UN DÍA INCIERTO

Por Jorge Flores C.

Cuento publicado en LETRAS Y VOCES,

Editorial Nuevo Ser, Buenos Aires, 2006.

Al parecer y por la sensación que percibo en el ambiente, hoy, es un día de primavera, podría asegurarlo con certeza y argumentar una infinidad de razones en pos de ese convencimiento, no obstante, al pensarlo más detenidamente, me hace recelar de tal efecto, ya que también tiene todos los componentes subjetivos de ser otoño. El sol es tibio, sé que esta ahí, lo puedo divisar dibujarse detrás de una pequeña bruma, difuso, intentando (pienso yo) en disipar aquella sin apuro, es más, lo imagino estirándose, bostezando, tratando de levantarse lánguido, alargando el cielo a más no poder, con la intención intrínseca de rasgarlo para comenzar a barrer lentamente el rocío de la noche anterior; dejándome en ese mismísimo instante, una idea de irrealidad mágica, similar aquellas visiones de paisajes recordados en olvidos ilusorios de la memoria, igual a los vistos en más de alguna oportunidad en calendarios añejos, nostálgicos de días en espera eterna de años idos, envejecidos e inmóviles de tanta paciencia, colgados en paredes sin tiempo en casas de tíos o abuelos desconocidos y que su única función efectiva, es amontonar años pretéritos como presente, recavando del pasado un suspiro inconsciente de añoranzas sujetas precariamente en sus almas.

Sin pensarlo mucho, irreflexivamente en forma visceral, por alguna razón desconocida llego a cuestionarme tales percepciones, que racionalmente pensadas son antojadizas. -Humano al cabo-. Y sacudo la cabeza para asistir aquella interrogante inmediata. ¿Es de día? A mi pregunta dubitativa, acude la incertidumbre de la oscilación del pensar sin asunto, apropiándose inesperadamente, repentinamente de mi ropa haciéndola sacudirse en forma involuntaria, fuera de ser insólita la duda aparecida, por lo no racional, la respuesta en sí, es sólo una afirmación del inconsciente natural interno no dominado que poseemos todos, siendo además, la consecuencia propia de una justificación de querer cambiar utópicamente, antojadizamente el mundo real en que vivimos.

Lo dijo al aire, no supe nunca si en forma de enseñanza, o una descripción del hombre en general y ahora lo volvía a escuchar sin estar él. "El desear cosas de toda índole a nuestro antojo, es algo propio de los humanos dentro de su mezquino mundo cerebral".

El mirar vacilante sin poner la atención necesaria en un punto, trastoca las cosas permanentemente, no obstante, es un afán incorporado a las secuencias diarias de la inconformidad y no ver lo que realmente queremos, es más, no saber, no tener un modo de vida definido, es la evidencia más que exacta para decir, qué lo que vemos, es una realidad palpable sólo dentro de nuestros sentidos. Dudas y más dudas. Es por esa causal, que siempre intentamos querer y desear ansiosamente que exista la irrealidad que utópicamente deseamos. No es menos cierto también, en muchos casos, que esa misma mirada ciega en otra minuto, nos da una impresión diferente según nuestro estado de ánimo, esto es una regla general para todos, debido a que ella cambia según el prisma por la cual la pensamos, la observamos mentalmente y la vivimos igual a una realidad cierta engañando la verdad que tenemos al frente.

Un paso trae el otro, (siempre que uno quiera) y lo curioso de ese movimiento, es que no nos damos cuenta que lo hacemos, debido a que es uno más de nuestros reflejos de la ansiedad de otra cosa, más aún, anatómicamente, es simplemente la automatización de uno de nuestros movimientos ordenados involuntariamente en un segundo y que no nos percatamos de tal hecho. Es en ese instante, cuando me doy, o nos damos cuenta de la inercia del caminar sin mirar, el cual conduce irremediablemente a desvariar incoherencias, hace que sienta a ratos, los presentes, futuros y pretéritos amalgamados en visiones fugaces, creando sin ton ni son simultáneamente mundos nuevos, agradables, incómodos, desconocidos, sobreponiendo uno tras otro al que yo, ya conozco y al mismo tiempo, transformando estos absurdos, en algo cotidiano, el que voy asociando, enredándolo, aleándolo con la realidad y tomando a los dos como verdaderos, pese anteponerlos indistintamente, en cualquier orden y al segundo, juraría que ese estado, es el normal, es tal la asociación de ideas dispersas, inconexas, sin existencia ni razón de seguridad, que se me confunden las edades, los tiempos, los razonamientos, hechos, acontecimientos, circunstancias varias, haciéndolas en un santiamén, una visión nueva, desconocida por mí en éste minuto, pero real, tan cierta que juraría estar en otra dimensión.

Ese día, tuve que levantarme temprano por una obligación no impuesta, externa y al mismo tiempo propio, sabía lo que tenía que hacer, sin embargo, trataba inútilmente de elucubrar lo que pensaba o pasaba por la mente de mi hermana Laura.

Estaba consciente de todos los pasos a seguir, más aún, pensé y repase una y mil veces en lo que habíamos conversado días anteriores, medio en broma, medio enserio, reflexionando y creyendo fehacientemente, hasta llegar afirmar a ciencia cierta, que todo había quedado claro. Craso error. El sólo hecho de caminar hacia ese lugar, a medida que nos acercábamos, éste se fue transformando en un nuevo pensamiento incierto, lo mismo que el de ahora y que es de una objetividad sin discusión.

¡Sí… No-se me olvidó! Le di la moneda para que le pagara al barquero el paso al otro lado del río leteo y no bebiera de sus aguas por más sed que tuviera. Se lo dije anteriormente en varias oportunidades y quedamos de acuerdo en ese compromiso para que al volver, recordara todo y nos sentaríamos una vez más a verbalizar, a buscar explicaciones y sacar conclusiones a todas esas medias verdades alucinantes inconclusas.

Las personas, las gentes, los árboles, los animales, estaban ahí, aunque yo no los viera, ni me fijara en ellos, caminaban, pensaban, todos (según creo) y eso, no cabía dudas en mi cabeza, además, por analogía sabía que habían hojas, flores, los gatos ronroneaban según su costumbre, algunos perros, a esos sí que podía observarlos con curiosidad, corrían husmeando inequívocamente huellas conocidas en los tarros de basura, no supe si las calles les eran propias o no, pero eso poco importaba, llamaban sí mi atención, sus apresuramientos y yo mente abierta, los dejaba seguir en sus ajetreos, ya que ella a ratos se enfrascaba tozudamente en divagar los espacios inexistentes, hurgar en las edades e intercambiar los meses entre sí. Para qué decir de los años, estos saltaban en mi cerebro sin relación y lo más desesperante, no poder detenerlos y no tener la seguridad, si eran sucesos verídicos, tampoco en algún minuto advertí que fueran importantes, solamente experimenté un escalofríos tremendo en la espalda, al palpar el hielo que endureció mis dedos al tomar la barra metálica brillante para ayudar a trasladarlo.

Era el desapego final.

No sentí el peso. A lo lejos escuché un tango. No obstante, me quedó grabada la melodía inmortal. Levanté la cara y lo observé a él parado delante de mí con su gesto más característico.

Luego, sé que caminé por algunas calles en las que nunca había andado; hasta que sorpresivamente, un murmullo de palabras hizo que pusiera atención en el sol, que definitivamente asomaba arrogante, displicente, sin importarle en ese segundo mis apreciaciones de desconcierto, ni nada que se parezca, definitivamente, una muestra inequívocamente de no querer saber los acontecimientos, no le importaban un bledo. El estaba ahí, impertérrito, altivo, lejano, se sabía indispensable ya que estaba acostumbrado a entibiar los días en forma natural.

Era cierto. Una verdad indesmentible, sin posibilidades ha error. Entonces incliné mi cuerpo intencionalmente tratando de esquivarlo, fue con ese movimiento a propósito, que asomó el suelo, por lo pronto, aparentemente quise recoger un puñado de tierra, reflejo condicionado, aprehendido seguramente a través del tiempo, pero así una rosa. Alguien descuidado la había dejado caer sin darse cuenta.

Ese día era incierto, no cabía dudas, la irrealidad real, era un cuestionamiento bullente entre los porqué, los cómo, los cuándo, los menos mal. Hasta el remezón que me dio Luz (mi mujer) susurrándome al oído ¡No veo a tus hijas! ¡Cuáles! Respondo con sorpresa en medio de mi seudo inconsciencia. Nuevamente, esta vez ya consciente por cierto, siento un nuevo sacudón en la cama, la intención según ella, ayudarme a despertar definitivamente y dejara de una vez por todas. -Darme vueltas como asado-.

Puse los pies sobre el piso, corrí la cortina de la pieza despejando la ventana. ¡Oh! Ahí estaba la mañana, me vestí presto, no recuerdo haberme duchado, bajé y lo primero que escuché al saludar, al dar los buenos días a todos, fue un: -Ayudándole a sentir-. -Un buen hombre su padre-.

Posteriormente hice arrancar el auto, no-sé, si para ir, o para volver, creo que tuvo que ser en los dos sentidos, en la ida y venida de otra manera no podría ser, lo curioso es que no oí cuando Luz María cerró la puerta del vehículo.

Lo incierto realmente en ese momento, fue ese día. ¡No!. Ésta mañana. ¡Ah! Esa tarde. ¡Qué importa! La verdad, lo cierto, lo real, es que ahora estoy despierto y ya no era el sueño, tampoco el día, en suma, tan sólo la vida en sí misma de un día incierto.