DIOS A TRAVÉS DE UNA VENTANA CERRADA

Jorge A. A. Flores Clerfeuille

En el año 1968 este cuento fue

finalista en el Concurso Nicomedes Guzmán, en Chil

¿Quién sabe que el espíritu de los hijos

de los hombres suba arriba  y el espíritu

de los animales descienda bajo la tierra?    

 Eclesiastés cap. 3 Vers. 21 

La ventana  está cerrada. Afuera llueve. Los techos brillaban opacos, a lo lejos, envueltos en una neblina, se divisaban vagamente árboles, cerros humo de chimeneas, calles, gentes y el vuelo corto de un gorrión de alero en alero. Era el amanecer clásico de un día de invierno. Una mirada vaga, al pasar, igual a cualquiera otra sin detenerla en algo preciso y sus ojos vieron un extraño mundo. Algo increíble, así como rasquido de cabeza o un bostezo. Siempre lo hacemos. Nunca nos damos cuenta cuando el aire llena nuestros pulmones. Cosa extraña. Pero por sus ojos comenzaron a desfilar señores, impermeables, abrigos. Los paraguas formaban arco iris con las gotas de agua que caían incesantes. Al escuchar su nombre y una mano que le toca la espalda, pestañea, para ver a su amigo Juan que le dice, socarronamente:

    ¿Qué hacís ahí parao, como tonto, mojándote?.

El rostro inexpresivo de un momento, se trasforma en ojos llenos de asombro al observar a su amigo, al que le chorrea el agua por la cara. El vestón raído, unos zurcidos en las rodillas y un gran parche en el culo. Una mano se eleva lenta hasta la boca intentando, queriendo tapar un ¡Oh1, sin poder saber él mismo a ciencia cierta si era de compasión, de horror, o un escalofríos de las vértebras de un reino desconocido.

En la esquina se cruzan autos, micros, camiones, sin embargo, recuerda que por primera vez los miró y una expresión extraña se reflejó en su rostro. Cerca de la acera, en el pavimento, una caja de fósforos vacía, suena al ser aplastada por las ruedas de un station wagon azulado con blanco, que pasa raudamente, lleva al sacerdote que hace misa en la fábrica. La cabeza gacha, la mano sobre la barba crecida de varios días y las baldosas pasan tristes, silenciosas, bajo sus pies que son el reflejo del espejo de su vida. Jamás había pensado en el llanto de los niños, ni en la belleza efímera de una rosa, ni en los melancólicos aullidos de los quiltros de barrio. Levanta la vista después de largo rato y su mirada se fija en las nubes impenetrables, oscuras, sintiendo las fuertes gotas de lágrimas de lluvia que le golpean el rostro; solamente de vez en cuando aparece un pequeño claro, una ventanilla pequeña, pero tan diminuta, que es insignificante a tal magnitud de gris, fue allí, en donde sus ojos se clavan para ver lo mismo de siempre...

    ¡Nada!...¡Sólo lo mismo!.

Al ver el movimiento de las nubes que toman formas o imágenes y como una gran boca que se abre para dejar oír lejanamente la voz del sacerdote: Dios está en el cielo y en todo lugar... Él señor dijo: el humilde y sumiso será premiado con la vida eterna. El atardecer tenebroso y la danza lujuriosa de las nubes dan la bienvenida a la oscuridad del cierre del día.

 

Se hace tarde, todo está oscuro, se acuesta en silencio, casi sin hacer ruido. Las sábanas las siente frías, ásperas, duras. Sólo se escucha el golpeteo de la lluvia dentro de la casucha que van llenando tiestos y tarros durazneros. Los párpados abiertos y algo que roe en su interior. Su aliento sale presuroso, rápido. La pieza baño cocina dormitorio es como si estuviera clara, sin oscuridad. La ampolleta de la calle, alumbra tímidamente el retrato de una estampa de Lourdes, ésta parece que se moviera. La figura se va transformando y lentamente, cosa curiosa, aparece un rostro, primero nebuloso hasta llegar a cobrar vida. En la pieza se oye un grito ahogado.

“¿Qué... tú... García? 

y se incorpora violentamente para ver una sonrisa cariñosa, increíble en su rostro de muchacho, Pedro lo mira con ojos de asombro al verlo acercarse hasta la cama que con una mano en alto le dice:

 ¡Hola...hola!.

Hubo un pequeño silencio. Sólo se escuchaba la música de aullidos orquestados con las goteras y de fondo, el murmullo del canal cercano.

 

A la orilla del brasero, los ojos del gato, igual a dos tizones brillan alumbrando el escuadrón camuflado de la legión del cuerpo de ratones, observando las excelentes maniobras de ataque a un trozo de pan caído del catre de los niños. La sonrisa del rostro de García va desapareciendo para dar paso al empequeñecimiento de sus ojos vivaces y la agitación de sus musculosos brazos. Y  su boca, moviéndose como dos planchas de acero, sale la voz dura recitando su poesía, como cuando el sacerdote lo invita a misa...

Díos, San Isidro y los ricos nos quieren igual, con lluvia o sol, nos matan igual.

El maullido quejumbroso del gato y la voz somnolienta de un chico que se oye junto al acomodo de la paja del colchón.

Papy... tá cayendo agua en mi cama.

La luz del farol de la esquina se apaga y enciende. El chirrido de una lata en el techo acompaña al canto del viento que endulzan el sueño de las gallinas y del perro viejo, semiciego que choca la lengua con un plato imaginario de huesos nunca comidos.

¡Qué, hijo?...

Papy, mestá dando hambre.

Nuevamente silencio. Y la estampa sigue fija en el rincón sujeta a su cuadro de polvo...

Dame pan...

Sus ojos vuelven a la oscuridad como quien responde a una pregunta imposible tantas veces oída. La garganta se traba, se atora con la ineludible respuesta. El silencio.

¡Cállense, carajos!...Viejo, duérmete, es tarde.

Escucha decir a su mujer, tienes que levantarte temprano. É

l le corta la frase con un suave beso, lo más suave que le permiten sus resecos labios. Sus manos callosas recorren los senos mustios, secos, palpa su vientre abultado. Tranquilo hombre, dice ella cariñosamente. Los cabros están despiertos. El silencio de agitación es lo único que lo satisface miserablemente.

¿Pa...py? 

¡Qué!. Fíjate que Darío encontró un pescado en el canal... y...

Duerme, duerme hijo.

 

Asoman los primeros cantos de la aurora. Y el Díos del viento trae mensajes de truenos y ráfagas de  ametralladoras junto al ver nebuloso de las pupilas de un rostro de sangre  tibia. Los ladridos furiosos de las sirenas, amas únicas de la lluvia caída durante la noche, corren gozosas resbalando en el estiércol. Las sotanas flotan simulando plumas unidas a la melancólica predica de las esquinas mezcladas con el barro aguachento entre el vaho hediondo de las plastas de caballos y el ruido de los tambores de latas y los gritos de risa de los niños.

¡Pero, patrón... sí!

Ya te dije, déjame tranquilo y a trabajar...

Hijos míos y de Díos...

El lujo es castigado... ambición... vida eterna.

El rostro de García vuelve oscilante. Juan dice algo ininteligible. Unos carteles se agitan. Un sueño pesado le cierra los párpados en una sensación de aletargamiento. Una  tranquilidad increíble. En su cara aparece una cansada sonrisa. Sus brazos ya no los mueve. Los labios se abren y dejan salir una voz imperceptible, con alegría... Luchamos... pan... luchamos.

 

La ausencia del pito de la fábrica recae en la puerta de una casucha con gritos y sollozos entrecortados.

 ¡María... María... Juanito... Darío... María!

Se abre la puerta. Una mujer desgreñada sin peinarse, simple, asoma unos ojos negros mirando el barro de la calle. La mano en ese instante en su boca, retiene las palabras que grita, mientras corre como loca hasta la mitad de la cuadra. Se hace un silencio fúnebre. Sólo la voz llorosa de María...

 ¡Viejo... viejo... yo te icía... esos son unos perros.

Las manos eran garfios, aferradas a una mezcla de barro y sangre.

Viejo. Mírame... soy... yo... Tú María.

Un circulo de gente, lentas, de caras impertérritas comienza a cerrarse. Ojos extraviados de compasión y furia mal contenida.

No vayas al sindicato... tú María... yo té ije.

Un niño descalzo y sin pantalones trae un zapato que caprichosamente no había querido andar más y por sus manos delgaditas y temblorosas debido al frío, trata inútilmente de ponerlo en el pié de Pedro. Un perro levanta la pata en el cerco de tablas, se da media vuelta y lanza un aullido. El rostro maquillado de barro. Las manos estrujando el cuerpo helado en busca de un último leve aliento. De improviso, María lanza un grito inhumano. Se levanta y echa a correr gritando:...

¡Está riendo... se está riendo... me dio un bezo... me quiere... se está riendo!

Unas manos fuertes la toman firme, sin dejarla seguir. Algunas voces tratan de consolarla. Paciencia, comadrita... algún día cobraremos este salario. El cielo estaba totalmente cubierto de nubes y la lluvia que caía trataba afanosamente de borrar una mancha de sangre dejada por un cuerpo inerte junto a la arcilla fangosa de la calle.