Luis Labrin Pacheco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Luis Labrín Pacheco

Humilde artesano de las letras. Nació en Lautaro y, pequeño aún, se fue a tierras colchaguinas, donde concilió sus estudios en el Liceo Neandro Schilling y el convento San Agustín, de San Fernando.

A los 15 años gana un concurso regional con su cuento "Humos Metálicos", reproducido por el diario "La Región de la Provincia. Estudia Castellano en la Universidad de Chile y dirige el teatro de la UTE y de la Universidad de Chile.

Estudió Magister en Ciencias Políticas graduándose en Bélgica. Luego se dedica a comentarios internacionales y crítica literaria en El Diario Austral, de Temuco; La Prensa de Osorno y el Correo de Valdivia.

Más tarde escribe en la revista Ercilla bajo el alero de su derector: Manfredo Mayol. Estudia en la biblioteca de los Jesuitas en Santiago y el 2005 y gana el "Premio de Ensayo Binacional Andrés Bello". Antes había ganado el ensayo denominado "El Subdesarrollo en América Latina", en la U de Lovaina, Bélgica. Ha escrito teatro y se desempeño también en "24 horas" de Temuco y su último trabajo radial lo realizó en la emisora "Orbita". Finaliza recordando que fue vicepresidente de la FESECH y relató en la Estrella de Iquique: "El directorio de Andes Mar Bus", sátira de una elección en Antofagasta mañosamente manipulada. Es hábil negociador y temible en una discusión... Dicen. Actualmente escribe sobre el Recurso de Protección.

Ellos son los últimos participantes de estos ciclos de lecturas literarias en la Universidad Católica de Temuco, el día 27 de octubre a las 18 hrs, en la sala C-401. Todo moderado por don Orlando Pacheco Acuña.  Octubre 2010.  (Tomado de aquí)

 


 

Los dos anillos

Luis Labrin Pacheco

Con este cuento gana el premio internacional de la

Universidad de Loja en Ecuador,

el 2 de noviembre del 2010.

En él se relata el amor trágico de Hernan y Anne

en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

 

Hernann tuvo un niñez triste y frustrada porque su padre, capitán de la 2ª compañía de Infantería, fue derrotada, en Polonia al margen de Varsovia.  Dios lo mandó a la misercorida sin medalla siquiera, sin una cinta y menos la Cruz de Hierro.

Por lo mismo, su adolescencia fue firme y madura, al lado de su madre que mantenía sus ojos, permanentementre, fijos en la altura que iba adquiriendo Hermann, dado los ejercicios diarios que iba teniendo su hijo  en casa de Anne, la que juraba iba a ser su cónyugue de por vida.

Anne era fornida y de manos blanquecinas. Sus pechos altivos le otorgaban un desarrollo de alemana apta para perder su virginidad escondida sólo para Hermann.

Era el año 1940 y ya Anne deseaba con fruición sexo lo que cambiaba por cotidianas masturbaciones, que la llevaban a un éxtasis efímero, llena de flujos vaginales de colores cristalinos.

Hermann la empezó a querer cuando el progenitor de Anne había muerto, a manos aliadas, mientras iba dirigiendo la plana mayor del ejército del nororiente alemán en plena batalla.  Arriba de su motocarril recibió un certero y fulminante tiro de metralla que dio justo en la yugular.  Estrepitosamente cayó en un charco sanquinolento, con olor a gloria y angustia contenida de sus sublaternos.  Por eso, al anochecer, le cavaron una trincher aprofunda.  Nadie osó ponerse el casco.  Esperaron a que el general Henrich Kaful le abrazara el cuello con su cinta púrpura y la cruz de hiero, propia de íconos germanos. Después el Sargento Mayor Meyer le sacó su identificación de aluminio y dos anillos que llevaba en el anular izquierdo, para ser entregados a su esposa.  No hubo lágrimas. A las 2 AM un gramófono saltó la canción "Lily Marlen", y al anochecer siguió implacable la lucha, mientras caían las paladas de tie4rra en el pecho del padre de Anne.

Los hechos anteriores contados, daban cuenta que el patético fenómeno, en honor a su padre teutón, había tenido el final lacrimoso de Anne y oraciones casi viriles de su hija, que juró venganza sin aspavientos pero, con pasío desenfrenada.

Todo esto atormentaba y dolía a Hermann, sobre todo, cuando en noches nevadas y mortecinas, se entrenaba con un fusil Mauser contra una adversidad predestinada, según decían los seguidores del dios Odin.  Todo ello, en medio de los abedules largos, erectos y pintados de una nieve que semejaba navidad y, nada menos, que a metros de la casa de Anne.

Anne, en efecto vivía en donde se le otrogaban privilegios a los que mueren con valentía y sagacidad.

Por lo mismo, pecho al frente, y rostro de comnbate, Anne jamás bajó sus ojos profundamente azules ante un oficial que la pretendiera o la amedrentara.

La historia se salta a 1945, mes de abril en que Hermann, después de un orgasmo con Anne presuroso y con olor a obuses, presintió avanzadas de soldados, por eso tuvo eyeculación precoz. Observó con sus catalejos, nítidamente, que por el este avanzaban tropas rusas.  Para él y Anne; Berlín, su ciudad prometida, plena de música solemne y de una cultura que deseab a ayudar a construir junto a su amada, iba a ser tomada.

Más que miedo, sintió odio.  Los rusos agazapados en sus tanques y cañones de punto 8 mm. Apuntando al bunker, no era para besos medregosos.

Anne ya se había puesto el calzón y pantalón plomo.  Luego ambos se echaron encima sus guerreras gastadas y sacaron sus fusiles.  Antes Anne le puso dos anillos de platino en el anular izquierdo a Hermann. Se abarazaron con rapidez.

El líder estaba a tiro de cañon y a pesar de su Parkinson, Hermann lo admiraba de hombre a hombre.

Anne junto a Hermann cavaron una trinchera y, además, Hermann se especializaba en poner cargas de TNT a las orugas de los tanques soviéticos.

Pronto, Anne se dió cuenta que un cuerpo despedazado por los aires caía a sus pies.  Era Hermann que llegaba al suelo patrio que tanto amó, que lo recibía destruido, pero, como un autentico héroe.  El líder al ver tanta muchachada defendiendo el último reducto, salió cabello al viento y el peligro latente.  Cogió a Hermann por el cuello, le besó la frente y le puso la cruz de hierro y la cienta púrpura bermellón.

Anne mientras lo enterró, observaba su rostro mustio, cantaba "Lily Marlen".  De sus pupilas azules salían gotas saladas.  Puso el fusil y su casco como gesto religiosos en la tumba improvisada de Hermann.  Miró al cielo, y se sintió feliz, que se fuera con los dos anillo de platino.  Uno el de él, y el otro el de ella.