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CUENTO DE JORGE FLORES
PARADO EN EL PORTÓN
Levanté la cabeza y observé
despreocupado las nubes cuando pasaban flotando sobre el viento. En ese
momento absorto, no podía, no debía colocar ninguna incertidumbre en todo
aquello, sería ilógico, absurdo en ese minuto cualquier cuestionamiento al
respecto. Luego y tras vislumbrar el entorno a ojos semicerrados, sólo podía
confirmar una vez más a ciencia cierta, cómo aquellas tapaban silentes y
tímidamente coquetas el cielo; ni muy arriba, ni muy abajo y si no eran
cúmulos, entonces sin lugar a dudas, deberían ser semillas de diente de león
en viaje a su nueva vida, las cuales por alguna causalidad no comprendida,
en ese segundo simulaban ser perfectos nimbos esparcidos en un espejo
inmenso de color azulado, borroso a segundos y que disimuladamente, casi
imperceptible a ratos, se iba limpiando lentamente acarreando la finalidad.
Supongo. Divago, pienso a que ellas seguirán su rumbo sin cansarse y yo,
embelesado viajando en ese recorrido sin fin, ininterrumpido, placentero,
atiborrado de recuerdos útiles o inútiles, trastocando una y mil veces
memorias saltadas de hechos añejos perdidos e idealizados, así tal cual, muy
semejante a cuando la primavera pasada empujaba inexorablemente los brotes y
estaba a punto de hacer aflorar, dando el ya a la vida, llevando la
intención caótica natural intrínseca, de una vez más, comenzar a rebalsar
los espacios existentes en medio de una multitud de olores distintos; estos
aparecían disimuladamente, sin que uno se diera cuenta, invadiendo,
irrumpiendo el ambiente, atropellando el olfato, premunidos de una
arrogancia sin igual, avasalladora, dónde solamente eran denostados por el
de tierra mojada.
Al volver la vista, recordé que las flores de los ciruelos se mostraban
primero, eran la avanzada entre los frutales. Sí, eso hoy me queda claro y
puedo aseverarlo con plena certeza, nunca antes lo había pensado, mejor
dicho, no recuerdo haberme dado el tiempo para observar y aclarar tal hecho,
hoy sin embargo puedo darlo por cierto, esas flores blancas le dan un
aliento, es el inicio del último adiós al espíritu invernal y al mismo
tiempo. Ellas suavizan sutilmente, le aplacan su alma para que siga en ese
lugar, el que le tocó y aquel tenga que asumir definitivamente resignado,
razonando, que estar ahí y ser lo que es, es el propósito de una finalidad
preestablecida, esperando, añorando utópicamente un cambio, que sabe a carta
cabal, no llegará. Toda la vida se batirá entre flores, hojas y frutos, es
su realidad, no obstante, esta circunstancia lo hace inconformista semejante
a cualquier ser, pero, pasara igualmente desapercibida a los ojos de los
mortales, ya que dicho estoicismo se encuentra escondido en su tronco, en
suma, sin que nadie se percate de la rebeldía de tal situación. Ser y no
ser. Tarea difícil, empresa casi imposible de lograr a través de las
diferentes épocas pasadas y transitar manso por las estaciones, he ir
silencioso, asumido en contra de la paciencia congénita, para finalmente,
tener irremediablemente que soportarse siendo árbol y dar frutos para todos.
Repentinamente, un ladrido de perro hace que las rosas de la entrada
del portón, se agiten nerviosas frente a la aparición de aquel desconocido,
salido (según mi apreciación) de la nada y mi sorpresa fue mayúscula al
verlo parado en medio del camino preguntando apurado “¿Dónde quedaba la
realidad?” Mi quiltra acompañante, aulló desganada, (cosa extraña en ella)
movió la cola mirándome expectante algún gesto, más bien, ansiosa de una
respuesta. El gato por su parte, encaramado en el cerco contemplaba
maullando la escena, ya que en forma indolente y despreocupada aparentemente
se restregaba en un palo del cerco, acariciándose solo como es su
costumbre, sin importarle nada, distraído, pero de reojos, atento e
intencionalmente le mostraba la cola a su enemigo de especie, que
extrañamente, esta vez no lo tomaba en cuenta. No supe que decir.
Entretanto, el gallo aleteo cantando abruptamente espantando los suspiros
sujetos momentáneamente en las ramas cercanas. Él ajeno al entorno, manos en
jarra esperaba impaciente una contestación. Se vino un silencio lleno de
trinos. Volví a mirar al personaje, cerré los ojos un minuto y escuché un
vehículo venir. Después, elevé los párpados y mis pupilas vieron cómo éste
abría apresurado la puerta del auto. Enseguida, los verdes exuberantes, las
gallinas, la perra, el gato, los estratos, me remecían los sentidos
apurándome a que buscara en mis nostalgias, en mis vivencias, en un pasado
cercano o lejano, en resumen, escudriñara en el subconsciente de mi
entendimiento una respuesta. Por más que rebusqué en los recuerdos
olvidados o en algún pliegue recóndito de la memoria, esta no asomaba y sin
darme cuenta, tenía simplemente lo que el sentido de la vista me reflejaba
en ese instante, en ese minuto. Debo reconocer hidalgamente que mi lentitud
fue más allá de lo razonable.
Observé inmóvil e impávido cuando él soltó los brazos en ademán
molesto y displicentemente hizo un mohín en su cara dejando entrever un
¡Pobre infeliz! Se da vuelta, mueve la cabeza de un lado a otro y sin
subirse aún, le dice a través de la ventanilla al chofer:
¡Vámonos! ¡Él no sabe! ¡No tiene idea! ¡No perdamos más el
tiempo!
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