Breves descripciones de Punta Arenas. Hechas por viajeros de la segunda mitad del Siglo XIX

Los Orígenes del Sindicalismo en Magallanes

La revuelta obrera de Puerto Natales en 1919

 

 

 

El primer correo del Estrecho de Magallanes

 

Tomás R. Austin Millán

 

 

Usualmente uno cree que las primeras facilidades para la comunicación de cartas y mensajes llegaron al Estrecho de Magallanes con la fundación de Fuerte Bulnes primero, y de Punta Arenas pocos años más tarde.  Sin embargo, de acuerdo con las crónicas de viaje del Capitán Dumont D’Urville, comandante de una expedición francesa al casquete Antártico realizada en 1837 y publicada por Julio Verne hijo en 1991, el primer buzón de correos que existió en el Estrecho de Magallanes fue improvisado con un barril por los capitanes que cruzaban el Estrecho a comienzos del siglo XIX.

Hacia 1830 Europa había comenzado a interesarse seriamente por el casquete polar Antártico, cuya existencia inquietaba desde el siglo XVIII.  Se habían descubierto las islas Falklands o Malvinas, South Georgia, Sándwich del Sur y los exploradores buscaban un canal o pasaje en el hielo que les permitiera penetrar al interior del casquete polar.  En las potencias mundiales de la época se discutía animada y muy imaginativamente sobre la existencia de un basto continente en el casquete polar Sur y de la posibilidad de penetrar más allá de la barrera de hielo que lo protegía.  En 1836 Francia resolvió enviar al comandante Dumont D’Urville al mando de las corvetas Astrolabe y Zeele para explorar los hielos australes y luego seguir hacia Oceanía.

D’Urvill dejo Toulon el 7 se septiembre de 1837 y el 12 de diciembre del mismo año llegó al Estrecho de Magallanes, lo atraviesa, siguió al Sur y exploró el Este de la Tierra de O’Higgins buscando un canal o estrecho que le permitiera penetrar al interior de la Barrera de Hielos.  Dada la geografía Antártica, hoy de todos conocida, fracasó en su empeño, lo que no le impidió dar nombre franceses a las islas y montañas que encontró a su paso, tal como llamar Tierra de Luis Felipe a lo que los chilenos llaman la Tierra de O’Higgins.  Agotados barcos y gente, D’Urville se dirigió al Norte a recuperarse, llegando a Talcahuano en mayo de 1838 desde donde más tarde navegaría a Oceanía.

Fue al pasar por el Estrecho de Magallanes, poco antes de dirigirse a la Antártica que D’Urville tomó nota de la existencia del singular buzón del Estrecho.

El capitán y sus naves entraron al Estrecho de Magallanes por Cabo Virgen y navegaron hasta anclar al Sur de la Punta Santa Ana, en la bahía que, dicho sea de paso, fue erróneamente conocida por varios siglos como Puerto de Hambre, en recuerdo0 de los desafortunados españoles que perecieron en la “Ciudad del Rey Felipe” en Bahía Mansa, en el lado Norte de la Punta Santa Ana.

Estaba por reembarcar dice --D’Urville-- cuando me fue presentado un pequeño barril que había sido encontrado colgando de un árbol en la playa, cerca de un poste en el que se había escrito POST OFFICE (Oficina de Correo).  Habiendo adivinado que este barril contenía papeles, lo llevé a bordo y lo examiné.  Ellos consistían en notas de los capitanes que habían pasado a través del Estrecho de Magallanes, indicando el tiempo de sus visitas, los incidentes de sus viajes con consejos para aquellos que vinieran después y cartas para Europa y los Estados Unidos.  Al parecer, un capitán norteamiercano, de nombre Cunningham, había sido el creador de est buzón al aire libre.  Meramente, en abril de 1833, el colgó una botella de un arbol y su compatriota, Waterhouse lo suplemento con el poste inscrito.  Por último el capitán Carrick del shoner “Mary Ann”, de Liverpool, pasó por el Estrecho en marzo de 1837, es decir 16 días antes de nuestra propia visita y fue quien sustituyó la botella por el barril, agregando una invitación para todos aquellos que lo sucedieran, a usarlo como receptáculo de cartas con diferentes destinos.  Me propuse mejorar este ingenioso y útil artefacto construyendo un verdadero buzón en el punto más alto de la península con una inscripción con letras ce un tamaño tan grande que llamara la atención de los navegantes que de otra forma no hubieran atracado en Puerto de Hambre.  La curiosidad los dirigiría a enviar un bote a examinar el buzón, el que estará amarrado al poste.  Parece ser que nosotros mismos gozaremos del fruto de este arreglo y nuestras familias estarán agradablemente sorprendidas al recibir noticias de nosotros desde este salvaje y desolado distrito, justo antes de nuestra zambullida en las regiones polares.  Hasta aquí llega la descripción del buzón, a la vez que el navegante francés se maravilla de lo hermoso del paraje en que se encontraba y de las muchas facilidades que ofrecía para el reaprovisionamiento.

Imagen que acompaña al artículo.

 En resumen --termina D’Urville en su narración-- la estadía en Puerto de Hambre fue muy exitosa, mera y agua se obtuvo fácilmente, se hicieron las reparaciones necesarias, se hicieron observaciones horarias, físicas, metereológicas, de mareas e hidrográficas y por último, se recolectaron numerosos objetos de historia natural”.

Es de comprender la importancia que ese buzón ofrecía para la navegación a vela en esos tiempos.  Navegar solo con la ayuda del viento hasta regiones tan apartadas de los centro europeos era una empresa de mucho rigor y desde el descubrimiento del Estrecho de Magallanes, los mitos y las historias, verdaderas o falsas, de la dureza del clima y los vientos australes, habían circulado abundantemente por los puertos europeos.  Las expediciones a los mares australes habían regresado casi siempre mermadas en barcos y hombres y las noticias que llegaron de los exploradores que se aventuraban en esas regiones eran siempre bienvenidas, por eso es que D’Urville no vacila en calificar el improvisado buzón como “útil e ingenioso”.  Qué pasó después con el buzón, no lo sabemos, pero su vida útil como buzón emplazado en un punto geográfico no poblado estaba destinado a ser muy corta, porque cuatro años después el gobierno chileno fundó el Fuerte Bulnes en la misma Punta Santa Ana, con lo que el manejo de la correspondencia quedó en manos de algo más que un simple barril.

Fuente: Jules Verne, GREAT EXPLORERS OF THE NINETEENTH CENTURY, London 1881.