SOLO ELLA LO SUPO

El desorden  que mostraba la cocina, simulaba a una ciudad después de un temblor o una inconclusa tragedia envuelta en un silencio que hacía cada vez más frío el ambiente, el agravante mayor, era que el día, más bien esa tarde, se encontraba bajo una interminable lluvia, similar según ella a su tristeza; esta caía deslizando, llevándose irremediablemente su ánimo en forma silente, pausada, lenta. Su ropa la apretaba consolándola y dándole algo de calor.  Afuera, la mayor alegría era la llovizna, esta cantaba bajito haciendo música con la canaleta, ayudando al vidrio de la ventana a mostrar al tímido amarillo ocre de una ramita del hualle cercano, dejando ver a simple vista cómo sujetaba las gotitas de agua  como una penitencia sanadora a la congoja de todos los pecados del año y que eran lavados por el invierno, estos se iban en medio de diferentes estertores que se sumergían tierra adentro. Hoja a hoja el alma de los árboles y el de las personas, se fueron limpiando hasta quedar desnudos, prístinos, para volver a vestirse nuevamente al primer asomo del sol o la maldad intrínseca del humano.

Por más que trataba de encogerse, apretándose, arrimándose a su vecino, un boldo verde que  permanecía quieto, además de ser el único que tenía  la conciencia clara que él, era el protector. Ella hacía lo mismo en la mecedora. En una mano la hoja de papel y la otra sobaba su abdomen aquietándolo sobre el abrigo.

El espejo, rey y señor del entorno, mostrador de la aceptación o del caos de las caras, intentaba en ese segundo, atrapar esas miradas furtivas, aquellos ojos de soslayos envueltos en nebulosas aguas salidas de las emociones, trataba inútilmente, ya que a toda costa, ella tapaba y justificaba a su alma en ese asiento en movimiento. En la mesa próxima, inmutable a la mostaza, el té, la mantequilla y una taza sin plato, guardaba silencio frente a las lauchas que se sentían royendo las migas de los por qué a mí. Sin embargo,  la imagen del recuerdo de ese hombre que escribía y escribía aparecía intermitentemente pese al odio persistente que asumía como una verdad indiscutible. Durante estos lapsos, no sentía la gotera de su conciencia que salpicaba el lavatorio de su vida ya sin esmalte, esta se afanaba porfiando en taladrarle un hoyo para que por fin  escurriera el agua y con ella, emigrara de una vez por todas, el rencor. En este trabajo agotador, incansable,  la gotera ensimismada en su tarea, seguía, pica que pica sin poder irse, su finalidad, horadar de la sociedad el cuerpo de aquel  hombre. Que ya era un  recuerdo adherido per se  a la piel de ella.

Paciente e interminable es la muerte inexorable de los cobardes y miedosos, que no se atreven a nada, ni siquiera a reclamar: eso siempre lo decía él. La acotación dicha, hizo que se rascara la cabeza sacándose el broche y dejando caer el pelo sobre sus hombros. El pelo suelto la hacía ver diferente desde que optó por planchárselo y cambiarlo de tono.

El día de ayer fue bueno. Menos mal, porque hoy, el viento en la mañana sacudió los árboles y estos, llenos de gotas de lamentos alfombraron las calles llenándolas de  pañuelos de suspiros de hojas, donde los niños perdían su pie desnudo imaginario, ojos ciegos de ver tanto y  la sonrisa permanente que antecede a la  muerte. El sino de todos.  Nacer y morir.

Ella lo había golpeado ese día, quizás en son de juego, pero más pareció un gesto de rabia, de molestia. Él sujetó su mano sin decir nada,  sólo la tetera siguió rezongando largo rato,  hasta secarse. Él no lo supo.

Esperaban un hijo para unos meses más. Ninguno se dio cuenta, cuando ni cómo eludió los anticonceptivos, pero el estaba allí presente, todavía se demoraría tres meses más.

La película de la noche anterior, lo había estimulado a quedarse solo y preguntarse. ¿Porque estaba casado?  Al girar el cuerpo y acomodarse en el sillón, soñó caminando  solo, poder saberse sin ataduras, hasta se sorprendió hablando pasando el puente de todos los días, pero se callaba cuando imaginariamente veía a alguien. En eso, era igual que su padre,  la única diferencia, es que él seguía hablando sin importarle que lo oyeran.  Ahora, pasado el tiempo, pienso que a lo mejor  no pensó nunca en ese hecho. Probablemente, ese diálogo lo hacía sentirse más libre, debido que al llegar a casa, su mujer. Mi madre, se encargaría de hablar, regañar y exigir.

Así dicen que era mi suegra. Cuando hablaba, era toda una contradicción. El movimiento de la mecedora, ayudaba a mantenerle calmado el vientre.

La gente del barrio no comprendía, cómo un hombre tan tranquilo, calmado, podía haberse casado con una mujer de ese estilo.

Era su madre. El la odiaba. Su actual mujer, se enervaba cuando la oía nombrar; llegaba hasta sentir el olor a vino.

Ella no había sido así y dejando de leer se acarició el estómago  tratando de calmar aquellos movimientos bruscos, ya faltaba poco. Ni siquiera se le cruzó en  la mente, pero reconocía sí, que la madre de él,  tuvo agallas, eso fue  lo que escuchó ella a él, pero nunca aprovechó bien el esfuerzo. Era medio loca, tal vez a causa del alcohol. Su marido; no. Ella no lo mandó, para ser franca, intento obedecer siempre, o casi.  Eso si que  mujeres, por ningún motivo. No, Ya estaba bueno y así también lo entendió él.  Si eso hubiera ocurrido.  ¡Lo habría matado! Y se encontró riéndose frente al espejo. Ese hecho era cosa distinta, diferente. Él no era igual al resto. Él era  tranquilo, reposado, esa característica la sacó de su padre. Según supe después.  Aunque para ser franca, era  voluntarioso. Su familia y amigos lo tenían  catalogado, encasillado en un don Juan mujeriego, ya que hubo razones, evidencias. Un hijo; que ahora tiene alrededor de  veinte  años. Se lo llevaron ellos, sus abuelos. A medida que iba leyendo se daba cuenta de muchas cosas que no comprendió en su momento. En realidad  estaba mirando, no  una carta, más bien, era una conversación que nunca  tuvieron. Curioso; tuvo que ser ella la que le escribiera después de tantos años ¿Por qué él no me lo habrá dicho? Una vez al pasar, le contó que  conoció a aquella  mujer y que le mereció  respeto,  admiración e intriga, solamente que él le dijo en dos palabras, su pensamiento. En ese instante, ella abrió los ojos asustándose de lo que ese muchacho le decía. Era imposible; a la segunda vez que se vieron, él la miró y antes de saludarla siquiera e indicándola con un dedo de la mano le dijo: Tú vas a ser mi esposa. Seis meses después, esas palabras estaban cumplidas. Pero ya hacían muchos  años de esto. Hasta ahora, ella fue  una  imagen lejana entre ellos. Hoy, ella estaba mecedora, chal y hojas escritas frente a ese espejo picado de viruela. Le dolía no haberlo encontrado antes, más aun, sentía un resquemor de  mujer al descubrir, que, ella había sido la otra. La tarde se  achicaba  lentamente sin que notara cómo se iba oscureciendo la calle. Afuera se sentía ruidos iguales a  corral de animales. En otro lado, un cantar de gallos armonizaban  unos golpes de  algún vecino que martillaba machacando algo y por si esto fuera poco, la  radio seguía remeciendo los vidrios en medio de sonidos estridentes. No obstante, esta vez sus oídos no escuchaban ningún ruido.

Era increíble, le estaba conversando, le seguía hablando pese a los años que no lo veía, aún escuchaba la voz de él. Ella estaba ahí, sentada recriminándose su comportamiento ¿Lo  quería? y la voz  de él  retumbaba en las paredes diciéndole: Te quedarás, vieja, sola y fea. En realidad el dolor mayor que sintió en ese momento, fue el último adjetivo, fea. ¿Porque se había casado con él?  Ni ella misma lo sabía. Se había entregado en  primera instancia  a ese hombre. Luego vino otro, teniendo la esperanza que éste  le cambiaría la vida, además, podía asegurar que él no se había dado cuenta, debido a que  había seguido  imperturbable, eso le reafirmaba su creencia, que él no supo, pero la diferencia existía. Él había ganado esperando y encontrado a esa otra. Ella lo quería y sentía en el fondo, en su interior, que ese sentimiento seguía hasta ese mismo instante, pero se ahogaba allí. Quería salir de esa casa inmunda, de ese barrio cochino, de gente rota que no sabía ni hablar. Era imposible compararse, pero el estúpido, con esa impasibilidad inmovible; le hablaba tranquilo. Todo es un proceso, no sacas nada en apresurarte. Hasta las revoluciones se hacen por etapas, sino te calmas, nunca tendrás nada. Él había  conseguido su objetivo. Una mujer calmada y lo peor es que se había aguantado en ese medio, pero la mujer con que vivía, era vulgar. Aunque trabajara en  lo mismo que ella. En venganza,  alejó a su hijo de aquel mal hombre. El reproche verdadero que sentía y dejaba en abierto manifiesto; era esa mujer. Su resentimiento hacia ella, es que ella le había confiado a esa, algunos secretillos. Pese a todo, podría decir hoy  a ciencia cierta, que nunca dejó de amarlo y la furia que  le daba, es que la otra sí que le hizo sentir verdaderamente que lo quería y amaba.

Yo no tengo qué reprocharle al viejo, a veces cuando me recuerdo de él, comprendo su tremendo esfuerzo en sobrevivir, después de todo, creo que hizo bien, él  era dueño de su vida y podía hacer con ella lo que quisiera. Pero, lamento no habérselo dicho y haberme dejado llevar en esa incomunicación, para no incomodar a mi madre.

Estando quieta y mirando la puerta contigua, vino a la memoria, ese instante ya olvidado trayéndole los mismos timbres de voz. ¡Oye m´hijo! – Ya - ¿Qué será de tu mujer que nunca quiso darte el divorcio? ¿Por qué? Mmm, es curioso, ella siempre me hablaba de eso, que ella nunca iba a retenerme a su lado... y cuando quisiera, o me aburriera de ella se lo digiera; ya ves, ella se fue y no quiso dármelo; odiaba a mi madre y puedo decirte que era igual o peor sin llegar a equivocarme.

El momento era el mismo, estaban sentados en un mismo sillón; así fue cuando  recordó escucharlo, más aun, ahora ella repite igual cosa en voz alta. La estufa cocina, logró entibiar el ambiente de las piezas, sentía agradable el espacio. Este calor placentero, la llevó a que se sacara el abrigo.

Él estaba escribiendo y ella se levantó a servirle una taza de café.  Pensar que a pesar de todos los pronósticos caóticos, había llegado dónde quería. Era cierto, o tal vez no se dio cuenta nunca, que no quería a nadie, a nadie en el sentido de amor. ¿No sabría enamorarse?  Esa pregunta siempre rondó. ¿Por qué no querría a alguien? Todo era igual; ¿Cuántas mujeres tuvo?, yo creo que nunca tuvo conciencia real de esa situación. Pero ninguna, al menos él creyó, quiso; salvo a mí y esto puedo asegurarlo porque me lo dijo con toda su calma acostumbrada, antes que se fuera.

Ya estaba viejo y la pregunta ahora salía insistente. ¿Cómo será querer? Y el aire  seguía igual en torno a las caras difusas. Las tomaba, las comparaba. -Tu mujer, ¿era desordenada?-.  Ella vivió al revés.  ¿Era... muy desordenada?  Ella había tratado de ser siempre opuesta a como había sido la otra. -Fue una niña madura-  El espejo sonreía de lado a lado. -La otra se quedó niña, su mujer -. ¿Yo la quise?

Pensar que tantas veces insinué, me voy a matar. El siempre se rió de mis seudosuicidios. Quién  hubiera imaginado, después de vieja me vengo a matar. Estuviera él, habría tratado de convérseme de lo ridículo que es el teatro, pero esta vez si que es cierto. Todavía me pregunto. ¿Será querer esto? Probablemente, él tenía razón, pero el humo no salió de su boca, ni de los dientes, los ojos quedaron abiertos, en algo impreciso, buscando más allá de la pared, en un acto de interrogación permanente, de preguntas sin respuestas.

Por primera vez le asaltó la duda; querer. ¿Que será querer?, trataba en todos los tonos y formas de dárselo a entender a sí misma. Apuró un trago dándose  valor, luego tomó el frasco y  la única respuesta; fue el humo del cigarrillo saliendo por entre sus dientes.

Yo te quise desde que te conocí, tú todavía estabas con ella... Tú esposa.

Los vidrios se pusieron negros, la sala se tornó a oscuras. Era igual a como si toda su vida se hubiera juntado para tratar de explicarle, que era querer.  ¿En qué piensas? Estaba pensando, que estamos en temporada de caza y yo no he limpiado la escopeta.- Déjala. Otro día lo haces. Él se dio vuelta sonriendo, se levantó y le posó los labios en su frente diciendo: te quiero, te amo. Creo que fue la última cosa que le escuché.

Los dedos se deslizaron suaves sobre el gatillo. El paño le sacaba lustre a la culata y cañones.

Nunca pensé que el hombre podía tornarse tan sereno frente a la muerte, silbaba cuando sucedió. Sacó el pañuelo, se limpió los ojos y el pelo cambió de hombro.

El arma ya estaba limpia, brillante……

Ha sido el tramo de mi vida más plena, ojalá, para ella haya ocurrido lo mismo.

El día había amanecido bonito, las flores estaban  recién despertando. Allí conocí a mi medio hermano todavía en el vientre. Ella me dijo que iba hacer igual a mi padre, la conocí en el funeral de ambos,  aunque mis abuelos casi nunca la mencionaron y si alguna vez lo hicieron, fue para hablar mal de ella. Había harta gente,  varios discursos en que ensalzaban su hombría  y honradez de sus principios. Al salir, ella me entregó un sobre y  habló maravillas de él, lo tierno que había sido con ella y cómo ella sintió su querer. Luego me despedí sin antes entregarle otro sobre que había dejado mi madre para ella.

Me fui caminando lentamente aprovechando las primeras gotas de agua y abrí el documento para leerlo, tremenda fue mi sorpresa al ver  unas cuantas hojas en blanco, dónde  solamente en  la última página, se encontraban unas letras que según tengo entendido, era su firma y decía. Tú padre. Nada más y el papel se fue mojando por los sentimientos de las cuatro estaciones de los años no compartidos.

Ella se fue pensando mientras se sobaba el vientre y hablando bajito, porque él estaba durmiendo. ¿Qué le diría, qué le iba a contar de él? Abrió la puerta de calle, suspiró profundo, avivo el fuego de la estufa y se sentó en la mecedora, tomó la carta que le había entregado él de parte de ella, dudó un minuto y la abrió. Eran varias hojas escritas a mano, así que, le llevaría un buen rato descifrarla; terminó de leerla, esbozó una sonrisa  y luego la arrugó tirándola dentro de la estufa a leña cercana. Se miró al espejo, se pasó la mano por la cara y tomándose  nuevamente  el pelo en forma de moño; exclamó en voz alta diciéndose a ella misma. A él le encantaba así. Después sonrió y el vidrio del espejo le respondió levemente cambiándole la cara. En ese instante, en ese preciso momento, tuvo la certeza de quererlo más. Él, sólo se había anticipado a su destino.

La carta, aquella inesperada misiva, le había dado nuevas fuerzas. Era su vida.

Sólo ella lo supo.