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EL RETRATO
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No hallaba que hacer. Estaba desesperado y las mañas afloraban a ras de piel, mis deseos, se encontraban convulsionados y no se sentían capaces de poder sostenerlas, o tranquilizarlas. Tan inmenso bulto pesado, tenía la capacidad de hacerme encorvar el espíritu, tamaña bolsa se hallaba llena de mis incomodidades internas y que al ser de mi propiedad, debían andar conmigo mientras no se fueran desgastando de cansancio y con la esperanza intrínseca, propia mía, se fueran disolviendo en el tiempo. Este incontenible peso en mis espaldas, se encargaba de ir aplastándome, hasta quedar echado, estático, tieso, esta postura impedía que anduviera normalmente, por lo tanto, tenía que hacer un tremendo esfuerzo en arrastrar mi cuerpo. Incluso, no podía caminar conmigo mismo. El pellejo llegaba a punto de rasgarse, asomándome a veces la sensación de que pronto iba ha estallar igual a un globo. Día a día, acordaba en fabricar denodados nuevos esfuerzos, sin que con esto tuviera la capacidad de contener más y evitar de esta manera que explotara, por consiguiente, levantaba los brazos estirando el cuerpo y así aumentar mi volumen; a menudo la impresión de estar aplastado, desesperaba mi naturaleza, el cuero nuevamente se estiraba crujiendo, regañando, envolviendo todo mi entorno que se encontraba quieto. Yo quería comprender, sin embargo, estaba intranquilo al no saber que hacer yo, conmigo. Caminar, mirar cuatro paredes, pensar, pero más allá de razonar, procuraba poder vislumbrar algo, reflexionando que rumbo tomar. Han pasado algunos días, semanas quizás, un buen tiempo en el que no he podido trabajar. No es que no quisiera. Sencillamente me encontraba incapacitado de realizar el más mínimo trazo. Había elucubrado una y mil ideas revolcándome en una tierra de nadie y sin atinar brochazo alguno, sólo fumar, beber de vez en cuando; no siendo un bebedor empedernido, vivir un poco de noche, debido a que esa es mi manía y con justa razón mi mujer reclamaba constantemente gritándome. ¡Bohemio, lechuza, pajarraco! Algunas veces, decía cosas bellas a muchas linduras y con las no tan agraciadas, mi lengua se ponía empalagosa, zalamera, en resumen, las palabras sin querer me transformaban en un mentiroso consciente, esto mismo hacía que experimentara un sinsabor generalizado llegando ha cortar mi escuálida inspiración y al mismo tiempo, la saliva ponía mucre mis papilas. Una señal inequívoca de la entraba a un vacío largo y eterno que se apoderaba de mi cuerpo. Todo esto poseía la horrorosa función de hacerme culpable, inclusive al abrir la puerta de mi casa y no saber, cuando le hablaba a ella, o si soñaba las palabras que había dicho. Al pensar, no me quedaba otra cosa que sacudir la cabeza para lograr salir de éste mar de divagaciones, en la secreta ilusión de encontrar algunas respuestas entre los marcos no terminados. Y nuevamente, florecían una a una las dudas. Los rojos carmines, se mezclaban en mis pensamientos formando una amalgama de no saber que es querer. Lo cierto, lo realmente verdadero, no poder palpar algo que remeciera mi espíritu. Era una aprensiva desesperación por todo, en resumen. Nada. Un caos, a lo sumo una leve puntada de dolor en el pecho que ponía pesadas las manos y oscura mis deducciones; las tablas, las baldosas y mis manos sujetaban las paredes del taller procurando que no derrumben mi pequeño mundo inconcluso. Mis pasos se soltaban al ver a los niños brincando, corriendo, molestándome el humo del cigarrillo que probaba calmar algunas de mis inseguridades. La ropa que llevo puesta, no me cubre a mí, sino, que a través de ella trato de tapar precariamente mi alma, a esta no sé porque motivo, la siento encogerse estrujándome el cuerpo y en vez de darme calor, entibiarme o calentarme, pasaba al revez, me arrebozaba con un frío gélido, intenso, llegando ha paralizar lo que miraba. Debo presuponer que se hallaba negociando el método de aglutinarme el ánimo, o de recomponer mi estructura ósea quebrada y desesperada entre carreras, gritos, días, noches, mañanas, tardes, además de los cantos que servían para enredarme y entenderme cada vez menos. El mundo en que vivía, bloqueaba mi ser agobiándome, sin embargo, creía sentirme responsable de todo y de todos. El peso del aire traspasaba mi cuerpo, experimentaba esto en toda su magnitud, ya que éste por encontrarse disperso, estaba mezclado con el aire nocturno. Tan negro y oscuro cómo mi futuro. Los ruidos en la noche se oyen más intensos que de día, aquellos zumbidos extraños de las sombras asusta el discernimiento; al menos a mí me sucede y por esta misma razón, muchas veces salía a través de la ventana entreabierta, aventurando, asomando mi propio yo explorando y quedándome pegado muchas veces en el titilar de alguna estrella lejana. En espera de una sonrisa que extendiera la noche. Quizás, ese bálsamo de la distancia era lo que volvía el alma a mi cuerpo. Una forma de ver. Un escape. Una huida en medio de la certeza imposible de ambigua esperanza de encontrar algo de que agarrarme y el espanto de la vida no hiciera presa de mí. Puse el trasero en el suelo, las uñas rascaron inconsciente mi cabeza llamándome a volver en pensar que hacer, porque hasta ahora, no tenía en claro ninguna idea y no habiendo modo de parar esta anarquía interna, propia, rutinaria del día a día y que además, estaba obligado a asumirla cómo mi condición normal de vida, lo cual no era justo según yo. Aparecía a simple vista, desesperado, al borde del precipicio de la esquizofrenia improductiva disociada del deber de la norma de vivir en paz con uno mismo. El sólo echo de reflexionarlo, ya me dio escalofríos. Coloqué nuevamente las manos en el piso dándome impulso y siguiendo el consejo de un amigo, recogí una tela, busqué un atril. Rebusqué mirando toda la sala, no pillé ninguno. La suerte, no se puso de mi lado. Levantándome desganado anduve dos pasos y choqué con el mesón que no había visto, pese haber paseado los ojos por todo el lugar, es más, sabiendo de ante mano que estaba ahí. Producto del golpe; saltaron lejos todos los colores, palos, pinceles. En ese segundo, sentí aromas a la siga de mis anhelos no alcanzados, también hice rechinar dientes en contra de mis frustraciones, estas iguales que hijos mal criados, corrieron ha esconderse en cualquier vericueto o pliegue de mis orejas, otras, convenían en taparse con alguna hoja de diario amuñado, mugriento, añejo. Pese a que, pude ver a ese diario hacer rodar las noticias, sin que yo las leyera, sólo me daba cuenta de ellas cuando las pisaba, en aquel tiempo discrepaba con la intuición ha lanzar cualquier trazo. Yo recién miraba dichas crónicas, cuando trotaban ha refugiarse, ha juntarse con todos los sonidos de mi piel que en ese momento, se descascaraba tanteando botar de algún modo los sentimientos de impotencia de querer hacer algo y no poder. Entonces, el agua de mis ojos corría amontonándose en un rincón, se apilaba formando un pequeño charco que se aunaba a toda esta mezcolanza y en un minuto, brotaba una masa trasparente de piel, agua, sentimientos e impotencias. Un mundo en busca de una justificación de vida y pasar inadvertida a todas las vanidades, caprichos y sin que yo les descubriera, que no les viera, que no les sintiera, que pusiera atención en el piso sucio, donde las palabras corrían de un lado a otro y no podía engancharlas, pese a ser humano. Al caminar por el estudio, había que ir acomodando las frases sueltas que se tapaban tras los medios cuadros inconclusos, algunas telas fijaban rostros sin ojos, otras, caballos sin cabezas y en una esquina, se juntaban paisajes muertos, sin luces, mi rincón favorito para esconder el espíritu de cualquier persona ajena al universo del segundo piso. Las manos se encontraban guardadas en mis bolsillos, esperaban una orden. Mi camisa manchada, floreada por todos los óleos, simulaba percala antigua, es más, despedía el aroma a trementina atragantando mi voz silenciosa y que yo percibía que gritaba furiosa haciéndome estallar la cabeza diciéndome: El hombre nace para ser feliz y se empeña todos los días de su existencia en ser infeliz. Era el segundo en que mis ojos se nublaban sin poder ver la tela que había puesto frente a mí. Tantas cosas cruzándome, hiriéndome y yo sin tener el dominio ha sujetar alguna imagen, por tremenda o vaga que esta haya sido; esto demostraba sin duda mi incapacidad de alcanzar algún movimiento coherente, así que, tomé la paleta sucia de tanto color junto, la raspé aprovechando las pocas mechas del pincel, pretendiendo de ese modo comenzar ha obligarme hacer algo. El tubo fluorescente, más el humo del cigarro, cubrían el vidrio de la ventana abierta, el reflejo de la luz y la niebla del pitillo, fue desdibujando paulatinamente el quehacer de la noche de ese instante y se quedó plasmada en los suspiros, aprisionando la vanidad humana en la tela de la obligación. Tenía que crear el cuadro, quería componer un delirio para poder venderlo mañana, no quería realizarlo, más, había que hacerlo. Estoy iracundo pensando, pretendiendo inventar pan, fuera de la deuda del arriendo, no hay café. La cajetilla de los no fumados, tensa mis ansias de enojo. Ahora, para remate una mosca revolotea indecisa, daba vueltas enredando el aire. Ya cansada de embrollar y no encontrando mejor lugar, se paró en mi frente, quedó quieta un tris, luego, comenzó ha caminar hacia la nariz, la sentía andar en suma cautela, incluso la soportaba sin hacer amago ha espantarla, hasta que ella quedó quieta, inmóvil. Fue el momento. Realmente no sé que estoy haciendo, sólo sé, que mi mano derecha viaja sin descansar a la paleta, veo si, cuando el pincel toma los colores y raya la tela, tengo noción que agarro el espátula y tiño ojos, mis dedos se van crispando y comienzo ha sudar frío, estrujo lentamente al pincel destiñendo el malestar ha seguir vivo. Finalmente, después de un esfuerzo sobrehumano, pude obligarlos ha dibujar, ha esbozar una boca. En ese instante, mi sorpresa fue mayúscula, debido a que, así cómo estaba, incipiente, un dejo, un trazo insinuante. Esta comenzó ha gesticular emitiendo sonidos con cuanta sandez se le ocurrió. Desde ese minuto, no paró de hablarme, de reprenderme, de acusarme. Yo no hallaba que responderle. La impresión me dejó atónito. El monólogo entablado, era escucharme sin poder responder. Bruscamente la ira, consumió la poca paciencia que había logrado trabajar en mi inconsciencia de que mañana tenía que salir ha rogar, ha mostrar lo bueno o malo. En ese segundo, la mosca se posó definitivamente en mi nariz. Ya era mucho. Fue demasiado. No fui capaz de soportar sus cosquillas. Juro que en un arranque de cólera, levanté el brazo y con fuerza puse la paleta encima de la tela. Cuando la retiré, porque había quedado pegada a la pintura. Me llevé mi primer susto al verme regañándome a mí mismo. Comencé a sentir un frío inédito. Mi mano, seguía llena de movimientos, enviándome pinceladas a las orejas; en el pelo, se quedaban enredados los grises y a través de la expresión de mis garras, nacían un sinfín de tonos envolviendo mi cabeza y a medida que aparecía la pintura, iba quedándome rígido. Ya no podía parar, de pronto, mis articulaciones salían del cuadro pintándome. Parado frente a mí y yo viéndome paralizado de frente. Hablar, hablarle, hablarme, decirle, decirme lo que era y él me respondía en medio de una lluvia de brochazos, apurado, aprisa, a ir rápido a no sé dónde. La mosca quedó finalmente quieta en mi nariz, dejando implícita la intención de volar cuando ella lo deseara. Por lo visto, yo iba a ser una pintura insólita. Un retrato con una mosca en la nariz. Este carajo no tenía compasión de mí, ni del, ni de la tela. Lo cogí llamándolo por su nombre, para que viera qué estaba realizando, qué había ejecutado, a ver si era posible de poder lograr mostrarle en qué había transformado mi vida, su vida y ¿Qué iría hacer de mi viva? A medida que avanzaba la noche, comencé ha ponerme rígido. Pasé lentamente ha integrar lo que estaba pintando. Ser ella y decidir en ese segundo mirar la pieza vacía desde un ángulo distinto, fue algo novedoso. Al frente, podía verme en el vidrio de la ventana observando qué había dibujado. Pasó la noche. Vi venir el amanecer y cuando ella subió ha llamarme, lamenté verla aparecer, la miré atentamente por el menosprecio acompañando a la displicencia que hizo notar al ver el cuadro. Seguidamente, tomó el retrato. Me tomó. Paseó la vista mirando el lugar en forma interrogante, diciendo a media voz. -¡Tiene que haberse ido!-. Y peinó los dedos entremedio de su cabellera desgreñada, se sacó un broche y me arrastró encima del mesón dejando notar una mueca de asco al sentir todavía la pintura fresca, movió la cabeza de un lado a otro, dio media vuelta y salió escupiendo voces que fueron quedándose en las paredes mudas, estas, abrieron sus tablas horrorizadas tratando de decirle que tuviera cuidado con lo que llevaba en las manos. Ella no atendió qué le decían. Sólo se escucharon las palabras aplastadas que dejaban los tacos mientras mascullaba. - Voy ha venderlo... él después hará otro... si es que vuelve-. Me colgaron en un corredor mirando la puerta de entrada. Nadie levantaba la vista para mirarme, ni por un mero simple gesto amable. Después de un tiempo, fui regalo. Esta vez, quedé suspendido en un comedor por encima de la mesa. Esto hizo pensar que mi condena eterna, es mirar puertas, ventanas o cualquier orificio que me dejara salir ha recorrer soñando el mundo que no consigo. El dueño de casa, siempre hacia mención a la mosca en mi nariz, recalcaba ese hecho a modo de algo importante. Desde entonces y gracias a él, se me conoció y dijeron todos, que era el cuadro de la mosca. Él se ufanaba al contar mi biografía. Cual un experto aseveraba y sentenciaba y cada vez que la reiteraba, se hacía más desconocida, daba la impresión que la cambiaba según su estado de ánimo, o por algún efecto de la comida de aquel día. Ya no sabía si la inventaba, era realmente mi historia, o su propia leyenda. El estar pendiendo hacía que tuviera una perspectiva diferente y al mirar aquellos almuerzos colmados de anécdotas tornaban el aire más denso, así podía oler los diferentes perfumes que invadían las buenas costumbres que se fueron volviendo repugnantes de tanto verlas. Residía en un palco mirando un ballet de hipocresías mundanas. Cooperando de vez en cuando, ha soplar, ha enfriar orgullos retorcidos a través de un vaso de vino. Las conversaciones estúpidas, acordaba en no escucharlas, otras, hacían que riera. Clavado en esa eterna y paciente espera, pasaron años. Desde dicha posición notaba el tiempo más lento, se perdían las noches en los medios días, las tardes en las mañanas y viceversa. Mi calvario -así lo sentía- era estar inmóvil igual que cuando esperaba pincel en mano la llegada del deseo de pintar una tela. En el centro de mis reminiscencias, asomaba el recuerdo de no saber qué hacer, equivalente a cómo estoy ahora, esta vez, sumaba la agravante de estar petrificado, además, forrado de una indecisión terrible de querer hacer y no poder, estar obligado, emplazado, escuchando una infinidad de cosas que se apoderan de mis pretensiones, dejándome una tremenda frustración de no poder hacer nada, a no tener, a no ver asomar una esperanza que me impulsara ha comenzar de nuevo. Simplemente, a continuación no queda otra cosa que llorar desalentado sobre mi ánimo y no poder degustar los sentimientos calientes de las meriendas, o de conversaciones sin asunto. El tener esta posición, a ratos también es cómodo, claro que algunas veces, duele la cabeza al no poder salirme fuera del marco. En última instancia, el cúmulo de añoranzas hacía ladearme tratando de volver escucharla a ella regañando por las faltas eternas. ¡Increíble! Echaba de menos las amenazas de siempre; -¡Te voy dejar en cualquier momento!- Sus chillidos me entraban en una oreja y salían por la otra. Daba risa cuando se ponía furiosa gritándome. ¡Tacaño! No así. El maldito ser que era por todos mis fracasos. El más rotundo de dichos descalabros cotidianos, ciertamente era yo. ¡Un pobre diablo!. Qué culpa tendría lucifer para tratarlo de esa manera. Llegué ha sentir lástima por dicho personaje. Sacudí la cabeza y las memorias se descolgaron haciendo estremecer el cuadro pegado en la pared. Al caer tan repentinamente al piso, hizo que volviera ha dolerme el hombro izquierdo. Una afección de antaño. Un clavo mal puesto. Yo le alcancé para un pedido de dos días, según la historia que he escuchado y que más encima, me vendió regañando. - ¡Esto es todo lo que hace él inútil¡... Ahora se fue... total, de hambre no voy ha morir... No sé que me dio por juntarme con éste -. Todo esto, mientras recibía el azúcar, el pan. Dicen, comentan, que al irse del almacén, silbó alegremente demostrando estar liberada de un gran peso y yo, sin llegar ha equivocarme me atrevería ha decir. Contenta. Al salir, se dio el lujo de mirar el cielo, respirar profundo, estirar el brazo y sacar un ganchito de flores del durazno de la calle, soplar la abeja que se encontraba libando el néctar, sacudir la bolsa de las compras y reconocerse coquetamente bonita en el vidrio de la puerta, fue un gesto natural en ella. Tengo hambre, retengo el frío, tengo sed de ver todo y ya no puedo moverme, ahora estoy puesto en un atril, veo y escucho algunos reírse de mí, otros, celebran a viva voz el acierto de la mosca, algunos tratan de tocarla para saber sí es pintura, o una de verdad, es la ocasión que yo aprovecho para desquitarme de sus pedanterías, ya que cuando intentan comprobarlo. Yo, les escupo el dedo. A veces intentaba hacer todo lo posible por zafarme de este género, quería sacudirme el polvo de vez en cuando. Porque seré pobre, loco, pero cochino no. Siempre conseguía esto a medias. Después de unos balanceos, unos pocos tiritones y terminaba en el suelo. La caída servía para que cuando llegaran ha recogerme, el plumero pasara por mi cara antes de volver ha colgarme. Un día, mucho tiempo posterior, no sabría decir a ciencia cierta cuantos, pero si puedo asegurarles de que había pasado por un sinnúmero de paredes de casas, salones, desvanes, vitrinas, muy similar a la que estoy hoy. En este minuto, me encuentro adornado por un marco precioso. Luzco arrogante, serio, impertérrito y miro sorprendido mis propias vanidades que dejo flotar en medio de aquel ambiente, al que no estaba acostumbrado, más aún, sabiendo que yo estaba protegido detrás de un vidrio, rociado de perfume. Un señor muy elegante, vestido de un azul oscuro riguroso, golpea de vez en cuando un martillo de madera, diserta, habla sobre mí, explica la fabulosa carrera que había tenido siendo pintor. El tremendo legado que había dejado a las generaciones futuras. Hablaba que este óleo, o sea Yo, era un autorretrato y se conocía, cómo el retrato de la mosca. Eso me indignó, ya fue demasiado, no tuvo la delicadeza de nombrarme por mi apellido. También es justo que tenga un poquito de orgullo frente a ese tipo de cosas. Más encima, sugirió sutilmente poner en duda, que fuera Yo el que lo hizo. Enseguida me llamó Peter. La indignación ya no pude sujetarla, por eso le grité fuerte llegando ha quebrar el vidrio y derrumbar los tres palos cruzados. ¡Yo me llamo Pedro! Cristales y maderos se desparramaron en el piso, cuando bajé la cabeza, grande fue mi sorpresa al ver que no había firmado el cuadro, pero claro, cómo lo iba a firmar, si soy Yo. Tan descuidado fui en ese momento pretérito, que no me di cuenta de nada de lo que hacía. En todo momento creía que la quería, de una cosa puedo estar seguro, siempre le dije la verdad, sin embargo, ahora tengo en cuenta, que había que mentirle para que me creyera, pese a todo, siento que ha sido a ella a la que más extraño, ya que la única alusión que aflora insistentemente, es su recuerdo reiterativo, aunque he tenido otras cosas en que pensar. Es la imagen de ella la que turba mi pensamiento de tiempo en tiempo. Ya sé que estoy viejo, más no puedo sumar cuantos años he llevado colgado en incontables paredes, no tengo noción del recuerdo en tiempo, ni tampoco tiene importancia, solamente escucho que éste, es el retrato de la mosca; vuelvo ha oír esto una y otra vez. Definitivamente, soy el retrato de la mosca. Era lindo el marco. Mi furia seguía descontrolada al atender a ese señor hablando de mí. Dulce venganza ver el atril quebrado encima de los vidrios desparramados por todas partes, no obstante, él no sospechaba mi padecer. Perdón, lo que yo siento y porque razón. Habían instantes que llegaba ha gemir por el no saber que hacer para zafarme de dicha dualidad. De ser, percibir y no ser, ver, oír, vivir sin que yo sea, sabiendo que soy. Estoy frente a un gran espejo y para ser franco, sinceramente recién, fuera de sentirla, yo también veo la mosca en mi nariz. Saqué mis manos por detrás de la moldura y cómo pude, de una pincelada tapé la maldita mosca, pero esta, salió volando antes, mofándose de mis torpes movimientos e intenciones. Enseguida comenzó ha revolotear alrededor del tubo luminoso soplando insistentemente, tratando inútilmente de apagarlo y mirándome de reojo observaba la cara que yo había puesto. Sonreí aliviado al ver mi cara limpia. A la mosca no la borré en la pincelada. Ella salió volando sola. Inmensa fue mi sorpresa cuando escuché decir. -¡Ese cuadro es falso, no tiene la mosca!-. Esto si que es bueno. Esta vez ya no soy yo. ¡Maldita sea mi suerte!. Sin mosca, sin firma. ¿Quién soy yo? En eso, veo venir a alguien enojado sacudiendo la cabeza. Alzó una mano, hizo un ademán brusco sacándome del marco sin razón aparente y dejándome afirmado a una pared, tomó una escoba, juntó las petulancias con vidrios dispersos, sin antes, preguntar a voz en cuello a la concurrencia, si alguien quería el retrato, hubo un largo silencio, caminó rápido me cogió en forma brusca y fui a parar al tarro de basura. Ustedes ya saben. Yo no la borré. Ella se fue volando sola. Sentí un poco de pena por ella. ¿Quién la irá acoger?. A ella no pude quitármela, tampoco volvía a ser el mismo, ya nada seguía igual. Su ausencia, sorprendió mi costumbre trayendo consigo un poco de nostalgia por la falta de mi compañera de tantas murallas, súbitamente la comencé ha gozar. La siento. Tengo la mosca en mi nariz. Esta, apareció riéndose, hablándome de una y mil cosas que había visto en ese rato. Más que emocionarme por aquel acontecimiento, era saber y tener actualmente la certeza, que estaba posada en su lugar acostumbrado, sus patas se restregaban y socarronamente presumida me dijo: ¿Creías que te habías librado de mí?. Esto hizo que también retornara el alma a mi cuerpo. Perdón, a la tela. Claro que esta vez, en vez de puerta o pared, quedé viendo una lata sucia llena de malos olores, pero así y todo, mi espíritu recuperaba esa sensación de saber. ¿Quién era yo?. En éste momento, me encuentro alegre, feliz, pleno y gracias a mi amiga inseparable de siempre. He vuelto a ser el retrato... |