El pasto, la hierba, las briznas de aquellos que sobrevivían, se reían jugando entre sí, pese a la sequía de aquel verano, la mayoría de ellos se dejaban ver fatigados, moribundos, no obstante, resignados alegremente por más que pedían agua a gritos una y otra vez. En las noches se juntaban ha divagar esperanzados meciéndose al compás de la brisa, tratando de empaparse  con el sereno hasta conseguir entender del porqué de la sequedad y quedar luego resignados en una espera paciente, sabiendo a ciencia cierta, que ya no quedaba ninguna alternativa. Ahora, más encima les tocaba soportar éste peñascazo, imprevisto por cierto. Su obligación inmediata, de momento y de otros, era cubrirlo a cualquier ojo humano, les había  llegado de rebote una nueva carga, trabajo imperativo ha ejecutar sin apelación, es más, sin previo aviso, sorpresivamente, pero también no es menos cierto, tarea cumplida con éxito en otras ocasiones, y ésta, no iba hacer ocasión de faltar a la obligación natural.

Una de las piedras  lanzada por los parientes de Rayén, en un acto de furia incontrolada, desmedida, pero al mismo tiempo comprensible, cayó potrero adentro, la otra, su consorte inseparable, terminó rodando cuesta abajo, quebrada sonora por un momento e incorporándose de inmediato al coro de lamentos provenientes del alto de la colina. Los llantos y rasgaduras de vestimentas duraron: lo que una langosta en el pico de un pavo. Mientras duraba la espera, se bailó, se comió, y se cantó a todo ser viviente, para pedir, suplicar a que apareciera otra, o ella, se compadeciera de los que había dejado a éste lado, y regresara a darles una señal, a retarlos, a bendecirlos, o cualquier cosa que les devolviera la seguridad de protección. Después  de varios días, se hizo presente la lluvia limpiadora de culpas y angustia, la señal. Ella había vuelto por última vez. El desamparo sentido, se fue perdiendo lentamente al pasar las horas, hasta que llegó el instante en que debería ser devuelta a la madre tierra. Ella no lograba entender muy bien esa realidad, aunque lo sospechaba, pero no así. Sacudió la cabeza varias veces sugiriendo haber sido reclamada antes de tiempo, lamentando en su interno tal hecho, ya que en toda su vida supo y tuvo claro, además, puso todo de su parte en la expectativa de dejárselas a su futura nieta, es más, aquellas dos piedras, las que invariablemente fueron sus compañeras de razón, o sin ella, en todos los años. -no recordaba cuantos-, pero no cabía duda que  eran demasiados. Bastaba sólo acordarse rebuscando memoria, para recordar a sus cabellos albos que cubrían el chal de siempre y nos dábamos una idea clara de su existencia. Su cara quebrada en mil hendiduras, se confundían con la corteza de un raulí añoso, llena de  cientos de surcos por los cuales se asomaban y perdían dos ojos, estos se dejaban divisar esquivamente tras las ralas cejas, nublados algunas veces, otras, perdidos en un infinito insondable y conscientes de haber visto pasar una eternidad.

Rayén en un acto de resignación, se sacudió la ropa, éste acto remeció los maquis, ella no se percató de tal hecho,  en ese  santiamén, sin darse cuenta, miró desde la copa del roble; único superviviente milenario de aquel lugar, incluso, sonrió complaciente y desconcertada un poco al ver el gentío que lloraba sus atuendos, claro está, sin lograr del todo comprender en toda su magnitud ese alboroto, a su orgullo no le quedó otra cosa, que ensancharse hasta tragarse toda la luz de ese día y quedar al fin, definitivamente flotando mirando extasiada la puesta de sol.

Llegó la noche y aparecieron las tres marías trayendo un fortalecimiento del  mensaje de la naturaleza. Al no ocurrírsele nada mejor a esa hora, en ese instante, se mandó a sí misma en  espera paciente de su nuevo cuerpo. Ley inexorable de la creencia ancestral.

Angelina  recordaba cuando sus tías, siendo ella  pequeña, le hacían mención de su abuela, bisabuela o tatarabuela, nunca quedó de manifiesto el parentesco afín de aquella mujer, huraña a ratos, dulce la mayor parte del tiempo, y que anduvo, según le habían dicho, por éste mismo cerro hablando a viva voz, maldiciendo algunos, bendiciendo a otros. Aquellas, igualmente se referían muchas veces a la puerta de entrada de la casucha con asombro. Aquí, donde se encontraba ella hoy, esta estuvo hecha de barones de hualle, puntales de canelo y amarrados con boqui fresco; el total, el conjunto de  palos, se esforzaban sujetando el  techo de chupón ennegrecido a causa de la existencia diaria, y de paso, el humo del fuego en el fogón central los soportaba a todos. Ellas recalcaban hasta el cansancio, que éstas dos piedras  conversaban entre sí, e impedían las andadas cercanas a cualquier extraño; avisaban de todas las presencias percatándose y discerniendo por sí solas, pero su mayor facultad, era la de tener mañas ocultas, podían verificar la calidad del alma de los visitantes. Si daban muestras de cariño al forastero, se movían haciendo espirales de polvo bajo el dintel de la  puerta que no se cerraba nunca. De día, el sol, las nubes, o la lluvia, tapaban la entrada, y de noche, la cerraba un millar de estrellas que se afanaban empujando el grito del guairavo hacia el sur para que acompañara a la luna menguante ha espantar los malos espíritus. Al darse cuenta que las visitas no eran bienvenidas, las dos volaban golpeando al intruso hasta alejarlo lo suficiente y que no fuera una molestia a tan venerable anciana. El juego más importante, como recurrente entre aquellas y ella; era el de estas querer entrar a toda costa. Al percibir el más débil asomo de esa acción, Rayén tomaba un leño encendido y las corría a su lugar de trabajo. A cuidar la puerta, recorrer el lugar, proteger los gansos y espantar al peuco, dicha orden iba acompañada, sin obviar ni escatimar el regaño correspondiente. Tenía el don de escuchar la conversación del viento, qué se decían los pájaros, además, oír cualquier palabra que anduviera revoloteando lejana o cercana, lo curioso, lograba distinguirlas sin hacer mayores esfuerzos, más aún, le bastaba solamente querer, para realizar su mandato pensado, y cuando esas piedras no desarrollaban bien su trabajo, las maldecía diciéndoles: Que las transformaría en gravillas. Entonces, ellas asustadas se revolcaban pidiendo mil disculpas, iniciando un enorme remolino de tierra, tal era la alharaca en ese minuto, que el polvo subía ha  convertirse en nubes, cayendo casi inmediatamente similar a una lluvia de estío, dicha acción, conseguía revivir las raíces secas de los pastos que ahora miraba ella. En ese instante todos los del lugar, se alegraban, y también sabían que las piedras de Rayén habían cometido una falta, las había castigado romanceándole palabrotas, como estas no querían cargar más culpas, esperaban jubilosas saltando en medio de las gotas para refrescarse, las restantes chispas de agua, terminaban igual que de costumbre,  alimentando la vertiente inagotable del cerro; fluido perenne  de vida y de cantos.

Angelina esa tarde se hallaba acostada sobre la misma tierra, tomando igual pose en que fue encontrada antaño su familiar. Sin saberlo por cierto. Recostada sobre la hierba seca mascando un palito,  podía ver  a través de las ramas del boldo adyacente, una orilla del mar. El ruido lejano de las olas, trajo y la hizo revivir lo que tantas veces escuchó. Hoy, en forma resuelta, decidida, esperaba encontrar aquellas piedras, se había hecho el propósito, se hallaba preparada, quizás un poco ansiosa. No, más bien curiosa. De pronto, asumió la  determinación ya concebida en un sueño, se quedó quieta, inmóvil, sin mover músculo alguno, el objeto, bajar sus vibraciones y dejar vagando sus pensamientos sensoriales intentando  visualizarlas mentalmente, ya que pos la muerte de aquella mujer rezongona, sus familiares, irresponsablemente las habían lanzado lejos sin medir consecuencias futuras. Según conversaron muchas veces. Estos diálogos, siempre fueron comentados entre los mates a final de la tarde, cuando la jornada diaria estaba concluida, esperando calmadamente pacientes, la llegada del lucero a que ayudara hacer entrar el último tronco antes de apagar el fogón, y mientras desparramaban la ceniza con un palo largo, reconocían cabizbajos el error garrafal cometido, se notaban arrepentidos de esa estupidez, aseverando: Cansados de ver sus aciertos y nosotros, no ser capaces de aceptarlos ni entenderlos. Por eso mismo, por ese hecho, ella esperaría tranquila, desnuda de espíritu, estaba decidida, confiada, a qué al llegar la noche, se arrebozaría con el chamanto de estrellas para entibiar su alma en espera de los susurros de la anciana ya ida. Posteriormente, levantaría los brazos rogándole a la luna llena, que ayudara a dicha señora, en alumbrarle el camino de retorno temporal y la  dejara nuevamente encaminada al sendero mágico de ese segundo. A cambio de su buena disposición, ella le ofrecería de regalo. Un espejo, el lago  Budi, en el que ella reflejaría la esencia de su conocimiento, belleza inigualable y única, que Angelina estaba dispuesta absorber. Luego, aspiraría profundo el aroma del canelo llenando con él todo su cuerpo, pidiéndole una vez más a los dioses de la tierra, que su nana apareciera  indicándole. Qué tenía que hacer.

La noche llegó, los sueños fueron invadiendo sigilosamente el entorno sin tiempo ni espacio,  produciéndose en el ínter tanto los siete cambios nocturnos. El último en aprobar la medida, fue el consejo de constelaciones, que a manera de celebración y de acuerdo final, formaron una nueva ronda de estrellas  saltando del lago a la tierra trayendo plantitas de palqui, maitenes, pitras, boldos, coigues, quilas, chilcos… Y las más recientes, nuevas, mejor dicho, recién aparecidas, enterraban alegres semillitas de pasto, pensando que el chucao iba a cantar con más ganas las escarbadas furiosas de la gallareta.

Al venir el nuevo día, en la madrugada, el silencio quedó roto con el tercer canto de la diuca; los dos anteriores, no los había hecho por haberse quedado dormida. Ya el alba asomaba recortando el cerro, más allá, lejos, despuntaba otro más alto que todos llamaban, el volcán. Fue en ese preciso minuto, cuando despertó de la inconsciencia onírica. Se miró vestida de rocío y  sonrió dichosa al ver miles de hojas verdes  saludándole, mostrándole alegremente la esperanza futura, pero, no por eso podía romper la tradición; regañó de inmediato al ver a las piedras que  volaban a su alrededor jugando, haciendo mil piruetas, sin duda, esperando una orden, un saludo, un reto. Faltaba en ese segundo, sólo su palabra, la voz nueva de la normalidad. Se levantó del suelo sintiéndose tan liviana, que caminó hasta los árboles más próximos sin tocar la tierra. El roble se estremeció asombrado votando todas sus hojas a manera de saludo respetuoso, indicándole al mismo tiempo que se acercaba el otoño. En ese minuto, tuvo la certeza que su vieja pariente y ella, ya eran una. Se había cumplido una vez más, el mandato natural de piedra alta.

Se vino la mañana en pleno, el día gorgoreaba vida, al rato, pasada la media jornada, la tierra tiritó quejándose, las aves cacarearon más que de costumbre, esto provocó que la gente del lugar saliera aterrada de sus casas, e instintivamente, levantaran la vista hacia el cerro, divisando sorprendidos a La Angelina volando por el borde del acantilado junto a una anciana que ellos no reconocieron, iban acompañadas de un resplandor, según parecía, sostenidas por una gran nube de algodón, suspendidas en el ambiente rocoso que les hacía de soporte para pisar, no obstante, pese a todos estos acontecimientos, el rumor del mar se alejó adormecido, cansado ya del intenso griterío de alabanzas de las olas, llegando estas hacer capaces de silenciar las súplicas de la arena, que pedían, rogaban a Rayén y Angelina, que las volviera nuevamente hacer piedras.

Los rayos del sol por un minuto se quedaron rígidos entre asustados y anonadados, lo único que lograron al salir de ese estado, fue hacer lo mismo de siempre, tratar de entibiar esa mañana de mayo. Todo el mundo restante, guardaba silencio. Se vino la tarde. El lago quieto, terso, mudo en espera impaciente de una nueva noche que lo calmara del susto recibido. Al rato, el son de los ruidos diarios, se dejaron sentir más intensos, alegres, normales, otros, dentro de una mezcla de espanto y entusiasmo por los sucesos ocurrido ese día. Entretanto, el viento soplaba comunicando sin cesar... ¡A nacido una de las últimas!... No cabía duda, era la nueva machi. ¡La curandera, la curiosa de las piedras! Ella y estas, por fin volvían a juntarse y de ese modo, comenzar a retornar a vivir en el lugar en que la divinidad les había ordenado.

                     Glosario

Rayen: Flor (en voz mapudungún).

Boqui: Enredadera usada en artesanía.

Chupón: (La mata; el quiscal en Chiloé) sus hojas largas y espinudas sirven para techo, artesanías y en la base da unos  frutos con sabor a licor.

Guairavo: Garza nocturna.

Peuco: Ave de rapiña.

Budi: Único lago salado de Sudamérica (ubicado en Chile, Región de la  Araucanía) .

Chucao: Pájaro pequeño que vive bajo el sotobosque, muy bullicioso y de canto muy característico.

Piedra alta: Lugar donde se realizó el último sacrificio humano después del maremoto en Mayo de 1960 en Chile (Región de La Araucanía).                            

Gallareta: Pájaro mediano silencioso que vive bajo los árboles escarbando.

Machi: Curandera (voz mapudungún: meica, chamán).

Palqui: (Cestrun parqui) Arbusto esotérico, de flora autóctona.

Maitén: (Maytenus boaria) Árbol de hoja perenne.

Pitra: ( Myrceaugenia exsucca) Mirtáceas chilena, hoja perenne.

Boldo: (Peunus boldus). Árbol medicinal, hoja perenne.

Coigües: (Nothrofagus dombeyi) Árbol hoja perenne.

Quila: (Chasquea quila kunth)  Bambú Chileno.

Roble: (Nothofagus oblicua) Roble pasado los cien años, Hualle cuando es nuevo.

Canelo: (Drimys Winteri) Árbol sagrado y medicinal mapuche.

Maqui: (Aristotelia Chilensis) En voz Mapudungún significa negro y sus frutos son los del más alto contenido de antioxidantes conocidos.