LA HISTORIA ORAL Y EL HISTORIADOR

PAUL THOMSON

HISTORY TODAY

(www.historytoday.com)

Junio de 1983, Vol 33, Nº 7.

Traducción de Tomás Austin 1990.

 


 

 

La historia oral es al mismo tiempo las más nueva y la más vieja forma de historia.  Los primero historiadores profesionales fueron los portadores de las tradiciones de sociedades iletradas.  Sus descendientes aun pueden ser encontrados en nuestros tiempos en los juglares[1] de las villas africanas, los que pueden recitar de memoria la genealogía de las familias dueñas del lugar, las dinastías de los jefes y los sucesos de desastres naturales y políticos, sobre hasta diez generaciones en el pasado distante. Tampoco el uso de recursos orales terminaron con la aparición de la habilidad para leer y escribir. Estos fueron altamente valorados y recordados como un camino más confiable hacia la verdad que los documentos solamente, por casi todos los mayores historiadores, hasta el siglo XVII: por Heródoto, por Bede, por Guicardini e incluso por el escéptico Voltaire.  Fue el método de Voltaire al escribir la vida y los tiempos de Luis XIV que Samuel Jonson destacó con especial aprecio cuando, después de su viaje a las Hebridas en 1773, tomaba desayuno con el filósofo historiador William Robertson, Rector de la Universidad de Edimburgo.  Jonson le solicitó con entusiasmo a ocupar su mente a escribir la historia del levantamiento de 1745 antes que fuera demasiado tarde, porque “mucha de la gente que se levantó en armas entonces estaban muriendo, y ambos, los Whig[2] y los Jacobinos estaban ahora entendiéndose con moderación”. Había sido un especial merito de Voltaire que él:

Vivió mucho con todas los grandes personajes que estaban relacionados con ese reinado (de Luis XIV), y les había oído hablar de todo; y por lo tanto o tomaba el camino de Mr. Boswell de escribir todo lo que había oído, o, lo que es igual de bueno, lo preservaba en su memoria, porque él tenía una memoria maravillosa.

El verdadero historiador usa muchas clases de evidencia, pero tal como Jonson recordaba a Robertson en tonos melodiosos que, “toda historia fue primero historia oral”.

El aspecto de novedad de la historia oral viene de la grabadora de cinta.  Ya no es necesario para el historiador confiar en las notas “a la manera del Sr. Boswell”, o en una memoria entrenada.  La grabadora nos ha provisto con medios para capturar la palabra hablada de la misma manera que la pluma fuente y la máquina de escribir pueden documentar las comunicaciones más formales del lenguaje escrito.  Más aún, es solo una de una serie de innovaciones técnicas, incluyendo el teléfono, la radio y la televisión, que han cambiado decisivamente el balance de influencia y poder, de vuelta desde el lenguaje escrito al hablado, durante el siglo XX. Esta claro que, incluso en Gran Bretaña, aún el país más letrado del mundo, una historia de finales del siglo XX, basada solo en fuentes escritas tales como cartas, minutas y diarios, fallaría en captar una gran proporción de lo que fue importante, tanto para la vida cotidiana como la social, e igualmente al nivel de la toma de decisiones políticas y económicas. Y si esto es así para Gran Bretaña, ¿cuanto más es para esos otros países donde se niega el acceso a los documentos oficiales, la prensa es censurada y la oposición opera a escondidas o en armas?  Sin embargo los historiadores han sido lentos para aceptar este cambio. ¿Por qué?

Creo que hay tres razones.  La primera es una consecuencia del desarrollo de la historia académica profesional durante el Siglo XIX. Hasta ese punto no había habido claras divisiones entre la historia y las ciencias sociales, o entre el estudio del pasado y el presente.  Uno puede ver esa igualdad en los trabajos de historiadores como Michelet en Francia y Macaulty en Inglaterra, cuya preocupación central fue comprender a través de la historia, la política de su propio tiempo (y ambos, incidentalmente, hicieron uso extensivo de fuentes orales y escritas); o por otro lado, en la interrelación entre historia y teoría en los trabajos clásicos de Adam Smith o Kart Marx.  Pero al final del siglo se había establecido una nueva clase de historia en las universidades europeas: una intelectualidad de otro mundo preocupada en el estudio del remoto pasado medieval mediante el desciframiento de manuscritos latinos.  Su inspiración fue alemana.  En Alemania las universidades estaban mayormente en ciudades provinciales y separadas de los problemas tanto de la política como de la industrialización; aquí los académicos eran profesionales académicos, ansiosos de excluir a sus rivales estableciendo habilidades especiales para sus disciplinas. La solución se encontró enfatizando la formación en métodos particulares; para el antropólogo, la jornada de trabajo de campo, para el historiador, el manuscrito.  De allí que el slogan para la nueva historia se convirtió en “Sin documentos no hay historia”.

Esta definición profesional ha calado hondo en la conciencia de los historiadores.  El uso de fuentes orales continuó de hecho en ciertas formas de historia hasta la revivificación del método en las dos últimas décadas, pero en una forma encubierta – que ha hecho que el reavivamiento parezca más radical de lo que fue en realidad.  Las entrevistas siempre han sido usadas, por ejemplo, en la biografía política moderna.  Ha sido una práctica estándar en la historia laboral, en parte debido al ejemplo de los primeros grandes practicantes de esta especialidad histórica, Sydney y Beatrice Webb – quienes, significantemente, también estuvieron entre los últimos mayores historiadores que fueron igualmente eminentes como cientistas sociales y como políticos activos.  Aun así, por muchos años, incluso aquellos historiadores que usaron las entrevistas como una fuente, fueron reacios a citarlas abiertamente. A lo más, eran referidas discretamente en su introducción, como si ellos también aceptaran el canon profesional que eliminaba al tratamiento de una historia oral como un documento verdadero.

Consecuentemente – y esto nuevamente ha causado vacilaciones entre los historiadores – la reevaluación de la fuentes orales surge menos del desarrollo dentro de la disciplina que de los cambios en el mundo social e intelectual en el que los historiadores se encontraron trabajando después de 1945.  Primero estuvieron los dramáticos alzamientos políticos que en muchos países pusieron en el poder a grupos y clases sociales sin una historia escrita: en África y Asia a los movimientos nacionalistas, en Europa a los luchadores partisanos y libertarios, y a menudo, tras sus pasos, a las clases de trabajadores industriales.  El cambio fue más dramático en los desmoronados imperios de naciones europeas, donde los intelectuales expatriados descubrieron que la historia, tal como la habían conocido – la historia que conquista y administración colonial -  había sido tomada por la nueva necesidad de construir las historias de gentes que ellos habían imaginado sin historia.

Fue a partir de este desafío africano que surgió el primer estudio serio de fuentes orales para la historia: De la tradition orale, Essai de mèthode historique (1961; traducido como Oral Tradition, 1965).  Pero en los mismos años de post guerra se iniciaron programas nacionales para registrar la historia de la lucha subterránea de la guerra en Italia, Francia y Holanda, casi indocumentada por su naturaleza, y archivos comparables fueron iniciados en Polonia e Israel.  Más allá de esto, como en respuesta al nuevo poder del movimiento laboral y tras él la gente común, llegó un florecimiento de historia del trabajo y a partir de allí una crecientemente ampliada historia social.  Quizás el desafío más importante de todos vino a continuación: la renovación de los contactos entre la historia y las ciencias sociales, y en particular, con la sociología y la antropología.  En Inglaterra, un importante punto de crecimiento estuvo en los cursos interdisciplinarios de grados en muchas universidades nuevas.  En Escocia, Irlanda y en Gales – y en los trabajos pioneros de George Ewart Evans – una corriente paralela fue provista por la influencia de la etnología escandinava.  Para todas esas disciplinas, la entrevista era una fuente fundamental de evidencia.

Así, sus experiencia con las fortalezas y las debilidades del método podía ahora ser compartidas. Igualmente importante fue el antropólogo Oscar Lewis en Los hijos de Sanchez (1961) y Pedro Martínez (1964), quien fue el primero en demostrar el extraordinario poder de la entrevista de historia de vida para combinar intelectualidad original con una apelación imaginativa a una amplia audiencia popular.  Sus libros proveyeron el punto de ruptura que seguiría con la historia oral popular: Akenfield de Ronald Blythe (1969) en Inglaterra, Division Street: America de Studs Teruel (1967), y más tarde, en Francia, Le Chaval d’Orgueil de Pierre Jakez Helias (1975, traducido como The horse of Priede, 1978), y en Italia Il Mondo dei Vinti: testimonianze de vita cotidiana, de Nuto Revelli (1977: “The World of the Defeated: testimonies of countrty life”). Inevitablemente, muchos historiadores permanecen dubitativos.  Pero otros, especialmente en Historia Oral y en nuevas ramas – historia familiar, historia comunal y más tarde, historia de mujeres – rápidamente vieron el potencial de la nueva propuesta. Le dio acceso por primera vez a la experiencia de grupos sociales que habían estado “al margen de la historia”, largamente excluidos de los registros documentales, talos como mujeres, niños, trabajadores temporales, los pobre y los desviados, los no organizados.  Igualmente importante, abrió la posibilidad de transmitir la historia a través de la palabra de la gente común, creando así una historia que les era mucho mas significativa a ellos.  Porque ellos reconocían que aquí estaba la génesis de una nueva forma de escritura histórica: una forma de historia que, en tiempos de cambios sociales imprecedentemente acelerados en Europa Oriental, respondía a la profunda necesidad de redescubrir raíces mediante las experiencia individuales compartidas.  Esto es lo que ha convertido a la “historia oral” en un movimiento internacional.

Esto no significa subestimar los problemas que trae la historia oral, lo que vuelve a las razones del escepticismo de muchos historiadores hacia el método.  Dos dificultades han sido especificadas: la confiabilidad de la memoria y la representatividad.  La memoria es ciertamente selectiva y su precisión dañada por la supresión inconsciente, por la confusión de un evento con otro y por una creciente pero firme pérdida a través del mero paso del tiempo. Pero el estudio de los procesos de la memoria han mostrado que inmediatamente después de una experiencia se da lugar una drástica selección en la formación y la organización de la memoria.  Incontables casos de testigos en la corte han sido tan conflictivos respecto de lo recordado, lo mismo horas o días tanto como años después del suceso. Esto significa que con la excepción de la filmación o grabación directa, casi toda la documentación “contemporánea” – esté en diarios, cartas o en Comisiones Reales – también pasa por el proceso de selección de la memoria.  Más aun, aunque hay una continua pérdida de memoria a lo largo del tiempo, ésta es relativamente lenta, y en la edad avanzada es comúnmente compensada por una renovada claridad de memoria temprana en la fase de la “revisión de vida”.  Otra ventaja para balancear es que – excepto quizás con las figuras públicas – la gente más anciana generalmente acepta hablar de más buena gana acerca de aspectos menos positivos y aceptables de sus vidas de lo que hubiera sido cuando ocurrieron los hechos – incluyendo los casos extremos de actividad criminal. Así que hay menos supresión o distorsión deliberada de la información que con la evidencia contemporánea. En resumen, las consideraciones acerca del problema de la memoria de la evidencia, debería dirigir a los historiadores a mayores cuidados con toda clase de evidencia, en vez de simplemente confiar en documentos, como contraposición a las fuentes orales. La mayoría de nosotros, por ejemplo, somos muy cautelosos respecto de lo que leemos en la prensa diaria, ¿pero somos igualmente escépticos cuando reunimos evidencias de los volúmenes de diarios del pasado?.

El testimonio oral, como cualquier otra evidencia, tiene que ser evaluado tanto en términos de su consistencia interna, como comparada con evidencias de otras fuentes. Más aun, los individuos difieren marcadamente en el rango de detalles memorizados.  Hay gente excepcional que puede recordad todas las casas habitaciones y los sitios particulares de su villa, o describir toda la organización de una fábrica sesenta de sesenta años atrás.  Pero usualmente la experiencia directa es mucho más confiable que la indirecta.  Pautas repetidos de la vida cotidiana son mejor recordados que un evento simple y las actitudes son mejor grabadas mediante lo que se recuerda que ocurrió o se hizo.  La calidad de la memoria también depende crucialmente del estilo de la entrevista.  El historiador tiene que aprender a animar a un informante, a escuchar[3] y por sobre todo, nunca interrumpir; pero por otro lado a debe llegar con preguntas fuertes (directas, controversiales) y una secuencia de tópicos en la mente, de manera que el informante sea puntual y suavemente guiado a lo largo de la discusión. Esto traerá resultados más ricos que el regiamente estructurado cuestionario de entrevista – o para que decir, del agresivo estilo de tanta radio y televisión. 

 El problema de la representatividad también hace surgir la cuestión que de aplica toda forma de evidencia histórica pero que aún así ha sido muy poco considerado por los historiadores.  Porque los documentos dejados por el pasado no son, como muchos creen, una sección accidental, dejada al azar, de aquellos que existían originalmente.  Ellos han sido seleccionados para la preservación, usualmente por miembros de los grupos sociales gobernantes o educados, porque creyeron que eran significantes.  Esos documentos reflejan, por lo tanto, la estructura de poder y los prejuicios de su tiempo.  Todas las oficinas de registro de los Condados británicos tienen volúmenes de cartas intercambiadas entre los miembros de la elite dueña de la tierra, pero ¿cuántos condados han adquirido solo una simple caja de las millones de tarjetas postales intercambiada por la población ordinaria en las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial?

Por la misma razón tenemos que ser cuidadoso para decidir a quién entrevistar. No es suficiente comenzar con la tía favorita o el sirviente de la familia y simplemente seguir las direcciones que ellos sugieren. Hay dos terrenos apropiados para seleccionar informantes. Primeramente, hay gente de especial interés, ya sea porque, para la cuestión en estudio, tiene particularmente una memoria total, o  porque su experiencia de vida fue excepcional o crítica: secretario del movimiento o dueño de la empresa, por ejemplo.  Segundo, hay informantes escogidos como “representativos” debido a su membresía a un grupo muy amplio.  En cualquier conjunto de entrevistas es importante asegurar un balance de perspectivas. Esto se logra en las encuestas mediante el muestreo aleatorio, pero como la muerte ataca desigualmente – los mineros mueren mucho más jóvenes que los profesores, los hombres antes que las mujeres, etc. – un muestreo aleatorio no puede reflejar al pasado exactamente. El historiador oral, por lo tanto, necesita construir un muestreo por cuotas, un número de representantes de cada tipo de informante que se necesita que se necesita, identificando las divisiones sociales claves del lugar y periodo en estudio – entre hombres y mujeres, entre ocupaciones, religiones, razas, generaciones, etc.  Los informantes de cada categoría deben ser entonces escogidos por una variedad de medios – a través de contactos personales, llamadas de prensa y radio, centros de reunión, trabajadores sociales y médicos – así, ampliando más la base y asegurándose que, hasta donde sea posible, ellos también sean escogidos desde diferentes redes sociales informales.

Una vez comenzado, casi con certeza se encontrarán otros dos problemas.  El primero es la trascripción.  Las grabaciones de cintas son documentos primarios en las entrevistas. Pero no son un medio de uso práctico ni en el trabajo de investigación, ni al escribir.  Es esencial transcribirlos si el material va a ser completamente explotado.  Sin embargo, transcribir es caro y consume tiempo: en general, toma seis horas de escritura a máquina por cada hora grabada. Todo proyecto importante de historia oral debería tomar en cuenta este costo en su presupuesto, porque de lo contrario este material será efectivamente inútil.  En la investigación personal, para el historiador individual, es posible una solución alternativa en la forma de toma de notas a la grabación en vez de la trascripción, excepto para secciones que se ven apropiadas para ser citadas.

El segundo, más fundamental surge al escribir el material.  Porque las entrevistas de historia oral pueden probar que son sorprendentemente difíciles de integrar con las formas de historia convencional.  Su misma fortaleza; sus giros particulares y locales de frases; su autenticidad de detalles personales; su soterrada indicación acumulativa de la calidad de los sentimientos dentro de una familia; su coherencia alrededor de un simple camino de vida; significa que a menudo, estos pueden ser manejados como un documento directamente editado, que dividido en fragmentos para ilustrar un argumento histórico.  Es debido a esto que muchos historiadores han escogido derechamente publicar sus resultados como documentos orales, más o menos en la forma establecida por Oscar Lewis.  Hay ahora muchos grupos comunitarios en Gran Bretaña, como Centerprice en East London o Queenspark en Brighton, que publican folletos de testimonios orales para audiencias locales particularmente grandes. Algunos proyectos de escuela han seguido su ejemplo.  Del mismo modo, a nivel nacional, algunos de los libros de historia oral más poderosos y reveladores han sido autobiografías individuales, como All God’s Dangers (1974) de Theodore Resengarthen, la vida de Nate Shaw, un iletrado cosechador de Alabama, o East and Underworld (1981) de rápale Samuel, con su historia de crimen urbano, corrupción y pobreza, o The Pillen (1981), el pueblo de Shakespeare a través de los ojos de un huérfano crecido entre los prostíbulos y casas de acogida ocasionales. Con solo un poco mas de trabajo editorial, selecciones temáticas de un grupo más amplio de vidas, como el retrato de un pueblo galés de Melvyn Bragg, Speak for England (1976), o Fenwoman (1975) de Mary Chamberlain, o Working (1974) de Studs Teruel, pueden ser igualmente efectivos.  Como los más simples y más directa forma de presentar un testimonio oral, esas dos formas de documento oral han probado ser las mejores una y otra vez.

Hay una dificultad, sin embargo: porque justamente como al documento se la dejado hablar por si mismo, en esta forma de presentación, el historiador se cuida de usarlo en una discusión explícitamente histórica.  Esto se hace , ya sea separadamente o en paralelo en estudios más extensos.  Así en mi propio The Edwardians (1975), y en el registro maestro de la Guerra Civil Española de Ronald Fraser, Blood in Spain (1978), secciones de testimonios en formas diferentes (Fraser tiene tanto vidas completas como temas e incidentes) son entretejidos con otras secciones de discusiones interpretativas. Esta forma de organización permite  una respuesta más amplia a los diferentes valores históricos inherentes al material.

Le sigue, también, de sus características fortalezas y limitaciones que las fuentes orales serán mucho más útiles para ciertas clases de discusiones que para otras. Su limitación más absoluta es, por supuesto, el tiempo.  Hay solo unas pocas regiones excepcionales en Europa occidental (en contraste con África, Asia o América Latina) donde las minorías todavía mantiene tradiciones históricas independientes, como los celtas de los límites Atlánticos de Gran Bretaña, o los Protestantes franceses de las montañas Cévennes cuyas familias todavía recuerdan el exitoso desafía de sus campañas guerrilleras contra Luis XIV, con más comprensión, como ha demostrado Philippe Joutard en La Lègende des Camisards (1977), que el reporte oficial del diario del periodo mismo. El también mostró a través del igualmente excepcional descubrimiento de un conjunto de entrevistas manuscritas de la década de 1730 por el Generan Antoine Court que esas memorias locales retienen un destacable consistencia sobre varias generaciones. Hay otras pocas regiones europeas, más notablemente en Escandinavia, donde los historiadores tienen la ventaja de poder buscar en archivos de evidencia oral fundados hasta cien años atrás.  Pero la mayoría de esos casos son importante solo como ejemplos de principio. En la práctica sólo podemos esperar recoger evidencia oral sustancial y confiable para el periodo dentro de la memoria viviente directa: lo que ahora significa desde 1900 en adelante.

Una segunda limitación es cuando la preocupación principal esta puesta en los eventos.  Ciertamente el testimonio oral, si viene de participantes directos, puede agregarle detalles a las descripciones narrativas.  Pero casi invariablemente la mejor estructura viene de la documentación contemporánea y la evidencia oral toma un rol suplementario, a menudo como material de contexto no citado.  Esto es porque su fortaleza radica mucho más en describir lo que es normal, el patrón repetido y las redes sociales de la vida día a día, que de los incidentes excepcionales; mientras que los registros escritos, especialmente los diarios, se enfocan mucho más en lo último.  Al revés, las fuentes orales tienen mucho más valor en las formas de historia que se preocupan menos con lo que sucedió y están más centradas en cómo funcionaba el sistema – social, político o económico – y en documentar la experiencia típica de diferentes grupos sociales. Nos permite construir por ejemplo, una historia de infancia, o matrimonio, o pobreza, o lugar de trabajo completamente confiable – uno diría “etnográfica” – talque, que no hay otra fuente que lo pueda proveer.  Así Jerry White nos ha dado todo un libro acerca de un solo bloque de viviendas en el Este de Londres, Rothschild Building (1981), retratando la cambiante vida de una familia en lo económico, educación, sus prácticas religiosas y sus perspectivas políticas de tres generaciones de una comunidad de inmigrantes judíos, y sus lazos con la basta ciudad a su alrededor – un libro que a mi parecer, es un avance importantísimo para una nueva clase de historia urbana. Significantemente, está organizado no alrededor de la narrativa, sino alrededor de temas.

Aun hay una fortaleza mas para la historia de vida que escapa a este argumento también.  Porque cada historia de vida individual debe moverse a través del tiempo con su propia narrativa y al hacerlo cruza las fronteras entre el trabajo y el hogar, entre la política y la cultura, entre lugar y lugar, detrás de las cuales la mayor parte de nuestra evidencia y nuestros temas interpretativos – nuestro propio concepto, en efecto – esta separados. La historia oral nos provee de una forma única para atravesar esos límites. Nos permite, por ejemplo, estudiar los dos extremos de un proceso de inmigración.  Similarmente, nos ofrece una forma de estudiar las movilidad social que se enfoca en las vueltas claves de la vida, antes que en el comienzo y el final, en la cual, al observar los cambios en términos de construcción del hogar igual que las ocupaciones, revela el patrón de movimiento de las mujeres y no solo de los hombres.

Y la evidencia oral nos permite explorar la interacción mutua de la familia y la economía en un completo rango de contextos diferentes.  Esta ha sido mi propia preocupación particular en mi próximo libro Living the Fishing.  Es igualmente la clave para la declinación original de la declinación en el tamaño de las familias de la clase trabajadora en Gran Bretaña – en muchas formas, el cambio simple más significante del presente siglo – descrito por Diana Gittin en Fair Sex (1982).  Los demógrafos hace tiempo que han asumido que la limitación de la familia y el uso del control de la natalidad es esparcido por la difusión de las actitudes de las clases medias profesionales hacia abajo, en la escala social de las clases trabajadoras: pero su investigación muestra que cambiaron sus prácticas de control de natalidad por medio de canales de influencia independientes – principalmente conversaciones en el trabajo – antes que cualquier influencia de la clase media.  En efecto, aquellas con contacto más íntimo con la clase media, las sirvientas domésticas, son las que recibieron menos consejos sobre limitación de la familia; mientras que los doctores y enfermeros fueron usualmente poco útiles, sino positivamente desinformates, hacia los pacientes de las clases trabajadoras.  En efecto, fue la aspiración y los esfuerzos mismo de las mujeres de la clase trabajadoras las que proveyeron el momento crucial para el cambio. Las implicaciones de estos hallazgos impactan lejos, no solo para la historia misma. Sino que es característico de la nueva visón (insight) histórica que solo pueden ser alcanzados por medio de la historia oral.

Podrimos concluir con otra instancia cercanamente comparable.  Los historiadores del trabajo, como los sindicalistas, han asumido generalmente como “natural” que las mujeres trabajadoras deban tomar una parte más débil en el movimiento sindical, que los hombres, debido a sus vidas de trabajo más cortas y más interrumpidas.  Pero Joanna Bornat ha mostrado a través de su investigación sobre las mujeres trabajadoras textiles de Yorkshire[4], cómo la conciencia de trabajo de las mujeres fue formada tanto a través de su rol subordinado en el hogar como en la fábrica.  No solo encontraron sus trabajo por medio de la familia, buscaron relaciones familiares para capacitarse en los molinos y una vez en el trabajo entregaron su sueldo completo a sus madres,  fueron sus padres quienes les dijeron si unirse o no al sindicato y si se unieron, fueron ellos quienes pagaron su suscripción semanal por ellas a recolectores del dinero que llegaron, no a la fábrica, sino casa por casa.  Así que la característica (machista ) división del mundo del trabajo y el hogar ha oscurecido nuestra comprensión de las raíces de la conciencia de clase den las trabajadoras mujeres. Pero las mujeres son un tercio de la fuerza de trabajo y la historia del trabajo que no las toma en cuenta esta malamente fundada.

La historia oral, en resumen, puede ofrecer introspecciones (insights) nuevas y fundamentales a los historiadores.  Esto no significa que ofrece una panacea.  Porque todo lo que hemos recordado hasta aquí  como el típico dominio de la historia – el mundo de la política, la guerra y la diplomacia, e incluso para la historia social antes de finales del siglo XIX – tiene relativamente poco que dar.  Su potencial más grande esta más bien en la oportunidad que nos da para recobrar para la historia tanto la humanidad común como la relevancia que una vez sostuvo. Delineando por medio de las asombrosamente amplio rango de experiencias mantenidas en la memoria viva, la historia oral nos ofrece un medio para conocer los cambios fundamentales de nuestro tiempo, y al mismo tiempo, por sus propias palabras, de compartir con gente de todas las clases una comprensión del impacto de la historia en sus propias vidas.


Muchas de las cuestiones de principio y práctica que toco aquí son discutidas más extensamente en mi libro, The Voice of the Past (Oxford University Press, 1978). Discusiones regulares de método, noticias y artículos  sobre hallazgos son publicados en Oral History, el journal que aparece dos veces al año de la Oral History Society. (Información del Departamento de Sociología de la Universidad de Essex, Colchester CO4 3SQ)

 

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[1] Griots, en el original, músicos que entretienen a la gente en África Occidental cuyas actuaciones incluyen historias tribales y genealogías de clanes y familias.

[2] En este caso, abreviación para Whiggamore, miembros de un grupo escocés que marcharon sobre Edimburgo en 1648 para oponerse al partido de la corte, porque también se designaba con ese nombre los miembros o simpatizantes de uno de los grupos políticos británicos más grandes de fines del Siglo XVII hasta inicios del Siglo XIX, que buscaba limitar la autoridad real e incrementar el poder del parlamento.

[3] Dice: “The historian has to learn to encourage an informant to listen, above all never to interrupt;”  La traducción literal debería decir “El historiador tiene que aprender a animar a un informante a escuchar, y por sobre todo a no interrumpir nunca”.  Siguiendo el tenor del artículo me parece más acertada la traducción primera.

[4] Joanna Bornat, “Home and Work: a New Context for Trade Union History”, Oral History, 5, 2 (1977).

 

 

VER TAMBIÉN (No mencionados en este artículo)

 

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA CONSTRUCCIÓN Y EL USO DE LAS FUENTES ORALES EN HISTORIA