UN VIEJO CONTADOR DE HISTORIAS

 

La tarde se mostraba helada, normal según todos, debido a que estábamos al final del otoño, esto, el frío, me producía un leve dolor a las rodillas  y que por arte de magia pasaba a entumecer las manos y para remediar tal molestia, las calentaba metidas en los bolsillos, o algunas veces, las soplaba ilusamente tratando que no-se colocaran tiesos los dedos.

En ese momento de incertidumbre de duda, más bien, divagación inútil, respiré profundo y penetré sigilosamente sin tocar la puerta; entrecerré los ojos creyendo haberme hecho invisible, eso sí, suspirando bajito sin saber a ciencia cierta porqué, pensando seguramente, que con esa  actitud, la verdad, era intentar no hacer notar la impertinencia de la molestia  que provocaba mi presencia en ese preciso instante, sin embargo, tuve la buena ocurrencia de voltear un poco la cabeza, así, tal cómo me quedó, amortiguó sin duda en parte el tremendo temor culpable que llevaba debajo del abrigo, además, podría sostener   fehacientemente en ese minuto, que de esa manera, había pasado desapercibido, ya no de él, sino, también del resto de mis compañeros que se encontraban sentados en ese momento, este deseo, tenía la finalidad de que no se fueran a  fijar en mí por ningún motivo. No obstante, lo miré de reojo sin perderlo de vista, lamentando eso sí, advertir en mí, el gesto de los niños chicos cuando están asustados.

Estando dentro, a intervalos, miraba el suelo contando las tablas sucias disimuladamente, esperando temeroso el llamado de atención; cosa que no llegó nunca. En un segundo, mientras  acomodaba  la silla, se apagó una ampolleta del rincón izquierdo y él, quedó en una penumbra que hizo agrandar su figura.

Es cierto, había llegado  atrasado y eso era una realidad indesmentible, sin justificación, pero mi movimiento no fue el causó el apagón, después, pasado el segundo de dudas, abrí un libro disimuladamente y comencé a  levantar la cabeza lentamente hasta quedar  mirándolo de frente, igual que al resto de mis compañeros; lo mejor que pudo pasar, fue el murmullo general que vino aplacar en parte mi intranquilidad interna. Ya más calmado, pude ver cuando se  sacó los lentes, alzó las manos llevándolos a  mirar al trasluz  de la otra ampolleta, limpió los vidrios con un pañuelo y posteriormente, puso toda la lentitud al  restregarse los párpados para no pasar  a revolverse las cejas, que por alguna causal, quedaron asustadas  al ver a los  cristales tan prístinos.

Su posición acostumbrada al comenzar, fuera de las consabidas ¡Buenas noches!, era encorvarse sobre la mesa, en honor a la verdad, esta vez no se  encogió, se recogió pegándose a la pared, quedando muy similar a un afiche sujeto en la pared, en aquel instante, fue cuando adelantó las manos saliendo de dicho lugar para  afirmarse en el pupitre, esto ayudó a que enderezara un poco su cuerpo, y se viera definitivamente despegándose del pizarrón  volviendo a ser un hombre andando frente a nosotros; buena técnica según yo, para  tomar  fuerzas y al minuto, soltando dientes abrió los labios para que estos comenzaran a escupir voces; las palabras se  desparramaron flotando  y comenzaron a pasar por encima de nuestras cabezas,  mi asombro, fue ver esos murmullos flotadores, ruidosos, como obraban a que  pestañearan las luces de la sala y al mismo tiempo, esos mismos guiños, jugaban cambiando de colores a todos sus componentes del aula, simulando a ratos intermitentes, una vulgar discoteca, me imaginé que dicha situación provenía de la luz, claro que también se reflejaba en la ropa de los que nos encontrábamos  sentados, es más, las  lámparas se apagaban y se prendían, es más, de ese modo  ayudaban  a las paredes  achicar el lugar.

-La tarea es ahora-. Sentí retumbar una voz que me hizo abrir desmesuradamente los ojos. Escuchar aquel vozarrón salido de aquel hombre y ver  levantar un brazo inmenso volviendo apretar el interruptor, el espanto se apoderó de mis pelos y corrió agua fría por la espalda.  -Para hoy, hoy-. Y me sumí en el asiento hasta quedar sentado en el suelo tratando de no verme. Ese rugido iba acompañado de sombras, gestos, dicción fuerte y destellos de colores agresivos, no obstante,  no sopesaba que todas esas figuraciones hubieran sucedido  en un cerrar de ojos. En un nuevo segundo, advertí acercarse el miedo que no he podido olvidar hasta el día de hoy, pero, lo que más me molesta, es recordar las risotadas de las sillas.           

Los lentes se le descolgaban a la nariz, suerte que esta  era  grande y de fosas anchas.  Seguí escuchando, esta vez estaba atento;  vi cómo caminaba  delante de nosotros. A ratos se  volvía a confundir con otra  muralla. Sus  miradas a través de esos vidrios redondos, limpios,  rebotaban en las esquinas haciendo crujir  tablas y estas, brincaban quedando impresas en el cielorraso  amarillento y para colmo de lo increíble, el peso de ellas mismas, las  hacía volver, sólo esperaban  un pequeño espacio de tiempo y luego de un silencio, empezaban a rebotar entre los bancos, eran diestras en esquivar sillas, corrían debajo de las mesas  y yo miraba embobado aquel juego aguardando a ver si  las tablas del piso, podían resistir tamaños golpes y comprobar, que también eran capaces de devolverlas nuevamente hacia arriba. En estos desórdenes de subir y bajar la  mirada,  en ese ir y venir de abrir  y cerrar los ojos, mis párpados empezaron a descascar la  pintura de la puerta,  eso me daba la clara certeza  de haber tenido un lapso de perdida de conciencia, pese a todo el esfuerzo, volvía a soñar escuchándolo. –Recuerden, qué les voy a contar-. En ese instante, se rascó  la cabeza, más bien  se despeinó; poco pelo le iba quedando.

 - Érase  una vez, hace mucho, mucho tiempo pero, muchos siglos atrás-. ¿Cuándo hablará claro? Una de las ampolletas titilaba ansiosa, más bien, intrigada queriendo  saber a dónde iba, o que quería decir. Debe tener sueño, me dije tratando de justificarla. -El hombre se encontraba en paz con la naturaleza y aún daba verdaderas gracias al creador... Agua de vertiente cercana-. Palabras mal encajadas, incoherentes, cómo que  le costaba hilvanar las ocurrencias. No cabía dudas que la hebra de las ideas,  se le había ido desgastando con el sólo hecho de decirlas, quizás, por los tantos años hablando, más, haciendo un  tremendo esfuerzo interno, volvía a sujetar la mesa a dos manos. Esta maniobra, sin duda refrescaba su palabra recalcando y  poniendo énfasis en la esperanza de que, algo fuéramos a entender. Enseguida, cuando sospechaba que alguna idea quedaba suspendida en el aire, la perseguía, nos obligaba nuevamente a morder la misma materia, trataba  una y otra vez de reiterarla, componiéndola, armándola de mil maneras y repitiéndola no sé cuantas veces.

¡Cresta!.Estoy irremediablemente quedándome dormido.

Escuchaba lejanamente un murmullo de un montón de historias entrelazadas y él, lograba  echando mano a todos sus artilugios verbales, hacerlas una. -Un día, ¡Ese maldito día!-. Tremenda  fue  mi sorpresa al escuchar en un momento el agua, sentirla correr, beberla, mojarme el pelo y hallar toda mi  alma húmeda por un segundo, más aún,  poder ver un pueblo, una  aldea apacible, bucólica.  Me hubiera gustado haber vivido en ese lugar. - ¿Por qué tendrá que haber, ese día? Para qué lamentarnos, si ya  ese día  había llegado...  Bueno... Un día se reunió  el consejo de ancianos -. Yo  tenía que parpadear  más seguido, intentando resistir con fuerza la penumbra que se me venía encima. Describía el día de dicha reunión, incluso dialogaba moviendo los brazos, entretanto las  piernas se movían  llevándolo  de un lado a otro. -El sol estaba tibio, sin brisas -. Nuevamente  acomodé el asiento cómo mejor pude. -Los árboles dormían silenciosos, la vertiente viajaba tranquila. Todos  estaban bajo la sombra de un boldo, roble, lingue, no sé que árbol, pero, era un árbol grande -. Alzó las manos tratando de agarrar un suspiro y haciendo una serie de aspavientos, se atragantó, de inmediato  las palabras se le atoraron entre el labio y los bigotes. Abrí bien los ojos para escuchar mejor, no me sirvió de mucho. - La vejez jamás ha sido signo de sabiduría -. Sonreí y las manos  cayeron. Quedó mudo un instante, movió la cabeza de un lado a otro  y siguió.  -En eso, estando charla  que charla, acordaron aceptar la propuesta de uno de ellos. ¡Un brillante!, un pensador. ¡Un iluminado! -.  Esta vez, solamente levantó la vista, miró el techo  implorando y yo lo seguí asustado en su ruego,  imaginé de nuevo ver caer  palabras, esta vez convertidas en gotas enormes y  pensé que ellas podían  romper el piso; fue cuando  me di cuenta que habían sido aquellas. Rápidamente cubrí mi cabeza con un cuaderno; no fuera hacer cosa... Si, estoy seguro, ellas rompieron las tablas y taladraron esos agujeros en el suelo. Me asombré con mi descubrimiento. Cómo no  lo había sospechado  antes.

-Aquella  proposición  tuvo que reunir a un montón de viejos para decidir, más. ¿Qué iban a decidir? ... Un foso... ¡Miren, tanta alharaca por un hoyo para sacar agua y  un palo mugriento que giraba subiendo el tiesto!... Uno sólo se opuso, otros guardaron silencio y él que dijo no, quedó posado en el pasto, mientras el resto aplaudía el nuevo invento, ese, él que estaba sentado, fue mi tatara, tatara abuelo... no recuerdo muy bien, pero, deben darlo por seguro, que era pariente mío... No sacan nada con quedar dudando-

¡Chupalla! ¿Habrían venido ellos a hacer estos agujeros? En ese tris tuve una vacilación razonable. Un grito hizo que soltara el lápiz. -¡Créanme!-.  Tomó la silla por el respaldo y quedó quieto, rígido, a lo mejor pensando en el tiempo que se demoraron en terminar el pozo. Me equivoqué.  Soltó la silla y siguió hablando. -Luego  tomó su jarro y fue caminando a la vertiente, al verlo aquellos idiotas visionarios, rieron, todos se jajajearon de él. Él los  miró sin rencor,  en su rostro se pudo advertir un dejo de congoja-. Hacía todos los gestos, igual, a que si aquel, fuera él. Cual sería su sentimiento de amarga impotencia y la pasión puesta. Que por debajo de los espejuelos le asomaron  dos lágrimas corriendo en su cara. De pronto, un susurro comenzó a caer  lento a las tablas sucias, era tan despacio que no lograba oírlo. Algunas de estas lágrimas, vi cuando pasaron a través de un hueco, yo las seguí obsesionado sin perderlas de vista,  entre incrédulo y perplejo.

En un movimiento brusco, puso los lentes sobre la mesa y se restregó las manos en la cara,  fue el minuto en que  los mostachos canos salieron dispuestos a sacudirnos la ropa. -¡Han destruido el mundo una vez más!. No han aprendido la lección y sollozando, con ese llanto que sólo los hombres sabios saben hacerlo-. Digo yo. ¿Qué sería un sabio? A cada palabra que decía, asomaba una nueva duda.  No supe quién  era el sabio. El viejo, un pariente suyo, o él mismo. Nos miró secándose  los ojos y siguió hablando. -Votó el tiesto y se puso a caminar lento a la  vertiente a beber a dos manos, porque también dejó el jarro en el suelo... Bebió un poco de agua exclamando: ¡El hombre nunca aprende!  Y se apagaron las luces.

El libro de clases rebotó en las primeras mesas y por un artilugio desconocido, comenzaron a  salir de entre las hojas del papel,  un montón de  nombres, que a su vez, iban siendo pisados en medio de una zalagarda de cosas sin sentido. La puerta se agrandaba y se achicaba.

La campana había anunciado el cambio de clases y el anciano profesor no paraba de hablar, contar, hablar. Lo cierto, es que su clase se prestaba, él mismo muchas veces había dicho: “La filosofía, se compone de palabras, pensar, palabras y una  serie de sabidurías pensadas plenas de  sentido común, realizadas por los hombres muy poco comunes, para todo lo común que pensamos que es”. Ni con eso obtenía sacudir nuestros pensamientos, muy al contrario, quedábamos tan confundidos, que nos mirábamos entre nosotros agrandando ojos y sumiendo la cabeza en el cuello, es más, a lo sumo,  acompañábamos esto con un leve  rasquido de cabeza, un bostezo, o dos manos en la cara intentando que no salieran las pocas ideas que habíamos conseguido atrapar. Realmente para ser sincero, la entendíamos poco. La verdad, es que no entendíamos nada. Otra cosa, muchos nos preguntábamos.  ¿Cómo podía hacer clases sin título? Eso comentábamos entre nosotros. Había que descalificarlo de algún modo, teníamos que justificar de alguna manera nuestra incomprensión  Él levantó el libro de  notas y  mirándonos por encima de sus lentes,  apuntó su dedo al vidrio roto y dijo: -¿A qué otra tierra, tiempo o espacio, tendremos que irnos?  Casualmente pestañeaba una estrella. ¡Puchas! Se me olvidó traer un cartón para la ventana, ahora entiendo la razón del porqué tengo la oreja fría. -¡Qué  dices tú  chiquillo, supuesto, futuro inventor de ideas arteras!-

El cuaderno cayó al suelo. Se llegó a descoser mi  bolsillo de puro susto, menos mal que en la mañana había ido a comprar ropa americana, usada, pero americana. -¡Eh!-. Barata, europea... de esas; en dicho instante, hice un ademán queriendo mostrársela, sin embargo, un pellizcón  hizo que  cambiara la voz exclamando: ¡Ya terminó la hora señor!  Dije esto a modo de salir del paso, de disculpa improvisada. Tampoco me percaté cuando ni cómo, iban saliendo mis palabras, a estas las sufrí al chocar contra mis dientes, las vi  rebotar en el tablero y por si esto fuera poco, después de un segundo y morderme la lengua,  las vi saliendo todas orgullosas marchando por el  hueco que había dejado el vidrio, seguramente a la siga de las de él. Esta vez,  felicité  mi olvido,  menos mal que no le había puesto el cartón, sino. ¿Cómo habrían salido?

La puerta se encontraba abierta de par en par,  la mesa  sonreía y yo tieso en la silla mirando  apagarse  las luces, una a una.

Me levanté bruscamente al sentir que alguien tocaba mi hombro diciéndome. ¡Vamos, vámonos, ya terminó la clase! Al pararme tan de improviso, pasé a pisar el libro y de inmediato vino un silencio total. Miré hacia atrás y la sala estaba vacía, sola y a oscuras.

Todavía advertía frío y eso  que  andaba abrigado con medio mundo usado,  pura ropa americana, europea, pantalón alemán, parca danesa, bufanda sueca, y el alma, mi alma, mi espíritu,  sólido, robusto de  sueño.  Volví a pensar y  el sólo echo de hacerlo,  produjo cierto espanto el no encontrar en mí, nada, estaba en blanco, examiné atentamente  mi alrededor y por primera vez, pude ver todo. Un pasillo largo, al fondo, lejos, una puerta al lado de unas ventanas dejando entrar las estrellas, esto motivó a que continuara caminando. Al salir a la calle sacudí la cabeza y vi unos árboles que  comenzaban a florecer, esta vez si que tenía  la seguridad, que algo nos había  dejado, esbocé una sonrisa observando esas flores, naturalmente la luz de la luminaria, les cambiaba la forma, les daba otro tono de color, en ese instante, no me quedó  duda que empezaba otra primavera.  El otro yo, dio un suspiro repentino. ¡Fue ahí! Ahora recuerdo... Sí, casi puedo asegurarlo. Por primera vez sentí cuando los zapatos, mis bototos,  pisaron fuertes las baldosas. Tuve la sensación que  mis pies tocaban  algo debajo de ellos. Bajé la vista y me hallaba parado sobre la acera. Desde ese momento, empecé a escuchar mi andar y entender los gestos míos y de los otros. 

Los focos de varios autos, asomaban paredes cortando el camino. Anduve unos trancos y para que no sentir miedo, puse los audífonos en mis orejas; fue entonces cuando llegó Amparo Ochoa y comenzó a cantarme la maldición de malinche.