EL UPA

De Jorge A. Flores Clerfeuille

En 1970 este cuento ganó el

Concurso de Cuentos del Ministerio de Educación, Chile.

 

El viento aullaba por las rendijas. ¡Upa, upa! Se escuchaba a lo lejos. El trueno  remecía techos, árboles y  ventanas. La lluvia golpeaba furiosa como si fuera a sacar astillas de los vidrios. ¡Upa... uuuuupa¡ Se sentía.  Ni las lauchas chillaban. Los  perros ladraban un poco y luego, con la cola entre las piernas se escondían debajo de la casa. En cada resplandor del rayo, la figura de un hombre quedaba recortada en medio de quilantales y hojas muertas, la única diferencia, es que le faltaba la cabeza.  La luna trataba de esconderse  en los nubarrones, tras el leve sonido que abarcaba todo el campo, temblando temerosa que le llegara a ella el grito. No era un grito, no, sino algo suave. Upaaaa... uuuupa. Los matorrales, asustados trataban de correr, pero como sus raíces se lo impedían, armaban una zalagarda de los mil demonios.

En el fogón todavía quedaba rescoldo. En él, la tetera se movía quisquillosa cantándole al fuego.  En ese instante, el mate dejó de sonar. ¿...Oye... siente... ? ¡Sentiste¡ ¡Si..., debe ser el Upa que tiene hambre!. ¡Capaz no más!   ¡Dicen que es un indio! ... Upa, uuupa..., cada vez más cercano.

Cuentan que la culpa la tuvieron los españoles, porque cuando tomaban a un cacique preso, le exigían oro y si no, lo decapitaban, además, no teniendo a otra cosa que llevarse después de muerto, se quedaban con sus mujeres.  Y dicen, según cuentan, que hace mucho tiempo atrás, un cacique, uno de los grandes, bueno y generoso, muy querido por su tribu, cayó en manos de españoles. Este no quiso decir donde tenía el tesoro.  Lo decapitaron, sin más, ni más.  Tal sería la furia de este cacique, que después de decapitado, así y todo, se levantó, agarró al verdugo, lo colocó en el tronco y el hacha roncó en el hueso sacando cuspes de carne del cuello; los otros que estaban mirando, fue tal el susto que les dio, que no atinaron ni a moverse, tampoco supieron más, porque el cacique sin cabeza, solo con el mutilado cuello sangrante, adquirió una fuerza sobre humana decapitando a todo el grupo de conquistadores, mientras la cabeza sola  en el suelo, insultaba tanto a los españoles como a sus  camaradas indios. Por cada cabeza que cortada chillaba. ¡Upa! Y sonreía.

Después, cuentan que los españoles encontraron la cabeza y la ensartaron en una lanza. En uno de los combates la llevaron como estandarte y cual sería la sorpresa al ver aparecer un ejercito indio con uno sin cabeza al frente.  La batalla fue tremenda.  No salieron vivos indios ni españoles.  Se levantó una tormenta, hubo truenos, relámpagos y se abrió el cielo llevándose el alma de los oriundos de la tierra Solamente se quedó él.  Desde entonces es que anda vagando y no ha podido descansar, porque a nadie dejó el lugar del entierro.

El gato se encogía en la orilla del fogón, llegaba a estar medio pelado de tanto calentarse. De vez en cuando el viento hacía remecer la cocina. A lo lejos se sintió un relincho asustado junto al trueno y  un nuevo llamado. ¡Upa... uuuupa...! Unos ruidos raros, caballos que corren.  Los perros salieron de su escondrijo para ladrar furiosos.  ¡Oye José, porqué no nos vamos a la casa y le dejamos algo de comida al Upa... así cómo otras veces!  El hombre sostuvo la bombilla por más rato que de costumbre;   chupó y no dijo nada. Un rayo casi quebró la cocina.  El gato asustado se sumió en la ceniza tratando de arrancar, sólo se oyó un maullido desgarrador, se revolvió desesperado tratando de salir, vaciló un poco y se desplomó a la salida de las piedras del fogón. Increíble, estaba sin cabeza.. Upa... uuuupa.  Un silencio como si se hubieran tragado la tempestad con un olor infame a pelos quemados y un cadáver de gato decapitado a medio asar.

Nadie hizo movimiento alguno, quedamos pegados al piso de paja con el alma tiesa de susto.

¡M’hijo... Vámonos! . El viejo tenía sujeta la bombilla entre los dientes y los ojos fijos en el gato. ¿...No será una señal  del Upa?. Toc,  toc, se sintieron golpes en la puerta. La pobre mujer se puso pálida. El mate del viejo cantó nervioso y sacando una voz de no sé dónde, exclamó:

¿...quie... quién es...?.

Soy yo, compadrito... ¡Manuel¡ 

La respuesta quiso salir pronta, pero no pudo, por la ventana vio agitarse una figura con manta y de cabeza, el ruido de una rama rozando el alero.  La mujer quedó paralizada, al pobre hombre se le retiró en forma inexplicable para él,  la silla  donde estaba sentado. La puerta, se abrió lenta como para pasar desapercibida, entre el rayo y el viento; en el umbral apareció la figura de su compadre con los ojos desorbitados y abriendo la boca como pez sacado del agua, sólo pudo indicar la ventana y caer en forma perpendicular a sus chalas, mientras casi en el mismo momento, en el vano de la puerta se elevó el ruido tantas veces escuchado en las noches de tempestad del campo. Se quejó la bisagra. Cantó el tuetue el día martes y el hánchimallen entró iluminando el camino, sin antes, haber pasado a contar el ganado.

Todos le dejaban comida con alguna botella de vino o aguardiente. La comida desaparecía junto el licor, pero nadie se atrevía a esperarlo, a preguntarle, aunque fuera desde lejos. ¿Qué quería?  Tampoco sabían a ciencia cierta como era en realidad. ¡Upaaa... uuupaaaa!.  Crujieron los tijerales de la cocina.

Los tres lo sintieron, ninguno se dio vuelta a mirarlo, las miradas estaban fijas en el recuerdo de la ventana. Lo notaban, estaban conscientes que el Upa estaba con ellos. Upa, uuuupaaaa... Se escuchó dentro de la casucha que servía de cocina. La bombilla sonó por casualidad y la tetera se levantó a echarle agua al mate, mientras una mano oscura se lo arrebataba lentamente a José que comenzó a sonar junto al hilillo de agua que desaparecía por el centro de la manta.  Un relámpago despejó la ventana. Se vio al guindo tiritar de miedo o, quizás por casualidad, o por efecto del mismo miedo, el viento dejó oír el lamento de un quiltro que llegó a helar hasta la médula de los huesos.

¿Que quieres, upa?

La respuesta fue inmediata. 

Saquen... saquen el tesoro, quiero descansar... ya no tengo nada que hacer  aquí... acabaron con toda mi tribu. Está... 

Y se escuchó el trueno más horroroso oído hasta ahora...

 –Está debajo del gato--...

Upa, uuupa... uuuupaaa...

Tres pares de ojos se posaron sobre los restos del gato.

Upa, uuuupaaa..., se escuchó a lo lejos, como si la manta hiciera el viento, mientras el murmullo del upa, upa,  latigaba el cielo en cada relámpago.  Fue ahí que la luna arrancó entre las nubes, a perderse por toda una semana.

 

Las miradas se clavaron violentas en la puerta. Ésta se batía  asustada dejando entrar el aire, un manto negro y el upa, uupaa ya lejano. Ninguno dijo nada, dos hombres se miraron extraviados, ajenos y guiados por  un magnetismo de ambición irracional, trajeron palas, azadones; nadie hablaba, sólo se sentía cada picotazo que se enterraba en la orilla del fogón. Los perros corrían de un lado a otro aullando.  Esa noche, la tierra se fue acumulando dentro de la cocina. La cabeza de un hombre aparecía y desaparecía con un rostro sudoroso dentro del hoyo. La tierra se estremeció. Las vigas regañaron en la cocina y la pala tocó algo duro.  Se oyó un grito, la pala se enterró en oro y plata que la mujer hizo brillar con la luz del chonchón.   La tierra  volvió a estremecerse, igual, a sí algo hubiera chocado con la noche entera. Los perros salieron aullando, el ganado saltó las varas del corral.  En la quebrada se quejó el arroyo y el chuncho voló regañando por el amanecer que comenzó a llevarse a las pocas  estrellas que fueron quedando pegadas de espanto. En ese minuto, las nubes se abrieron como si hubieran sido taladradas por un grito que hizo temblar las montañas.  Upa... uuupaa.  El cielo entero se había abierto para dejarlo entrar. Entonces, una estrella  inmensa surcó el cielo sembrando chispas brillantes y enseguida regó el alma de aquellos. Luego,  apareció el  sol sonriendo. 

La mañana se tornó tibia. Los pollos piaban asustados en la colina. Un circulo de jotes se apretaba cada vez más insistente, pero indecisos, nunca habían tenido un  banquete de esa clase: perros, gatos, ratas y de un cuanto hay.  Claro... pero... bueno; uno por fin se decidió,  le daba unos picotazos al gato y se retiraba dudando.  Viendo que no pasaba nada, ningún movimiento, descendió otro para ayudarlo en  su ardua tarea del desayuno y así uno tras otro, en corto rato ni los pelos del gato se podrían encontrar.  Uno  con otro se miraban como para darse ánimos, sólo llegando a dar uno que otro salto con las alas abiertas.  Sin que ninguno se diera cuenta, el más joven y que se había quedado dormido, aterrizó como un rayo posándose en la cabeza de Manuel, le sacó un ojo de cada picotazo, dejándole un hueco sanguinolento, así, rápidamente se fue posando de cabeza en cabeza, gustando el bocado más delicioso que está reservado para el más fuerte. Al rato, cuatro calaveras vagueaban al sol; más allá los esqueletos crujían bajo los pisotones de los jotes tratando de comerles los dedos de los pies que eran defendidos tozudamente por las uñas, otros hacían a un lado las vísceras de las que salía un olor pestilente. El más joven todavía estaba empecinado en abrirles la boca para servirse las lenguas destinadas a los más viejos y que por su experiencia son los que guían el banquete, sabiendo y reservándose las mejores partes. Una lengua suave... jugosa, blanda.

Siento un tremendo ruido y veo la puerta abierta, además, todo estaba quieto. Me levanto rápidamente sin despegar la vista del fogón, que todavía se empeñaba en calentar  la tetera. El humo hace que parpadee varias veces y no hice ninguna otra cosa que cerrar la puerta con una tranca. Volver, tomar la tetera y cebar nuevamente el mate.

La tempestad arrecia. Han pasado algunos años y cuando alguien pregunta por el  Upa o Manuel, la gente se queda silenciosa, a lo más, se limita a encogerse de hombros.  El mate había sonado.  

Upa... uuupaa.