LA FAMILIA

Ya estaba cansado de tantos refunfuños. Salí al jardín que da a la calle, me senté en el piso de costumbre y pude observar  la vereda vacía. Fue el instante en que miré  las piedras y me di cuenta que la  tierra estaba aparentemente quieta; sentí el sol tibio en la cara. No había  viento. Lo curioso, es que no se veía a nadie caminando ha pesar que presentía que ya era tarde. Esto  obligó ha que yo  examinara el reloj que llevaba en la muñeca y comprender  que ya estábamos a media mañana.  Las fachadas de las casas se veían serias, estaban  impertérritas frente aquel día insólito. Es más, al volver ha mirarlas,  semejaban   rostros asombrados de tanto observar el mismo lugar.  Las ventanas, eran iguales a  ojos desorbitados de ciegos tratando de imaginar ansiosamente la calle y mudas, debido a las puertas cerradas.

Las cortinas blancas, tapaban los vidrios intentando impedir que entrara aquella mañana. Por un segundo,  las hojas de los árboles de la vereda se movían suavemente y  ese mismo ruido imperceptible que producían, no dejaba escuchar que se decían entre ellas. Hablaban muy bajo. Se rozaban suavemente. En ese mismo instante, las rosas florecieron lanzando sus pétalos al piso. En buen romance, a mí alrededor  se escuchaba un murmullo indefinido... pudiendo ser  cualquier cosa. Antes de sentarme, mis pasos los oía lentos, osea,  yo no  escuchaba otra cosa que no fueran aquellos en  ese segundo.

Las voces de mis vecinos, no fueron oídas en esa mañana. Era raro, ellos a primera hora empezaban ha retar  al perro  y no sólo yo los sentía, sino;  el vecindario completo habría las  puertas dejando salir el aire de la noche mientras se estiraban levantando las manos y bostezaban para  enseguida comenzar sus quehaceres rutinarios.  La señal cotidiana e inconfundible, empezar  ha  prender  el fuego, hacer café, barrer, estirar las camas y  principalmente,  quejarse de la vida a cada minuto.

Llegó un momento en que el silencio era completo. Nada se advertía. La ausencia total de sonidos, hacía que notara mi  cabeza palpitando. Ahora entiendo,  debe haber sido por esa causa que repentinamente recordé el trámite pendiente; pese a toda esa quietud  inestable que se percibía en el ambiente, debería irremediablemente recurrir a la burocracia.

Miré hacia mi derecha y observé a un grupo de pensamientos coloridos, frescos, hermosos, sin embargo,  la tierra estaba seca. Les faltaba  agua. Esto último  lo pensé, pero  no tenía ganas de volver ha  desandar lo ya andado. Había que darse vuelta he ir  ha buscar un balde y regarlos. Debería ser así, sería algo razonable para  recompensar  su belleza, no obstante, a manera de  culpar el desgano momentáneo de no querer hacerlo, no les convidé agua de inmediato. Les dije algunas palabras al pasar y ellos respondieron  alegremente moviendo sus pétalos.

Cerré el portón despacio y silenciosamente me fui haciendo cómplice del  entorno, cerré los ojos, respiré profundo...  lo mismo que hacemos todos... levanté los párpados y  caminé ya sin mirar. 

Llegué al edificio, los empleados cruzaban miradas entre sí. Gesticulaban incomprensiblemente, se movían  de un lado a otro y no encontraban que decirme. Uno más atrevido alzó la voz gritando desde lejos. ¡Ese señor está muerto!

El teléfono sonó varias veces, nadie hacía amago de atenderlo.  Podía mirarlos de frente y verles las caras de asustados. Aquello trajo sin querer,  una evocación del olvido que se me había producido sin darme cuenta. Qué en ese día, se celebraba el día de todos los santos. Sacudí la cabeza exclamando. ¡Qué cosa curiosa! Y acomodándome el pelo, me pregunté para mis adentros ¿A quién se le ocurriría celebrar un día semejante?  En ese mismo instante, recordé  el día en que insulte a mi mujer y llegué ha decirle ¡Bestia!

De pronto  sentí voces  saliendo  de todos los rincones ahogando mis peticiones, como que ellas salieran de mí boca por arte de algún sortilegio, ella sola  disparaba  palabras sin mi consentimiento para volver ha escucharlas  sin reconocerlas.

Un relámpago  de lucidez, me hizo recordar  todo. De  aquellas había   nacido  este enredo. Estaba  arrepentido de haberles hecho caso. Suspiré largo pensando que el pasado no tiene cambio, a lo más, se trastoca mutándose en nuestra mente, idealizándolo sin remedio.

Lamento no haber entendido antes esa verdad. Me habría ahorrado un montón de sinsabores y trámites inútiles.  Ese día, era el presente de todos y la razón del porqué de éste día, nadie lo tenía claro, precisamente... El día de  los muertos vivos... Otra cosa; recién vengo ha comprender a la gente cuando se pone extraña en su comportamiento normal, después de aquella mañana, ahora podía ver a sus sentimientos chocando contra ellos mismos y muy sorprendido miraba a estos cómo se provocaban  heridas intangibles  de las cuales nacían llagas incurables de sentimientos purulentos, dando fe, que eran absolutamente  innecesarios.

Al ver éste fenómeno extraño, moví mi cabeza inconscientemente de un lado a otro, abismado y sorprendido de observar aquel acontecimiento provocado por ellos mismos, me rasqué la cabeza, fue para peor, los volví ha ver porfiando en esa conducta una y otra vez tozudamente, esto hizo que recordara a  Isaías, un vecino  colindante por la parte posterior del sitio, al que le encantaba hablar en voz alta mientras picaba leña  -¡El hombre nunca aprende!-.  Y los palos volaban por  el aire luego de cada hachazo. Pensando en la distancia del tiempo puedo aseverar. ¡Cuanta razón tenía!

Pasó un rato y la escuché a ella diciendo.  ¡Hace frío m’hijo!.  Sí,  sí,  un  poco,  contesté mintiendo -yo no lo sentía- se restregó las manos con fuerza exclamando. ¡Pero ya está pasando!...  ¿En qué estas pensando?.

Molesto tras su interrupción reiterativa en mí divagar real, respondí una pesadez. ¡En la inmortalidad del cangrejo!... ¡En las espinas  de aquel cardo negro!...Guardó silencio un rato, callada levantó la vista  arrugando  la cara, achicó los ojos y arriscó la nariz queriendo expresar de esta manera, el  no haber querido entender  bien.

Jamás escuché en toda mi vida, algún ruido  que no fuera el del teléfono, el  timbre,  el tictac del reloj. Por lo que me tenía en ascuas la rareza del zumbido que provenía de mis pensamientos, estos querían a toda costa mantenerme anonadado y por si esto fuera poco, fui quedando sobrecogido al percatarme consciente  que, eran  más rápidos que mis propias palabras, siendo ellos,  solos, en sí, el habla absoluta, en esa fracción de segundo, la palabra interna, se convertía en juicio.

Volví hacia la puerta ha  gritarle. ¡Apúrate, es la hora!.

Cuando tenía que salir, había que armarse de paciencia,  se arreglaba hasta la exageración, mi mujer se molestaba muchísimo cuando se le urgía, ella  a manera de disculpa  decía. ¡Es que cada hora que pasa, es el comienzo de una abstracción de un segundo!. O si no,  ¡Sólo pienso en él!.

Llevaba  ya, un buen rato en la oficina del registro civil, cuando salió una  dama ha atenderme. Bueno... si, una señorita ha juzgar por sus modales. Se quedó mirándome largo rato sin hablar y poco a poco se fue poniendo pálida. Estuve a punto  de preguntarle si le pasaba algo, supongo que habría sido  un gesto amable de mi parte,  pero yo, andaba corto de tiempo. Entonces  le reclamé una atención urgente, rápida, pronta. Ella levantó los brazos y con las manos se tapó  la cara haciendo  gestos convulsivos, plena  de una locura histérica, volcó la silla, desparramó libros y algunos papeles volaron aterrizando en  el piso, estoy seguro que ese fue el instante en que escuché a la  chaqueta  que estaba colgada,  quejarse del golpe recibido de parte de un libro de reclamos. Aquella, haciendo caso omiso del desaguisado, corrió gritando descontrolada. ¡Un fantasma!... ¡Socorro!.. Huía despavorida sin ton ni son. Nunca supe a ciencia cierta, si el susto era por lo que dijo el vestón, o se refería a mí. Tamaño nerviosismo reinante, provocó  carreras masivas  sin sentido.  Todas las personas huyeron  hacia las puertas provocando un tremendo desbarajuste, hasta yo había dejado todos mis papeles tirados sobre la mesa, asustado igual que ellos,  de hecho, caminé  lo más rápido posible  en busca de  la salida, sin embargo me causó cierta curiosidad,  ver el pánico de  la gente que chillaba descontrolada viendo que yo  iba en la misma dirección. Detuve mi andar al recordar que, algunos vivos se valen de triquiñuelas para quedarse primeros en la fila. Sonreí  pensando  haber descubierto el truco de algún gracioso oportunista.

Estoy cansada, sigo  pensando en ti, no me resigno a que te hayas ido. ¡Eras mi hijo!.. En el tiempo que estuvo a mi lado, le preguntaba permanente. ¿Crees en él?... siempre respondía. Yo creo, que él cree en mí y  sus ojos, su pelo, su voz, se llenaban de ternura hablando  suavemente, dejando entrever una tremenda emoción. Le converso  a menudo, sé que él escucha.

Esto, es invariablemente a cualquier circunstancia ajena  a mí, o de la  gente, decía ella.

Había vuelto cierta aparente tranquilidad, no obstante, los empleados todavía se veían nerviosos, a cada rato izaban sus párpados sin levantar la cabeza, mirándome de reojo y cuchicheando entre sí. Se paraban, se sentaban,  miraban el reloj.  Paso un buen rato y al  ver que nadie quería prestarme atención, me enojé. Golpeé fuerte sobre el mesón y lo único que logré, fue volver ha desparramar papeles de los escritorios, sin conseguir el objetivo para el cual había venido.

Y tú, en todo instante llamándome. ¡Apúrate, ven, no demores, casi nunca estamos juntos!. A toda hora  igual. ¿Qué estás haciendo?...     

El olor a flores flotaba en el aire, salía de todas partes llenando el ambiente, el perfume de ellas irremediablemente hizo que una vez más recordara tú voz junto al mensaje. ¡Tráeme rosas o claveles para dárselas a nuestro hijo!. Bueno... bueno, respondo yo fuerte.  Al aire, sin   verla, sin sentirla.

El  recuerdo señero de sus labios,  pasó  fugazmente trayéndome  su palabra nítida, entera. Sacudí la cabeza pensando que todo era un sueño.

Miré el reloj varias  veces y éste estaba justo en el medio día, las  doce, eso indicaba el cierre de las oficinas públicas, habían pasado varias horas desde el inicio de dicha gestión, tan nervioso se encontraba el personal, que sencillamente no quisieron  atenderme. Yo, para pasar el rato, empecé ha jugar embelesado  soplando  las  hojas  de sus archivos, les trancaba  las puertas, sujetaba a veces al sol, impidiendo  que aquel pasara a través de los vidrios, pero lo que más me gustaba hacer, era fijar  todos los movimientos a las imágenes quietas, igual que un rompecabezas gigantesco, resultando ser cansador al final por el esfuerzo  inútil de conseguir un resultado. Enseguida  apagaba las luces y cómo para  despejar o  aclarar las ideas, me rascaba la cabeza, por fin, alguien se animó y vino ha preguntarme. ¿Qué  desea?. Eso sí, con mucho respeto y susto. De inmediato,  pasé  ha explicarle lentamente, consiguiendo formar un nuevo alboroto, un chillerío, un griterío horrendo, fue tal la  batahola, que todo se transformó en  una zalagarda colectiva, idéntica o peor a la  llegada de un cantante famoso, en medio de ese desorden, intente  dialogar en voz alta y no fue posible, les hice ver  la figura de un niño que proyecté frente a ellos, diciéndoles, que al niño  le impresiona sobre manera la primera gota de sangre que le sale por cualesquier rasguño y todos lloraron. Las lágrimas hicieron aseo, ordenaron la oficina, limpiaron el piso, lavaron los ventanales y cambiaron las caras. Todo, volvió a su punto de partida, todo de nuevo,  la única diferencia, era, que a esa  hora no atendían público. Pienso que fue una disculpa barata, mientras esto ocurría, debajo de una mesa se escuchaba  una voz temblorosa, rezando una  larga letanía en la que nadie ponía  atención,  se calló únicamente cuando el mueble  se dio vuelta y él quedó  en la misma posición que había estado todo el tiempo, agachado en cuatro patas.

Te veo mañana, alcancé a decirle, mientras  colocaba llave a la reja de entrada,  mi vecino de al lado, Juan, levantó la mano  para saludarme,  pararse, volver la cabeza, agrandar los ojos en  una mirada entre interrogante y aterrorizada, todo en un sólo gesto. Entre mis conocidos y amistades se armó tal majamama, que la ciudad entera acordó por unanimidad; no salir ese año del cementerio, yo,  trataba de  explicarles,  que todavía tenía que hacer unos trámites, es más, era imposible apurarlos, porque no dependían de mí. Dependía  de la gente viva.

Todo esto se generó producto de  mi  muerte y a la muerte de ella, éste hecho circunstancial dio comienzo a  múltiples problemas de  herencia... ¡Claro!. Ahora él estaba grande y también muerto, pero vivo al mismo tiempo,  así que como padres muertos vivos, había que darle cierta protección.  Desde el instante en que él murió, se pasaba días enteros  regañando a su madre, reprochándole el no haberle explicado que tenía en sí, una obligación, un deber. A mí se dirigía molesto cuando tocábamos el tema, invariablemente  terminábamos nuestra conversación en los infinitos. ¿Y yo porqué? ¿Porqué?

Nosotros los padres, tratamos de sobreproteger a nuestros hijos y lo único que conseguimos, es hacerlos inválidos e ineficientes para éste mundo, eso lo entiendo hoy.

Casi siempre yo le argumentaba que él seguía vivo y trataba de demostrárselo recurriendo a  interminables argumentos, intentando con ellos  apaciguarlo un poco. Esto fue antes que muriera su  madre. Bueno, yo,  que les voy a explicar lo mío,  ustedes me conocen de memoria. El padre de él, soy yo,  amigo del esposo de ella y ahora estoy lejos de ustedes, aparezco furtivamente en la memoria de todos. Permanentemente les estoy hablando de lo mismo, nunca  hacen caso... ¡Ah! No hay razón de seguir con esta cantinela, no vale la pena, vienen a mí, solamente  cuando les pasa algo.

Estando en estos trámites latosos, cansadores, además nadie  quería hacerse responsable bajo ninguna circunstancia. Y por si esto fuera poco, tocó éste día de pura casualidad, mera coincidencia. Yo, ya tenía el permiso para  salir fuera del cementerio, lo  había pedido  semanas  atrás, con tiempo, de modo  que llegado el día no fuera ha tener ningún inconveniente. Sin antes, haber deambulado de oficina en oficina  desenredando la tremenda madeja burocrática que no siendo humana,  había logrado vida propia haciéndose parte  de la gente que se recreaba naturalmente perdiendo el tiempo inconscientemente, pero ejerciendo el poder omnipotente de semidiós, como algo habitual, manifestándolo altivamente con un. ¡Espere!.

Al  salir de cada despacho, me llevaba impresas sus caras agrias, gruñendo a una  ruma  de infinitos papeles entre los que iba el consabido e inefable permiso aclaratorio, atiborrado de timbres y las infaltables firmas de los notarios.

Creo que al principio... no me creyeron... luego les  sorprendía tal echo y enseguida tiritaban  muertos de miedo. Era verdad.  Increíble. Insólito. Más de alguno dijo desde la otra oficina ¡Qué poca seriedad!. Pensaron en un principio, una broma de mi parte, pero yo, no soy un hombre que tenga un sentido del humor tan desarrollado.

En aquel instante, asomaba la disculpa más recurrente. “El sistema.”... “Los programas”. Y sin perder tiempo, elaboraban  una serie de argumentos sin sentido echándose unos a otros culpas múltiples, con el único afán de lavarse las manos, o por  no tener la más mínima idea de sus propios intrincados reglamentos  para terminar diciéndome. ¡Yo no fui!.  Al final, después de tantos dímes y diretes, logré que me extendieran el vulgar roñoso permiso sin importancia; al leerlo, éste estaba tan lleno de garabatos ilegibles, firmas y demases que nunca supe realmente, qué decía.

Hoy, estoy pidiendo otro mugriento papel en el que diga, que mi hijo está muerto.  ¡Eso, les causaba tal asombro!. La verdad  es  que él no había muerto de muerte natural. No encontraba  modo de hacérselos entender. ¿Cómo explicarles claramente las circunstancias?. No quedándome otra cosa que hacer, traté de buscar el lado positivo de las cosas, en realidad, nunca había logrado hacerme comprender y yo, tampoco los entendía, así que estábamos en igualdad de condiciones. Fue ahí que lo hice; empecé  ha jugar, una manera de matar el tiempo, hoy me parece que fue divertido: el hacer aullar a los quiltros, hacer sonar la sirena de los bomberos, pegar las bocinas de los vehículos y un sinfín de cosas más. Faltando minutos para el pito del medio día. Éste también se adelantó, roncó sonoro asustando a más de algún espíritu tranquilo. En aquel tiempo, se me presentó la duda. ¿Mi reloj estaría atrasado?. No. La ciudad se trastornó, se convulsionó arrebozándose en un mar de ruidos ensordecedores; fue necesario  taparme los oídos, luego sonreí para mis adentros pensando que a lo mejor se me había pasado la mano, pero no era otra cosa, que una pequeña e inocente  venganza; después de todo, bien merecido se lo tenían.

Al ver que en ese momento no lograría nada, los insulté desahogándome otro poco,  total ya tenían  que cerrar, hora de irse almorzar.

Del susto, del espanto, habían pasado a la agresión física llevándome ha empujones  hacía la puerta y pensé una vez más en justificar al hombre en su mal humor, en su soberbia, lo mejor que pudo pasarme, fue que al poner un pie en la acera, éste movimiento hizo volver el silencio nuevamente, para  poder ver con toda tranquilidad, que la calzada estaba desierta. Alcé la vista y ahí estaban los edificios, las casas, los locales comerciales... era la ciudad. Los postigos y puertas que se encontraban abiertas, se cerraban apresuradamente,  sus dueños bajaban las persianas creyendo que con eso estaban a salvo, o más bien, tapando la vergüenza de saber que había muerto, sin ellos levantaran un dedo, sin decir nada a favor o en contra. Y yo... sin el maldito certificado. 

Caminaba  apesadumbrado, la vereda se acercaba sin razón aparente cada vez más, creando una  confusión en mis ideas,  esto a su vez  provocó,  que  anduviera cada vez más lento,   a cada paso que daba, volvía ha repensar en las consecuencias de tantos hechos ocurridos y en tan poco tiempo, resultaba simplemente insólito ver a los hombres hacer cosas sin saber para qué y lo peor,  insistir eternamente en ese afán, en suma, se perdían todas las vivencias naturales, diarias, seguían mirando  sin ver.

Pablo de pié en el balcón de su casa... Un amigo de años, estaba quieto con los brazos cruzados muerto de la risa, luego, puso sus manos en la boca y gritó fuerte haciendo agachar a los claveles... ¡La maldición de los dioses es que no heredarás el conocimiento!... y dicho esto, entró, cerró las ventanas igual que el resto, no alcancé ha responderle. Al levantar la vista, sólo tuve tiempo de ver que los gatos no estaban tomando el sol.  

Cuándo llegué a la casa, nuevamente tú estabas esperándome en la puerta molesta, lo primero que  dijiste fue una pregunta, ¿hiciste el trámite?. Y de inmediato, a tú   costumbre rutinaria: hablar, hablar, hablar... Yo no quise salir sola, pude haber saltado la reja. Seguido,  casi gritando, ¡no esperaste! Esto asustó a las rosas y queriendo  tranquilizarlas, le contesté de inmediato. No tuve en cuenta que hoy es feriado. Al minuto, debido a que ya estaba más calmada, la invité, ¿Vamos ha escuchar la  banda?  Hoy es primero... Es  domingo.

Entonces  pensé y comprendí, por  qué  esa gente en las oficinas.   Murmuré algo  que no recuerdo bien, debe haber sido, una mezcla de incoherencias in entendibles, a veces sucede, hasta en las mejores familias.

Tratando de no desilusionarla más de lo que ya estaba, saqué la llave, abrí el portón y salimos caminando. Ella pensaba, que todo era normal en el pueblo, anduvimos un buen rato callados,  el sol pegado en nuestras cabezas,  corría ya un aire tibio, primaveral, el más agradable según nosotros. Las calles seguían vacías, los ruidos se habían calmado y en medio de la vía, una bolsa plástica volaba  intranquila, tengo que suponer que arrancaba  asustada, por nuestra presencia.

Ella, llevaba la cabeza apoyada en mi hombro. ¿Te acuerdas?. Aquí nos dimos el primer beso... Yo no recordaba si había besado alguna vez. El sol a ratos, era abrasador, fuerte, caliente, quemaba cómo en el infierno.  Íbamos de la mano, simplemente, ¿nostalgias de enamorados?... Eso fue antes que se casara con mi amigo José.

¡Oye!. ¿No hay nadie?. Así parece. ¿Vamos donde  Jesús?. Si tú quieres...  ¿Porqué no hay nadie?. Siguió interrogándome. ¡Es difícil andar sola de día!. Detuvo el andar y mirándome fijo a los ojos, recibí una andanada de preguntas inquisidoras; estas pasaron volando sacándome el sombrero, y yo mudo...  ¡Tú tienes que saber!... ¡Tú eres distinto!... ¡Tú lo sabes todo!. Tú, tú. Repentinamente   sacudió mi  brazo a dos manos. ¡Sí! Tienes que saber, algo  estas encubriendo. Siempre que estaba molesta, terminaba a manera de enojo... ¡Si mi esposo estuviera vivo, tú no estarías aquí!... Mientras decía aquello, se sacaba un montó de hilachas imaginarias y se sacudía la falda.                           

Ahora  entiendo, estaban haciendo un catastro, anotando a todos los vivos muertos que quedaban.

Había que vivir entre la gente, para darse cuenta de cómo pensaban y hacer esfuerzos sobrehumanos tratando de entenderlos. No creo haberlo logrado del todo, corrían al margen de una secuencia lógica y cada uno, en un mundo diferente, al final. ¡Un desastre!... no había que entenderlos,  tenía que aceptarlos tal cual eran.

¿Llevemos a nuestro hijo?. ¡Si quieres!. Con el solo hecho de nombrarlo, apareció frente a nosotros. ¡Hola hijo!... íbamos ha buscarte... ¡Fantástico!. Son unos verdaderos genios. ¿Cómo lo consiguieron?. ¡Nos han vuelto a la vida!.  Puso las manos en su cintura y comenzó a cuestionarme  en voz alta. Y... ¿ Sabes cuando regresaremos?. Giró la cabeza de un lado a otro asombrado, mirando su alrededor y no dándole ya,  mayor importancia a las interrogantes, continuó diciendo;  nos tienen un miedo bárbaro. No creas, no pudimos engañarlos a todos, pese a tu  actuación, de ese día.

El sol, rebotaba por todas partes, retando a cuanta sombra apareciera, nuestra conversación, se llevaba a efecto en plena avenida principal  e  inesperadamente, vimos  paulatinamente aparecer, una  gran muchedumbre. Las calles se llenaron de gritos, la gente se lanzaban de los edificios, se persignaban, nos pedían perdón y volvieron una vez más, los ruidos estruendosos. Nosotros no sabíamos que hacer, lo único que pudimos entenderles, es que no querían morir...  Sorprendente... Ya  estaban muertos y no lo sabían, la ignorancia de no saber, que nacer, es morir.

Al final, querían matarnos a nosotros, nos culpaban de sus miserias, de sus sufrimientos, en resumen, de todo cuanto les aconteciera.

Primera vez que quedaba sin habla, frente a un hecho circunstancial, no supe que decirles,  no hallé cómo explicarles, que eran ellos mismos, quienes llevaban consigo, todas las amarguras y que yo, no podía hacer nada. Cada uno de ellos, tendrían que sacudírselas, con el  objetivo, de no volver a nacer.

Mi hijo se reía... Ves, no te decía yo, no saben quienes somos. Mi mujer  por su parte, estaba orgullosa, se sentía importante y yo observaba, entre suspiros de tristeza y compasión. ¡Pobres almas, no tienen idea de lo que les espera!... Nos fuimos alejando lentamente, eso sí, tomando  ciertas precauciones: de esa calle llena de gentes esquizofrénicas, gente loca, mis sentimientos se volvieron  encontrar, pero esta vez divididos, entre la compasión y el odio.

-Esto  reafirmaba la idea, del porqué estaban las oficinas abiertas,  estaban pasando lista a todos.

Seguimos andando, cautelosamente intranquilos, teníamos que acostumbrarnos, era nuestro nuevo tiempo; por lo tanto, así tal cual habían  aparecido,  desaparecieron,  todo volvió a  su cotidiana normalidad. ¡Uuuf, qué descanso!

A poco andar, en la otra  esquina  divisé  a un predicador solitario, este gesticulaba vociferando  enardecido a las nubes... ¡Este mundo, es  vanidad de vanidades!. ¡Sólo vanidad!. Levantó las  manos  y  tal sería su vehemencia, que se afirmó en el  aire y dándose   impulso, tras un exabrupto,  se  tragó  las nubes,  el cielo quedó azul. En ese instante me doy cuenta, que yo, estaba solo. 

El pueblo en que vivimos, es rural, perros y gatos no cumplen ninguna función, aparte  de dormir y calentarse, asolearse tranquilos, ronroneando, o ladrando, bostezando largos  sueños.

El lugar es realmente bucólico, apacible, el río lleva un prístino olor a frescura, lleno de ruidos naturales, compitiendo  permanentemente, con el aroma de tierra mojada.

Nadie, se preocupaba, ni  se preguntaba quienes somos, todos, saben que aquí, en esta casa, vive la familia Pérez.

Respiré nuevamente profundo y mirando el jardín,  me asaltó una interrogante... ¿El calor, únicamente lo sienten los hombres?.

Es pasado el medio día,  no me  han llamado a almorzar... Si, se está haciendo tarde, hay que llevar las flores al cementerio. Las plantas se movieron, haciéndome sacudir  repentinamente  la cabeza y me percaté que la mañana pasó volando, desperté,  regresando  a esta dimensión de realidad, sin saber ni tener la verdad, de qué, es realidad. Solamente una idea fija,  querer interrogar de  inmediato a  este  instante

Me veo,  agachado, encuclillas, lejos del  piso regalón, despastando el jardín, mis dedos acariciaban  las siempre vivas, mientras las nomeolvides, azuzaba a los    pensamientos en contra las orejas de oso  y  desde lejos,  de reojo, por debajo de las azucenas, miré a las bellas hortensias,  pavoneando  su frondosidad, las violetas se agazapaban para que yo no fuera a tomarlas,  no se me fuera aparecer  la peregrina idea de cortarlas, no querían por ningún  motivo  ir a parar al florero. Me puse de pié, tomé la manguera y acto seguido,  sonriendo, regué  el jardín,  luego  restregándome  los ojos, miré hacia arriba y  tragué  el aire, todo esto  hizo que  quedara suspendido, en un algo que no puedo precisar, algo, donde podía mirar sin molestar a nadie, algo, similar  a estar detrás de un espejo, ver  y que no me  vean.

Después de eso, no hice nada para  resistir a la  tentación repentina, al deseo compulsivo, el hecho es,  que  corte algunas flores, para llevárselas a ella.

María gritó desde la cocina. ¡Hiciste el trámite!... Sacudí el sombrero y  sin que ella pudiera  verme,  miré las flores en mi mano. Observé a través de la ventana y vi que el almuerzo ya humeaba en los platos.

El hijo, había muerto hacía tiempo, pero él siempre estaba  ahí,  su cubierto sobre la mesa, como todos los días. A veces, él se daba un tiempo, venía un rato y su madre lo acariciaba hasta que, se esfumaba  lentamente  entre las plantas del jardín. Ella volvía a llamar varias veces, el ritual de costumbre... ¡La familia!... ¡A sentarse!... ¡A comer!

Recién ahora, logro tener conciencia, que  la mañana  estaba despejada y  levantando  la vista,  observo  que el cielo, era de un azul intenso.