EL BARRO

 

Era una mañana de primavera, sin embargo pese a no haber, el barro entraba por todas las puertas, arrastrándose debajo de los dinteles, lo sorprendente, curioso es que no había caído gota de agua alguna. El légamo despedía un olor nauseabundo, hediondo. La fetidez se adhería, vagaba en el ambiente, estaba suspendido sin color, parecía tan liviano, que bastaba un suave viento y lo llevaba ha penetrar una y otra vez por los poros, se pegaba en el pelo, en la ropa, atrapando a la gente, envolviéndola en el olvido, hasta entre las rendijas de las ratas se colaba, bajaba a los sótanos, se subía a los entretechos, pero donde más se apretujaba era en los desagües, haciendo reventar las tuberías de la imaginación,  esto se notaba a ojo de buen varón, las aguas de los ríos cambiaban, se contaminaban, perdían su ruido y fluidez natural. Se espesaban, al beberla colocaban lento el hablar y al poco andar, el pensar pasaba a segundo plano para  quedaba suspendido, detenido en le aire. El cieno infundía miedo. No se veía, pero se sabía que estaba ahí, se sentía cuando uno caminaba, al pié costaba levantarlo, el ánimo desaparecía. Las vértebras se descoyuntaban con lamentos y sin ellos. Pasó ha  transformarse en algo cotidiano, natural. Llegó, apareció de la nada, estaba ahí. Hasta los incrédulos tuvieron que aceptar que era cierto. Alguien, un día, esa mañana, abrió la puerta de calle, otro vecino, al frente, el de la casa del lado, abrió su ventana y el lodo sin hacerse esperar, se pegó en la casa, y comenzó ha cubrir la cuadra hasta embetunar a todo el barrio.

Cada mañana uno se preguntaba ¿Qué pasa con la lluvia, podré verla?.

Mi casa tiene diez vidrios rotos, una puerta que trasluce el día y cuando llovizna, esta entra, pasa y se queda saludando largo rato a las tablas, descansando según parece, hasta que el brasero se la lleva lentamente. El tarro de basura casi siempre vacío, se llenaba lentamente de esta masa pegajosa, amorfa, siendo imposible subirlo al camión de la basura. Al pasar los días, el  hambre de éste algo, hacía que quedara  sujeto al estómago aún después de calentarlo. Debido a eso, el espíritu quedaba vacío, nadaba en el aire, fuera del cuerpo. El entibiarlo tenía la función de prevenir el frío o escalofríos que producía  reconocer que dicho mal  invisible se iba apoderando, aprisionando toda el alma de los individuos llamados hombres.

Más allá de las sensaciones verdaderas, creíbles, supuestas, las banales florecían con el fango enmudeciendo las palabras. Barro, légamo, cieno o cualquier sinónimo que le quisiéramos dar, lo cierto es que a todos nos tenía todos pegados en una nada de incomprensión, andábamos asustados de miedo, un pavor sin lengua, un terror de no tener la esperanza de ver el sol tibio, pánico de quedar mudo, espanto de no escuchar ruidos. Quedar sordo. Quedar ciego, no ver.  Lo cierto era que ese horror pasaba hacer un terror a no saber qué. Y sin embargo, percibirlo cierto bajo la piel, no verlo, pero sabemos que existe. 

Los diarios dicen que el barro pasará. El papel aguanta cualquier cosa. Comunican que fue traído  por sentimientos de nostalgia del querer hacer audaces a los hombres. Algunos los vieron similares a dragones de cuentos de niños, otros exclamaron. El apocalipsis. Unos más sensatos, o por no saber realmente nada de lo que estaba pasando, se limitaron a mover la cabeza, rascársela y mover más tupido las pestañas.

El limo hacía que las palabras salieran roncas, entrecortadas, sin sentido cuerdo. Los verbos dejaron de tener el sentido que ellas esperaban, y al pasar un tiempo, se forraron de un sentido trivial, sin asunto, intentando escapar de las sensaciones de sabor a tierra, otras más pesadas o circunstanciales, fueron tan  incongruentes, que se aleaban a éste cieno ligoso, apropiándose de la voz, de los oídos, de las ropas y todo cuanto el hombre tomara.

Una tarde, se levantó un aire caliente. Todo el mundo alegró pensando. Llegó la primavera. No obstante, los pájaros no cantaron. La gente se molestó muchísimo, pero ¿Qué sabían de primavera los pájaros? Si no eran más que eso. Pájaros. De improviso, corrió una  voz susurrante, qué estaban muriendo debido a esta mezcolanza de agua, sol, tierra. Agua por decir o llamarla de algún modo, debido a que el barro, todos sabemos, que es tierra y agua, pero las palabras, lo habían creado magnificándolo y a mí no me cabe duda que existía aunque, ya que nadie lo veía. En ese minuto, la gente comenzó ha sentirlo en carne propia, el légamo se transformó en un cieno cada vez más pesado, atosigador, asfixiante. Apoderándose de todos los elementos; la nada real, por lo cual, algunos comenzaron gradualmente ha pensar, que a lo mejor, todo  esto, invisible pero palpable, sería invento de algún loco, igual a una película barata de ciencia-ficción. De improviso, las aves empezaron a caer en las calles, desarticuladas, sin huesos en la espalda ni en las alas. Algo así como moscas de carne y plumas. Fue cuando el barro subió su nivel, y ya solamente no se sentía en el andar, sino que pasó ha formar parte, más bien, comenzó tomando el contorno de algo en cualquier parte del cuerpo de  la gente. Se palpaba correr por dentro de la figura humana. Uno lo sentía. La desesperanza asomaba al  percatarse que a uno lo había invadido a través de los sentidos, entonces aparecía la palabra tristeza al no poder alejarlo, eliminarlo fuera del cuerpo.

La gente, nosotros, los humanos, por darnos un nombre en ese momento; comenzamos paulatinamente con actitudes extrañas, algunos nos quedamos mirando las barandas de los puentes hasta integrarnos a las piedras del armazón, la finalidad, soportar los fierros fríos enmohecidos por las lágrimas de tanto mirar el tiempo. O en su defecto, otros, cavaban fosas largas a la orilla de los ríos y se echaban ha dormir tratando de escuchar el ruido de las olas, más de alguno en su desesperanza nadaba días enteros para ir ha morir en las desembocaduras de la locura. Ahí, en ese instante, el barro se amalgamó con el miedo pasando hacer uno en un segundo.

Las personas viendo que no podía sacarse esa aleación, empezaron alimentarse de éste cieno. Lodo mezclado con hojas de árboles, lápices, paja molida, neumáticos de vehículos estacionados y toda clase de ideas que formaron montones de basura en las esquinas, eran tantos los hombres infectados con dicho mal, que mientras andaban por las calles, súbitamente, sin mediar razón aparente, se paraban ha mascar baldosas, o simplemente mordisqueaban un poste de alumbrado público, donde dejaban más de algunos dientes pegados  a las piedras. Sucedían las cosas más increíbles, situaciones jamás pensadas. Los quioscos de diarios se daban vuelta escondiéndose  en el rincón más cercano, cuidándose muy bien de no mostrar sus revistas con noticias sediciosas que motivaban a un desprendimiento de las ideas sujetas y atrapadas en esta masa sin forma, transparente, inmaterial, sin ningún sentido claro. Los buses viajaban vacíos de gente, pero llenas de esta masa. Esto motivó a que el pasto comenzara ha escasear, los animales flotaban en medio de los vehículos y la gente asustada pasó ha tomar el color del barro pasando hacerse incorpóreo a toda vista  normal. Aunque se usaran lentes especiales o se sacaran los ojos fuera de las orbitas, nada se veía. Lo cierto, es que las personas más parecían un montón de nada. Y fue así, puedo asegurarlo, estábamos en esas condiciones, cuando llovió y llovió fuerte. Si, ahora recuerdo, los rostros nuevamente desaparecían formando más montoncitos de lodo, algo aguachentos, pero barro al fin, las ideas se pegaban en las paredes haciendo olvidadizas a las gentes.

Una de las curiosidades, es que los cementerios no crecieron, el camión de la basura hacía su trabajo, iba recogiendo tranquilamente los montositos o algo parecido, casa por casa, de todas salían uno o dos dentro del tarro, sin contar con las infaltables bolsas plásticas tapadas de propaganda. En las calles para el barrendero esto era muy fácil, solamente bastaba una escoba, pala y el movimiento de los brazos. Otros se disolvían o desaparecían por osmosis, a más de uno le hacían cultos religiosos, pero eso sí, el cadáver, bueno, no digamos cadáver a un montón licuoso impalpable. Por lo tanto, el culto se realizaba con una idea de  ataúd vacío.

Producto de las últimas lluvias, las lenguas se fueron soltando después de estar tan rígidas, consecuencia del lavado de rostros. A lo lejos, desde arriba, al mirar de los edificios, se divisaban algunos techos vibrar con rapidez, y caminando por las calles, se veían a las personas que se movían como insectos en una batea de agua. Nadando. Digo mejor, chapoteando, igual que una mariposa tratando de salir de una tela de araña. El barro se fue  haciendo cada vez más espeso y la gente más lenta, hasta quedar inmóviles, supongo, cansadas ya de pelear con esa masa incolora que lo envolvía todo, adquiriendo la inconciencia de no percibir los chubascos que caían intermitentes. A ratos, no podría asegurar si esta masa desaparecía por la lluvia intensa que me chorreaba el cuerpo, o simplemente nunca existió. Lo concreto, es que  se disolvía pausadamente en una infinidad de gotas pequeñas de agua, barrosa aún, sin embargo, perfilaba a  una sombra de figura caminante, trasparente pero visible al pasar las horas.

Comenzó a entibiarse el ambiente, la gente empezó a sudar, ha transpirar con una mueca de sonrisa dibujada, puesta, y ver cómo de a poco les salía el  barro por debajo de la piel. Exudando el fango iban apareciendo dedos, rostros, piernas, algunas orejas, mitades de labios. Esa noche todos fuimos ha dormir en medio de una intranquilidad. En la mañana, al amanecer del otro día, se escuchó cantar los gallos. Más tarde, los pájaros se miraron, batieron las alas, les habían vuelto sus huesos, salvo aquellos que por el infortunio de ese lodo, o la mala suerte, algo los hubiera aplastado casualmente, como  zapatos, neumáticos y lo que era peor, atropellado por ideas sueltas que arrancaban sin sentido.

Al venir la aurora se puso ha llover a torrentes y todos salimos a mojarnos, a limpiarnos definitivamente de esta enfermedad, pero no fue suficiente, seguimos sudando. Hubo sol con lluvia y a medida que caía, aparecían más y más los cuerpos humanos, el movimiento permanente, natural, retomó su cotidianeidad de vida.

Las palabras a través de las voces, se fueron elevando, las flores que aparecían a ratos, asomaban más bellas, o quizás siempre lo fueron, pero esta vez si que eran vistas. Las personas pusieron más atención en ellas. Todo se fue transformando en normal.

Al pasar los años, algunos recuerdan éste barro, cómo un espejismo onírico de una ensoñación de espíritu perverso y que enlodó a más de algún cristiano, haciéndolo dudar de su fe.

Lo que les estoy contando es cierto. No lo duden, salvo que estuviera soñando despierto. No... no... no me cabe duda,  fue verdad.

Ahora voy caminando tranquilamente por calle Rodríguez, estoy por pasar a la acera de enfrente, pero me detengo irremediablemente encima de un charco de agua y tierra, en suma. Barro, el hecho de mirarlo, hizo que tiritara en escalofríos de temor. Detenerme en medio de ese dilema de incertidumbre de cemento, ruidos, voces, agua, sol, sombras, fue traumático.  Mi duda más grande, era ver a  la gente a mí alrededor. Debe ser por eso, que éste charco de barro, circunstancial, no es más que una alucinación dentro de la vida. Esa vida, es la que no puedo separarla de una realidad soñada. Por el momento, mi interés es saber si estoy mirando el barro, o yo dentro del cieno y mirando desde aquel una irrealidad. Una tremenda inseguridad sé apodera de mí, sin dejarme moverme, desde esta posición, estática, observo los edificios, los autos, las gentes, y no anhelo otra cosa que esperar quedar pegado a una pared. Entonces nuevamente mi preocupación aumenta a que alguien venga con un trapo y agua ha limpiarme. En ese segundo, me asalta una duda interrogándome  ¿Dónde estoy realmente?.

El sol volvió todo polvo. La angustia del no saber qué, pasó ha transformarse en una alegría y ganas de gritar a todo pulmón. ¡Tierra!. Las personas se dieron vuelta al escucharme, sentí un poco de vergüenza, la ropa se apegó sujetándome el cuerpo, haciendo que volviera el aplomo, la soltura, la seguridad precaria; pero algo es algo, hizo que caminara y sonriendo, crucé a la vereda de enfrente tratando de silbar algún recuerdo. Con el alma de nuevo en el cuerpo y repuesto de la impresión, tenía la certeza que nadie lo vió, nadie lo sintió ni escuchó, hasta llegar al convencimiento, que lo más seguro de todo, es que  a nadie le importa nada.