Y ERA ELLA

Realmente, están por convencerme que soy el bicho, el insecto; la bestia más asquerosa de todas las que habita éste  mundo cruel. Digo sólo orbe, convencida que si hablo de universo, sería fantasear mucho, creerme demasiado. Vivo, si es que se puede llamar vida al andar  eternamente arrancando, huyendo, aislándome, intentando alejarme  siempre de todos, transfigurando mi objetividad, en una interrelación enfermiza con él hombre. Nunca he podido acostumbrarme ha estar toda mi vida recibiendo,  escuchando, oyendo recriminaciones a diestra y siniestra. Lo que es peor, no tener manera de impedirlo, aunque saliera atajar las malas palabras  dando vuelta y vueltas. La ansiedad provocada en el revuelo del ir y venir, se transformaba en hambre, ella hacía que cometiera más de alguna estupidez; tonteras necesarias, afán imperioso, condición natural de la supervivencia para seguir viva. Más bien, les comunico esto a modo de insatisfacción propia, a ver si alcanzo ha sobrevivir un día más, por lo tanto, no-se les vaya a ocurrir interrumpirme en mi monólogo. Fuera de encontrarme un poco asustada, ahora quiero expresar mi insignificante desahogo convertido en catarsis, debido al   momento de apremio en que me encuentro. En éste minuto, no tengo una respuesta adecuada a otra opción, más que, abrir bien los ojos y estar alerta. La otra posibilidad, simplemente dejarme morir mirando un mundo que no  siento mío y, quiera o no, me encuentro inserta en él. La verdad de una vez por todas, es que he vivido toda mi vida aquí conviviendo entre una variedad de seres, sin llegar ha comprender a ninguno; mi existencia diaria, la paso medio comiendo, medio volando, arrancando de perros que  tratan a toda costa de tarasconearme, igual los gatos, a manotazos intentan rasguñarme las alas; jugando, creo yo, o si no es así, es una forma de  mantenerse despiertos ejercitando una terapia de agilidad en sus cuellos, colas y patas. Algunas veces, echados sin pararse gesticulaban el aire. En ese segundo, una les mira sus ojos buscando afanosamente una señal de  misericordia, pero todo es en vano. De improviso saltan emulando resortes intentando pillarme desprevenida. Los pollos otro tanto, pájaros, aves en general, permanentemente a la siga, persiguiéndome a muerte, haciendo cualquier sacrificio para alcanzarme, y yo, huyendo. Pese a  estos vaivenes o sinsabores sufridos en mi vida  El sol  sonríe todas las mañanas  calentándome el espíritu.

Recordar y no es que sea pretenciosa, pensando, puedo decir no con  falsa modestia, que he ayudado a más de algún hombre ha encontrar su alma. A interrogarse, ha cuestionar su deambular omnipotente, señorial por el mundo que es de todos, no obstante, él no se atreve ha pensar ni a preguntarse. ¿Quién es su depredador?  Luego, yo para no caer en el mismo error, me  pregunto  insistentemente. ¿Para qué vivir?  ¿Valdrá  la pena morar en estos rumbos? Esas dudas razonables, las siento flotar  en el aire y tengo la sospechita que estarán suspendidas en todo el transcurso de mi vida, por eso que cuando aleteo, las atropello hasta dejarlas enredada en esa malla invisible de las indagaciones existenciales, exponiendo, dejando mi El hombre, quedaba boquiabierto, embelesado, extasiado mirando mi agilidad,  destreza continua  de cómo eludir los peligros, en más de una ocasión, es cierto, casi siempre y debido a eso mismo, hacía  alarde frente a su vista. Podía darme el lujo de ver en el fondo de sus pupilas, un grado de  su conciencia, ya que  estas se encargaban de reflejar, que me tenía; una  envidia perra. Sin duda, una de las virtudes estables de éste bípedo. Esa capacidad tan propia de él, iba consumiéndolo internamente, ideaba, maquinaba con la boca abierta imitándome copiarme pese a todos los epítetos que él mencionaba en mi contra. Yo, aprovechándome  un poco de esa debilidad suya, le sacaba la lengua. Él en son de respuesta, estornudaba haciendo un gesto de asco a las morisquetas que yo le había dicho en la oreja. Después de eso, pateaba  rabiando contra su propio mundo. Mi mundo, el mundo de todos.

La falta de luz,  hace que a veces pierda eventualmente mi ubicación. Es el minuto en que quedo  medio atontada, convertida en una vulgar lesa común y silvestre, sintiéndome por ese instante desamparada, a merced de  cualquier mortal o araña repelente. La diferencia entre la noche y el día, la tengo clara. Son esos matices del ocaso a la aurora los sorprendentes, ya que del susto nocturno, paso sin mediar al terror del día y todo debido a mi curiosidad patológica, que lleva ha deslumbrarme al aparecer olores  desconocidos. Toda aroma nueva que asomara, tenía que ir a averiguarla de inmediato sin preocuparme  por la seguridad. Era un impulso incontrolable. Cuando volvía a ser yo,  analizaba los diferentes  hechos ocurridos y sentía  la necesidad imperiosa de refugiarme  rápidamente en cualquier  lugar, sin importarme dónde fuera.

La eterna prisa de mi proceder, hacía que perdiera de vista los escondites prefijados y tener presta que recurrir al estímulo propio de la supervivencia. Instinto genérico en todos los seres. El único inconveniente y tras la urgencia, había que hacerlo a tontas y a locas, esconderse en lo que se tenga a la vista, sin un razonamiento lógico, hasta perder la distancia objetiva entre las cosas y los elementos del lugar. Es el minuto de mayor incertidumbre, el de máxima indefensión, equivalente ha sentirme desnuda, pilucha frente a una mirada lasciva de deseo incontenido. El espanto más terrible de ese segundo, era quedar  a distancia  de alguna manotada  de cucho despierto. ¿Pensar  que estos brutos ven de noche y no tienen otra  función que cazar ratones? ¡Qué asco! Otro inconveniente, es que hay lapsos en el día donde también abren los ojos. De sólo pensarlo, tirito de nervios. No desearía verme nunca  en una  situación de esa naturaleza. Llegando la oscuridad, esas horas que deberían ser tan propias para el descanso, sin embargo, me envuelve una sensación de soledad. Presiento todo el mundo  en mi contra, de día, corro de un lado a otro. Se oscurece, y tengo que protegerme urgente en un lugar, sobre o bajo de algo, además, estar atenta a cualquier imponderable. Permítanme una exclamación de horror. ¡Que barbaridad humana!  Digo humana, exageración por cierto, a la sencilla razón, que no hay nada más desatinado entre las especies mamíferas, que dicho individuo debido a sus demostraciones patéticas que hace éste ente, frente al resto de la humanidad; se cree dueño del universo.¡Ja! Reitero, aunque ustedes no  acepten, estoy consciente de mí,  tengo el entendimiento suficiente, de saber que  puedo ser la más molestosa, y la convicción en lo más profundo de mi ser. Mi yo interior, que es sin querer causarle daño  a nadie, y si soy así, es parte de mi naturaleza. Si no fuera yo, sería cualquier cosa. Para reafirmar lo dicho, me acaricio,  toco mi cabeza, mis patas rozan el abdomen  a manera de asegurarme, de confirmar, que todavía estoy viva.

Como de todo. No. Los únicos que  comen todo; son  los omnívoros. Chanchos, hombres, o hombres  cerdos. Estos últimos no me persiguen tanto. Algo  así.  - Sólo para el qué  dirán -. Mi defensa natural, es la velocidad  con que enfrento las circunstancias imperantes o circunstanciales. Vivo en gran parte del  mundo. Circulo en todas las esferas y estratos  sociales, pero eso no cambia la actitud hacia mí, invariablemente hay que huir permanentemente, creando nuevas evasiones; llegada la noche, la oscuridad me produce cierto temor, pero no tengo otra hora para descansar. Es el instante en que a mi ser se le manifiesta una sensación  de pánico incontrolable, sé  fehacientemente, que es,  por no saber la dirección ha tomar en ese minuto.  Normalmente, debería ser todo al contrario. La noche, es sinónimo de descanso, de paz, el fin de tanto correr, del dejar  huir de un lado a otro. Un alto al final de la jornada con el fin de encontrar un sueño reparador.

Una de las contradicciones inherentes a mi ser, es que siempre permanezco  más tranquila, cuando alguna claridad, fuerte o tenue  aparece, me ayuda  ha espantar el cuco de niño recién nacido. ¡De  cabro mal criado! Por dar una expresión terrenal. El sólo echo de tener que  pensar, en pasar ese tramo de vida, logra descompensarme logrando desquiciarme  y a no querer estar  inserta en el día a día. Esto sólo consigue aumentar mi mal genio. Entonces, es lógico también elucubrar, y natural  al mismo tiempo, que sea  parte de una conducta del  mundo impuesto en que vivimos. Oscuridad, claridad, contradicción eterna en nuestras existencias. Igual a darnos cuenta de los sentidos que poseemos. Luego, sonreír dando  gracias al minuto, de poder saberse viva.  Estirarse, bostezar, sacudirse  y  ha salir de nuevo.  Según algunos y queriendo ser sincera, para la gran mayoría, soy asquerosamente repugnante. Dentro de mis escuálidas bondades, a diferencia del resto, es mantener la potestad de asombrarme. Al menos, quedo maravillada de ver un nuevo amanecer. Enseguida, consigo que mi vanidad pretenda  auto convencerme de haber crecido un poco. Aunque ya fuera vieja. Anciana en edad, en tiempo vivido, de todas maneras, una sensación grata, e incómoda; percibo  conforme a mi intuición un sinnúmero de  errores cometidos dentro de  mi corta, o larga existencia llevada hasta ahora. Estas vivencias, tienen espacios y tiempos inmedibles.

Uno de mis innumerables problemas anímicos; el más atroz, es darme cuenta, y tener la sensación de no  poder remediarlos. Total, en un tris se habrán transformado en pasado, y no quedando otra cosa, que asumirlos con variados grados de intensidad, muchas veces, reaccionando en forma culposa, otras,  llenas de interrogantes, la más recurrente, no  conocer  a ciencia cierta. ¿Cuánto dura la vida?. Dicha incógnita, lleva a que justifique todo; bueno o malo, sonreír y sacudirme  para tener una vez más, la creencia de ser yo.

Mi vida. ¿Acaso, no creo que soy inmortal después de cada escapada? ¿Será mi padecimiento, empujar las inconsciencias de todos los seres vivientes?. ¿Será algo inherente  a mi nacimiento o al lugar dónde he elegido nacer? Tantas preguntas sin respuestas.  Esto es parte del ocio constructivo de estar quieta. ¿Oh, habrá  algo de cierto y que no quiero admitir, haber sido producto de alguna maldición, hecha por alguien que quiso vengarse de mis padres? Si hubiese sido así. ¡Maldita suerte la mía!.

Tremendamente desalentador, es desconocer la dimensión, la magnitud del mundo en que vivo, y se resume simplemente, por la voluntad  insignificante de la decisión de quedarme quieta, o volar, y asumir  las consecuencias de un nuevo sobresalto. Después de todo, mi condición actual no se modificará por la indiferencia de no querer saber, nada. Pero insisto lamentablemente, en repensar lo ya pensado, llegando a concluir, a la certeza, que no llegaré ha conocer respuesta alguna. Esta angustia de la sin razón lógica no encontrada, no hace otra cosa que reconocer a mi vida, sobre un sinfín de vanidades circunstanciales, cambiantes e inconscientes, tal pedantería lúcida enfurece más a mi esencia llevándola una vez más al caos interno, haciendo aumentar la desesperación ambigua del conocimiento eternamente inexacto. Reacciono eso sí, instintivamente a los cambios de temperatura que obliga abrigarme, o desabrigarme. Es ahí, cuando siento indecisiones escabrosas, dudas existenciales alejadas de la realidad de esta hora quieta,  llegando  ha captar intervalos  de  tiempos  medibles, de ratos intermitentemente claros y no-sé, si es por el frío, o por el calor. Más aun, aparece el cuestionamiento de siempre. ¿El porqué de mi nacimiento?. Posteriormente, cuando estoy parada, inmóvil, mirando por encima de la cortina de la ventana. Me limito ha reflexionar en los actos del día sorprendiéndome muchas veces, lamentándome acerca de  mi  corta vida. En resumen, llorando, gimoteando y no hallando solución alguna de alargarla, comienzo ha exigir  a mi conciencia que le saque algunos suspiros al espíritu. Claro está, una actitud de resignación. En aquella eventualidad, no me queda otra cosa, que entregarme a la buena del  gran hacedor. Luego, cierro los ojos, tiemblo un poco  tratando de dormir entre el miedo y las ideas. Estas últimas, sin lugar a dudas, son las culpables de mi eterno desasosiego; son las causantes de todas mis inestabilidades y para tranquilizarme ¿Cómo lo hago? Nuevamente a través de un baño de palabras a media voz, las cuales tienen por finalidad empeñarse tenazmente en  alejarme de mis malos pensamientos. Queriendo, creyendo vehementemente,  ensayar querer a todos los seres vivientes. Conviniendo conmigo en forma majadera, en  desear  que  vuelva la naturaleza  a mi cuerpo,  trayendo consigo la conformidad de la aceptación de mi rol para no darme la opción de averiguar otro  camino. Eso, sería aspirar ha ser otra. Así y todo, constantemente añoro el escaso  anhelo puesto en la esperanza de tratar de ser un poco más buena. Buena en el concepto general de todos,  buscando ávidamente  un grado de aceptación  con el resto del mundo.

Por la madrugada, despierto con una modorra onírica inmovilizándome el cuerpo, me estremezco tratando de activarme, esta vez, molesta y sorprendida al recordar, que sin querer, trato de  cambiar mi imagen, o sea, no estoy conforme conmigo Un brusco movimiento, lleva a que cambie de posición y  también de actitud. La exasperación que siento ahora, es no alcanzar ha vislumbrar en mi conciencia  algo más profundo, no obstante, tengo la evidencia de su existencia. Mis ojos, se abren desmesuradamente  al saber  que voy quedando  enredada en un tejemaneje seudointelectual, tan propio de la incertidumbre de no dejarse llevar por la mera intuición genética de todas.  Espantoso, es descubrirse atrapada, envuelta en las banalidades del entorno. Soy tan insignificante frente al  pensamiento del resto, que ellos no captan ni se percatan de mi instinto  verdadero. Me remezco una vez más imaginando ver rebotar  alguna idea,  y con asombro miro a  estas hundirse riéndose irónicamente, hablando entre sí y antes que alcancen ha dar bote, les alcancé ha escuchar bajito. ¡Otra soberbia de ella sin duda!. Y quedaron presas regañando en una telaraña. 

De vez en cuando, es cierto, dejo un tiempo para mí. Esa es la única ocasión en  que verdaderamente soy, es saberse, es estar con uno misma, acicalarse en un momento y no tener  remordimiento de perder un poco de tiempo  pensando leseras. Si bien estas divagaciones, no son conducentes  a un conocimiento razonable de  poder explicar mi propia existencia. Tampoco hace que adquiera una soltura mental  a través de estos sueños diálogos, lúcidos, imaginarios, verdaderos, consientes, despiertos, que sólo dejan entrever subliminalmente, la  aspiración  intrínseca de  pretender una vida más larga. Hoy, puedo darme ese lujo. La causa, creo estar bien escondida, abrigada, resguardada, acurrucada en un escondite favorito, es más, puedo solazarme meditando tranquilamente, mientras permanezco en una semipenumbra, aunque no del todo carente de cierto temor. Después, llegando la claridad, empezará de  nuevo mi huida permanente del día.  Todo el día, de un lado a otro incesantemente.

Amaneciendo, ya es sabido, los deseos reviven, renacen trayendo nueva fuerza. Dicha energía es excesiva  en muchos casos, sin embargo, hay que irlos saciando uno a uno. Vivir, comer, amar. Pero teniendo presente que más importante que comer, o amar, es  conocer los limites de espacio en dónde deambularía  procurando en todo instante, no ser presa de los accidentes permanentes, causales trágicos que nos rigen u obligan nuestra existencia. El día será una intercalación continua de conductas habituales y acompañadas del deseo de  habitar un  mundo ideal, es más, reclamando a cada rato en contra del que nos toca vivir. Es tan propio, lejano, inmenso y ajeno, que irremediablemente nos confunde llegando ha colegir, que es un universo  ilimitado, sin discurrir siquiera que es de todos y de nadie. Nosotras viviendo en él, nos fascinamos  llenándonos  de orgullos   cada vez más insaciables y todo por  la infelicidad  provocada en ver lo deseable de los otros, hasta llegamos en algunos casos, pasar hacer el fundamento principal de vida.  Nuestra ánima la palpamos a modo de una eterna devoradora de insatisfacciones ordinarias, simples y es cuando inconscientemente, tratamos de querer subsanar en más de una oportunidad las frustraciones con los apegos. Queremos pretender comparar ambiciones, midiéndolas unas con otras, para encontrar y ver que las nuestras son ridículas frente al  desear  de aquellas. Una manera de gozar el descontento cicatero, mirando la miseria alrededor de esos que  lo pasan “bien”.

Ahora estoy quieta, sin hacer el más mínimo movimiento, aspirando cómo de costumbre   pasar inadvertida. Las ineludibles conductas hereditarias y adquiridas en el transcurso de la vida  hacen que sea el puntal persistente para continuar viva. No les quepa la menor duda, tengo la seguridad, que seguirá siendo así, por el  tiempo finito que durará mi vida.

Ya viene amaneciendo. ¡Mentira!  Prendieron la luz.

¡Viejo, despierte, páseme esa revista!. Carente de entendimiento, en un ademán reflejo. El hombre estira una mano alcanzándole lo pedido. Ella se levanta mascullando a viva voz.  ¡Voy a matar a esa mosca asquerosa, se  ha pasado toda la noche metiendo ruido sin dejarme  dormir! Y siguió llenando el dormitorio de furias mal contenidas.  ¡No sabía quién hablaba!. ¡Y era ella¡ ¡Tú roncabas! ¡Si no la hubiera escuchado, jamás lo habría  creído!

Parece que llegó mi hora. Una vez más, el día o la noche, la aurora o el ocaso,  provocan el mismo horror. Tendré que jugármela una vez más y así poder sobrevivir. ¡Oh  señor, qué vida!  Fuera de ser ésta una expresión inútil, sin trascendencia, continuaré trabajándole a la paciencia mientras viva en éste mundo.

Se colocó las zapatillas y corrió revista en mano ha tratar de darme.

¡Éste insecto repugnante está en mi cortina nueva!. 

Yo, a volar de nuevo.