiento entre 1848 y 1975” en ANALES DEL INSTITUTO DE LA PATAGONIA, Vol. 1 y 2, 1975.

[2]Benjamín Franklin Bourne, Cautivo en la Patagonia, Ed. Memoria Argentina Emecé, Bs. As. 1998.   Ese mismo años (1853) apareció en Londres una edición inglesa de la obra, titulada The Gigants of Patagonia, en el sello Ingram, Cooke anbd Co. (Gigantes de la Patagonia, relato del capitán Bourne sobre su cautiverio entre los extraordinarios salvajes de la Patagonia).  Una tercera edición se editó en Londres, en 1860, con un título parecido.  Como se puede apreciar, por razones claramente comerciales, los editores buscaron poner el acento en el supuesto gigantismo de los indios patagones, lo cual prueba la persistencia sorprendente de esa antigua leyenda, aún entrando el siglo diecinueve Versión argentina de 1998, Pág. 11 y 12.

[3] Citado, Pág. 148.

[4] Robert O. Cunningham, THE NATURAL HISTORY OF THE STRAIT OF MAGELLAN, Edimburg, 1871, Pág. 68.

[5]Punch and Judy”, es una famosa pareja de marionetas con una larga tradición histórica en las piezas de marioneta británicas.  Se caracteriza por el recurso de hacer reír a los niños con la interminable pelea de la pareja matizada por los frecuentes golpes que ambos se dan.

[6] Cunningham, op. cit. Pág. 70-71.

[7] Cunningham, op. cit., Pág. 71.

[8] Cunningham, op. cit., Pág. 71

[9] George Chaworth Musters, AT HOME WITH DE PATAGONIANS, John Murray, London 1871. Mi traducción. Hay traducción al castellano.

[10] Probablemente una rueda de paletas situada en el Río de la Mano o de las Minas, no aclara su ubicación.

[11] Musters, op. cit., Pág. 7-8.

[12] G. C. Musters fue recientemente citado como un importante explorador británico en el artículo “Stout haerts in South America”, escrito por Dorothy Middleton para THE GEOGRAPHICAL MAGAZINE, Marzo 1980.

[13] Musters, op. cit. Pgs. 5-6.

[14]  Musters, op. cit., Pág. 6.

[15] “They are very paddies in their diet”, en el original en inglés.  Aquí hay un juego de significados ya que Paddies es un sobrenombre despectivo que los ingleses dan a los irlandeses. Significa arrocero (bueno para comer arroz), pero en el contexto de Irlanda implica gordo (“panzón”) por comer mucha papa.  El parecido con los chilotes se debe aquí a que también los irlandeses hacen de la papa una parte esencial de su dieta. De manera que se puede leer que, “son muy gordos por su dieta” o, “son muy irlandeses, por su dieta”. Nota del traductor.

[16] Musters, op. cit. Pág. 9.

[17] Musters, op. cit. Págs. 9-10.

[18] Una descripción más reducida de sus viajes se encuentran también en: Musters, George Chaworth, “On the Races of Patagonia”, JOURNAL OF THE ROYAL ANTHROPOLOGICAL INSTITUTE, Vol. I, 1872, Págs. 193-207.

[19] Stephen Clissold menciona brevemente el viaje de Musters en su libro CHILEAN SCARP BOOK, The Cresset Press, London, Págs. 275-284, criticando el estilo de éste como “vulgar”, estilo que ciertamente dificulta su traducción.

[20] Baronesa Annie Brassey, A VOYAGE IN TEH SUNBEAM, Longmans, Green and Co., Londres, 1880. El libro alcanzo un tiraje de varias ediciones, incluyendo una especialmente dedicada para las “Escuelas y lecturas en clases”.  También se destaca el yate “Sunbeam”, considerado uno de los palacios flotantes de la Gran Bretaña del siglo pasado, el que en su viaje alrededor del mundo durante 1876 a 1877 llevaba 32 expertos tripulantes.

[21] las “manzanas” rectangulares que existen hasta hoy.

[22] Lady Brassey, op. cit. Págs. 101-102.

[23] Lady Brassey, op. cit. Págs. 102-103.

[24] Lady Brassey, op. cit. Págs. 106.

[25] Julius Beerbohm, WANDERINGS IN PATAGONIA Or Life Amongst The Ostrich Hunters, Chatto and Windus, London, 1879.  Armando Braun Menéndez en su PEQUEÑA HISTORIA MAGALLÁNICA le dedica un capítulo a la aventura vivida por Beerbohm en Punta Arenas.

[25b] La historia completa - en inglés - del Comandante Allen Gardiner se encuentra AQUI. una breve reseña en castellano AQUI.

[26] Capitán Charles H. Brown, INSURRECTION AT MAGELLAN, Boston, 1854. Traducido COMO INSURRECCIÓN EN MAGALLANES, Editorial Francisco de Aguirre 1967.

[27] En realidad la región austral y tierra del Fuego habían despertado la imaginación y la curiosidad en Europa desde el Siglo XVIII, debido a las crónicas de viajes de los navegantes que se habían aventurado en el Estrecho de Magallanes.  Posteriormente se escribió acerca de la Ciudad de los Cesares y de la existencia de gigantes en la región habitada los patagones, de los caníbales que habitaban los canales y de los numerosos naufragios ocurridos en las tempestuosas aguas australes.

[28] Lady Florence Dixie, ACROSS PATAGONIA, Richard Bentley ando Son, Londres, 1880, Pág. 31; Traducida como A TRAVÉS DE LA PATAGONIA, Ediciones de la Universidad de Magallanes, 1996.

[29] Lady Dixie, op. cit. Pág. 33.

[30] “Mr. B.” en el original en inglés, refiriéndose, aparentemente, a Beerbohm.

[31] Lady Dixie, op. cit. Págs. 33-34.

[32] Ver por ejemplo, John R. Spears, THE GOLD DIGGINS OF CAPE HORN, G. P. Putnam’s Sons, 1985, donde Punta Arenas es descrita como un puerto con perspectivas de prosperidad y capital austral de la ganadería y la minería del oro.

 

 Punta Arenas desde el Cerro de la Cruz (Sin dato de fecha)

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