Hernann tuvo
un niñez triste y frustrada porque su padre, capitán de la 2ª compañía
de Infantería, fue derrotada, en Polonia al margen de Varsovia.
Dios lo mandó a la misercorida sin medalla siquiera, sin una cinta y
menos la Cruz de Hierro.
Por lo mismo,
su adolescencia fue firme y madura, al lado de su madre que mantenía sus
ojos, permanentementre, fijos en la altura que iba adquiriendo Hermann,
dado los ejercicios diarios que iba teniendo su hijo en casa de
Anne, la que juraba iba a ser su cónyugue de por vida.
Anne
era fornida y de manos blanquecinas. Sus pechos altivos le otorgaban un
desarrollo de alemana apta para perder su virginidad escondida sólo para
Hermann.
Era el año
1940 y ya Anne deseaba con fruición sexo lo que cambiaba por cotidianas
masturbaciones, que la llevaban a un éxtasis efímero, llena de flujos
vaginales de colores cristalinos.
Hermann la
empezó a querer cuando el progenitor de Anne había muerto, a manos
aliadas, mientras iba dirigiendo la plana mayor del ejército del
nororiente alemán en plena batalla. Arriba de su motocarril
recibió un certero y fulminante tiro de metralla que dio justo en la
yugular. Estrepitosamente cayó en un charco sanquinolento, con
olor a gloria y angustia contenida de sus sublaternos. Por eso, al
anochecer, le cavaron una trincher aprofunda. Nadie osó ponerse el
casco. Esperaron a que el general Henrich Kaful le abrazara el
cuello con su cinta púrpura y la cruz de hiero, propia de íconos
germanos. Después el Sargento Mayor Meyer le sacó su identificación de
aluminio y dos anillos que llevaba en el anular izquierdo, para ser
entregados a su esposa. No hubo lágrimas. A las 2 AM un gramófono
saltó la canción "Lily Marlen", y al anochecer siguió implacable la
lucha, mientras caían las paladas de tie4rra en el pecho del padre de
Anne.
Los hechos
anteriores contados, daban cuenta que el patético fenómeno, en honor a
su padre teutón, había tenido el final lacrimoso de Anne y oraciones
casi viriles de su hija, que juró venganza sin aspavientos pero, con
pasío desenfrenada.
Todo
esto atormentaba y dolía a Hermann, sobre todo, cuando en noches nevadas
y mortecinas, se entrenaba con un fusil Mauser contra una adversidad
predestinada, según decían los seguidores del dios Odin. Todo
ello, en medio de los abedules largos, erectos y pintados de una nieve
que semejaba navidad y, nada menos, que a metros de la casa de Anne.
Anne,
en efecto vivía en donde se le otrogaban privilegios a los que mueren
con valentía y sagacidad.
Por lo mismo,
pecho al frente, y rostro de comnbate, Anne jamás bajó sus ojos
profundamente azules ante un oficial que la pretendiera o la
amedrentara.
La historia se
salta a 1945, mes de abril en que Hermann, después de un orgasmo con
Anne presuroso y con olor a obuses, presintió avanzadas de soldados, por
eso tuvo eyeculación precoz. Observó con sus catalejos, nítidamente, que
por el este avanzaban tropas rusas. Para él y Anne; Berlín, su
ciudad prometida, plena de música solemne y de una cultura que deseab a
ayudar a construir junto a su amada, iba a ser tomada.
Más que miedo,
sintió odio. Los rusos agazapados en sus tanques y cañones de
punto 8 mm. Apuntando al bunker, no era para besos medregosos.
Anne ya se
había puesto el calzón y pantalón plomo. Luego ambos se echaron
encima sus guerreras gastadas y sacaron sus fusiles. Antes Anne le
puso dos anillos de platino en el anular izquierdo a Hermann. Se
abarazaron con rapidez.
El líder
estaba a tiro de cañon y a pesar de su Parkinson, Hermann lo admiraba de
hombre a hombre.
Anne junto a
Hermann cavaron una trinchera y, además, Hermann se especializaba en
poner cargas de TNT a las orugas de los tanques soviéticos.
Pronto, Anne
se dió cuenta que un cuerpo despedazado por los aires caía a sus pies.
Era Hermann que llegaba al suelo patrio que tanto amó, que lo recibía
destruido, pero, como un autentico héroe. El líder al ver tanta
muchachada defendiendo el último reducto, salió cabello al viento y el
peligro latente. Cogió a Hermann por el cuello, le besó la frente
y le puso la cruz de hierro y la cienta púrpura bermellón.
Anne
mientras lo enterró, observaba su rostro mustio, cantaba "Lily Marlen".
De sus pupilas azules salían gotas saladas. Puso el fusil y su
casco como gesto religiosos en la tumba improvisada de Hermann.
Miró al cielo, y se sintió feliz, que se fuera con los dos anillo de
platino. Uno el de él, y el otro el de ella.