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ORIGEN DE LA RELIGIOSIDAD CAMPESINA
DE LA ZONA CENTRAL DE CHILE
Tomás Austin Millán
Sociólogo, Antropólogo Social.

Publicado en el
ANUARIO DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA EN CHILE,
Seminario Pontificio Mayor,
Vol. 9, 1991 (Págs. 31-49), San­tiago de Chile.

1. Las raíces religiosas
2. El predominio de la religión católica
3. La Encomienda y la Hacienda; estructuras de la religiosidad campesina.
4. La mezcla de creencias español/indígena
5. Patronazgo y Marianismo en la Colonia
6. Consolidación del inquilinaje
7. Actitud en el campo contra los “protestantes”
8. Conclusión y bibliografía


Desde los albores de la conquista la cultura campesina chilena, aunque haya podido ser dinámica en sus respuestas al medio, evolucionó lentamente, hasta dar forma a una sociedad campesina asociada a un universo simbólico, característico y único, en el que la organización productiva, el sistema de poder político, la organización social y el sistema ce creencias, funcionaba como un todo armónico, en que estas cuatro esferas de la vida social se reforzaban mutuamente, manteniendo el equilibrio del sistema social agrario de la zona central de Chile hasta bien entrado el siglo XX.

1. Las raíces religiosas

Cuando los conquistadores españoles llegaron al continente americano en plan de conquista, el catolicismo europeo y principalmente el español, venían reafirmándose de la gran escisión protestante con la Contrarreforma, dándole a los conquistadores españoles un sentimiento que se caracterizó por su exacerbado fanatismo místico.

La Contrarreforma, originada en el Siglo XVI, luego de la escisión calvinista, luterana y anglicana, se afincó fuertemente en la Península

(Pág. 32) Ibérica, impregnándola de una profunda fe y del deseo de cubrir con ella a todas las regiones descubiertas y en vías de conquista, lo que a la par significaba el deseo irrestricto de terminar con las creencias “paganas” de los indígenas americanos, desde México y florida, hasta el fin austral del continente.

La motivación religiosa de la conquista española es ampliamente reconocida por quienes estudian este periodo de la historia, pero el inventario de las motivaciones es más extenso y a lo meramente religiosa se le agrega también idéntico interés por el deseo de aventura, riqueza y el descontento político en Europa[1] o por “oro tierras y esclavos”[2].

De manera que junto con los conquistadores y su bagaje de ambiciones, armamento, cultura hispánica en general, llegó la religión católica.  Esto no es mera figura literaria, Pedro de Valdivia, al salir del Cuzco en 1540, “…en el arzón de su cabalgadura traía una imagen de la Virgen de la advocación del socorro.  Un año más tarde llegaba hasta el valle del Mapocho, allí fundaba la ciudad de Santiago”.[3]

Cada nuevo lugar de penetración en las tierras conquistadas estuvo enmarcado por la creación de una plaza fuerte (símbolo militar), una horca (símbolo de la justicia), la presencia del sacerdote misionero que bendecía y legitimaba ante Dios el acto colonizador, pidiendo de inmediato el solar para la iglesia (símbolo religioso), a lo que se agregaba la repartición de tierras (símbolo económico) con las que se sustentarían los nuevos colonos y conquistadores.  De esta forma se realizaba con mayor facilidad y con máximo provecho la profesión de fe de los conquistadores:

Para servir a Dios y al Rey; para llevar la Luz a quienes viven en las tinieblas, y también para ganar riquezas, lo que buscan todos los hombres[4]

Toda la historia de la conquista de Chile es la historia del esfuerzo por penetrar con la espada y con la cruz en una tierra que no tenía oro ni plata en abundancia, pero que a simple vista se veía fértil y promisoria.

(Pág. 33) En este contexto el rechazo de los mapuches a la conquista española –ya que los huilliches resultaron más dóciles— era al mismo tiempo el rechazo a la usurpación de sus tierras y a la penetración religiosa.  El Cacique Vilumilla, al contestarle a un amigo9 español, resume esta actitud:

A nuestros ascendientes ¿les hizo falta saber leer y escribir y el sacerdocio para ser hombres y para ser respetados de sus mismos conquistadores? Sin letras y sin sacerdocio sabemos defender nuestra libertad y nuestras costumbres[5]

Pero de nada sirvieron las protestas del jefe Vilumilla, ya en 1493 la bula papal que otorga a los reyes de Castilla el dominio sobre las Indias, “impuso una suprema obligación: difundir los Evangelios y traer a los paganos a la Iglesia de Cristo”[6].  De esta manera, al mismo tiempo que los españoles se asentaron en la nueva colonia, también lo hicieron sus estructuras religiosas para servir a los conquistadores y sus descendientes, y a sus conquistados, los indígenas amerindios.  Se fundaron pueblos y desde ellos se coordinaron las misiones y también se habilitaron centros misioneros en medio del territorio en conquista.  Alrededor de los pueblos y misiones se establecieron cultivos y haciendas que proporcionaron el sustento para las nacientes colonias, a la vez que cada hacendado debía hacer un esfuerzo, por mandato papal y real, para la conversión y confirmación en la religión católica de los indios y mestizos a su cargo.  De esta manera, desde los primeros tiempos de la conquista la religión católica logró establecerse con éxito en prácticamente todo el territorio habitado de la colonia, la zona central de Chile, cubriendo todo el sector que sería agrario en la futura nación chilena, desde el río Bío-Bío, hasta el río Aconcagua, sin olvidar las penetraciones más difíciles que hicieron los misioneros en el Reino de la Araucanía, desde el Bío-Bío hasta Chiloé.[7]



[1] Clarence H. Haring, El Imperio Hispánico en América, Solar/Hachette, Buenos Aires, 1966, pp.46-47.

[2] J. H. Parry, The Spanish Seaborne Empire, Hutchinson, Londres, 1966, p. 48.

[3] Guillermo Prado, Santuarios y Fiestas Marianas de Chile, Ediciones Paulinas, Santiago, 1981, p. 7.

[4] Dicho por Bernal Díaz del Castillo, soldado de Hernán Cortés.  La frase es usualmente usada para ilustrar las intenciones de los españoles en la conquista: J. H. Parry, ob.cit., p. 88; Bamber Gascoigne, The Chirstians, Granada, Londres, p. 188;  Manfredo Kossok, El Virreynato del Río de La Plata, Futuro, buenos aires, 1959.

[5] Encina y Castedo, Resumen de la Historia de Chile, Zig-Zag, Santiago, 1984, T.5, p. 247.

[6] Haring, ob.cit. p.53.

[7] Para un historia de la evangelización en el Reino de la Araucanía, ver Jorge Pinto et al. Misioneros en la Araucanía, 1600-1900. Ediciones Universidad de la Frontera, Temuco, 1988.  Sobre los franciscanos en la Araucanía, ver Roberto Lagos, Historia de las Misiones del Colegio de Chillán, Vol. I, Friburgo de Brisgovia (Alemania) 1908.