LA PARENTELA  DE LAS PIEDRAS

Jorge A. Flores Clerfeuille 

En el año 2004 este cuento obtiene Diploma por su

destacada participación en el 12° Concurso de Historias y Cuentos

del Mundo Rural, Categoría “A” Historias Campesinas.

 

Los pedruscos plomos, quietos y  resignados por los siglos hasta ese momento, recibían mudos el sol implacable, consiguiendo eso sí, esporádicamente en medio de aquella eternidad,  escupir  arena en todas direcciones. Éste movimiento, lento, imperceptible, era aprovechado en ese instante  en el rebusque y la insistencia ansiosa  de  las manos  del minero, él, las daba vueltas una y otra vez, hablaba calladamente, más bien, mascullaba un lenguaje incomprensible para cualquier oído humano, no así, para  su amiga inseparable.

La mula no era tonta, movía las orejas al menor ruido, es más, le contestaba  resoplando  intermitentemente,  con ésta acción, fuera de estar alerta, se ayudaba a votar el polvo de las narices  renovando el aire caliente reintentando nuevos esfuerzos, los cuales sin duda, los adquiría tranco a tranco, además, por si esto fuera poco, dejaba  asomar de tanto en tanto, una huella de sudor por debajo de sus crines que la hacía  relucir desde lejos, ese sólo hecho, estando a contra pelo del sol, la hacía relumbrar entre quebradas simulando un fantasma solitario caminando cerro arriba, cerro abajo. Hasta él se admiraba de su resistencia, pero siempre enmudecían frente a ese aspecto, intentando no hacerla sentir superior.

Después de andar horas, días, noches, y no tener, más bien, perder la noción cabal del tiempo caminado, aparte por su puesto de regañar, maldiciendo unos cientos de veces sin parar,  jadeando más que la bestia.  Mi hijo, igual que su padre anteriormente, aportó multitud de gotas salobres aquel ambiente seco, estas tenían la clara misión de marcar el rumbo invisible del retorno, fuera que le servían de guía despejando el instinto, le hacía saber, cuánto faltaba, debido a ellas,  al levantar la vista de vez en cuando, y  mirar cualquier camino imaginario frunciendo las cejas, lo siguiera enseguida, sin dudar, un paso tras otro... Estrujó el delantal haciendo sonar las coyunturas de sus dedos continuando.  ...El sol, ese día estaba caliente, pero no igual a otras veces, ésta vez lo sentía en la frente, era distinto a cuando pirquineaba por dentro y debajo de las quebradas secas.  Ese  calor, permitió a que el brazo se levantara raspándole la cara, y de paso, la mano peinó el pelo obligando a que la cabeza se irguiera con la intención implícita, que su nariz sé prendiera del aire caliente aspirando olores... La verdad... Y las chivas balaron en el corral. Ella no hizo gesto alguno.  ... Tratando de  descubrir  en aquellas soledades un manto de agua. La bestia a su vez, lo empujaba cabeceándolo en la espalda, le mordía la chaqueta zarandeándolo a modo de jugarreta, apurándolo,  y no fuera a ser cosa  que se  evaporara  antes de  que llegaran, ella sabía de antemano de aquel manantial, pezuñas atrás, olfateó polvo húmedo, imperceptible para mi hijo, no obstante, esperaba a que él fuera el descubridor, de esa forma, se respetaban  mañas y jerarquías.  Por eso andaban tranquilos tantos años hablando en silencio. Desde los tiempos de su padre. Esa actitud de entenderse mirándose la  transformaron en un lenguaje; hasta yo logré comprenderlo con el tiempo.   Entre ellos, un pacto tácito, sucedía permanentemente, estando aquí, o allá, aplanando cerros, juntando arena, sentados haciendo nada, seguían dialogando de los mil secretos guardados a través de los abriles vividos y andados, sin contar, con uno o más  olvidos, lo más importante  entre ambos, fueron los ojos, me lo hacían saber mostrándomelo mutuamente a diario. Cuando estaban aquí. Él podía ver las estrellas, la luna, y escuchar  por analogía a las nubes que pasaban muy a lo lejos conversando amigablemente. Ella, siempre lograba anticiparse a los cambios de temperatura, al venir el frío, al asomar el calor, lo miraba resoplando bajito haciéndole tomar los debidos reparos, luego, tranqueaba mansamente siguiéndolo a todas partes cómo quiltro faldero. ¿Qué más podían pedir? Los dos estaban complacidos, uno con el otro, formaban uno.

Ese día, bebieron  tranquilamente un trago de agua en la última vertiente... Suspiró largo.   ...Ella invariablemente le cuidaba las espaldas, esperaba tranquila a que sé sentara. Recién en ese momento, bebía, al rato, lo volvía ha encaminar sin que él se diera cuenta.

Un grupo de sombras,  lejanas pero presentes los habían seguido, las mismas que presintió  desde la salida de casa, y que poco a poco se fueron trasformando en  compañeras permanentes de todo el trayecto. Yo solamente divisé la polvareda un par de horas después. Él ni ella les dieron mayor importancia, al poco andar las olvidaron por completo. Esto sucedió cuando apareció el  deseo de soñar  esperanzas. Se les borró todo... Ella volvió a reforzar... No sé ocuparon más de ese detalle. Yo les había pedido, en realidad siempre les decía lo mismo. ¡Cuídense! La tordilla plomiza al darse cuenta de mí desazón, la trasformó en su principal motivo para no desfallecer, ni echarse... Estar alerta... Se descuidó. Él tiene que haberle trasmitido la ambición... Enmudeció mirando fija la puerta abierta.

... Hacía  tres días, yo, su madre, le había dicho en nuestro silencio acostumbrado, mutismo que fue roto abruptamente por mí, es más...  Levantó un dedo asegurándome. ... La casa en ese minuto me acompañó en la voz, por un momento, invadimos todo el lugar, al comienzo fue algo gutural debido a la poca costumbre de hablar entre nosotros, bastaba darnos una mirada, y la conversación pasaba a ser fluida, pero esa tarde le expresé:  Siempre vas hacia el norte, esta vez, camina  hacia el sur oeste. Mera intuición. En esa oportunidad, la de mi sugerencia, el sol ya bostezaba  de sueño. Quedaba la última luz rayando el horizonte. En la lejanía algunos arreboles se prendían del cielo, se divisaban cansados, más bien, sin miedo a equivocarme, le puedo asegurar, que es el comienzo en que las  pupilas  comienzan  a dilatarse para ver en la oscuridad que se aproxima.

La mula, esa noche, la sentí inquieta, fue después de escuchar lo dicho por la casa y yo, ésta se puso a  patear  incesante, molesta, desasosegada, tuve la ocurrencia de pensar que se debía a su encierro voluntario, adentro del corral de las cabras, mezcla de piedras amontonadas y palos viejos, la otra explicación razonable que acudió a mi mente; fue que tenía la intención de apresurar el amanecer. Ahora puedo decir con más claridad. Presintió algo anormal en el ambiente. La pobre, no hallaba la hora de sentirse nuevamente libre caminando tras él. Posterior a los días, cuando volvió sola a darme la noticia y a dejarme el mineral, lo confirmé, me contó despacito, al pasar, y enseguida salió hecha un celaje sin darme lugar a nada.

La cabeza de ella, quedó clavada al ventanuco, como si esa fuera su ubicación permanente, esperando o despidiendo, cualquiera de las dos cosas, daba lo mismo en ese tris, cabeza y marco pasaban a simular un cuadro inmóvil del cual salían voces. Quieta, sin moverse me articuló: Desde aquí divisaba cuando venía mi marido, en aquellos días. Él, su hijo, salía a encontrarlo. Un día, no apareció más, el viento helado de la tarde, se aventuró pausadamente despeinándome, queriendo de esa manera, que escuchara yo sola... Qué él sé había quedado en los cerros.

Las cabras, la sustentan hasta el día de hoy, es más, algunos balidos lejanos, repentinos, ayudaron ha juntarle nuevamente una infinidad de recuerdos escondidos, retorcidos y calcinados bajo el sol de todos los días, hasta  aquellos que habían salido disparados manchando con puntitos  las cordilleras secas, lejanas, y luego, tras varios gemidos repentinos le aparecían memorias húmedas, ella insistió en traerlas, tratando seguramente de recordarlas una y otra vez, no  deseando que el olvido fuera hacer su trabajo. Me aseveró, que ésta era su forma de sentirse viva, y  reafirmando las palabras, se sujetó bruscamente su cabeza en su mano derecha, diciendo: Él había encontrado ese lugar en sus andanzas.

Esa mañana, la arena, las piedras, chupaban el sol con avidez, más que de costumbre  y su compañera resoplaba empujándolo hacía el sur oeste, tal cual ella le había dicho.

Él sabía que algunos hombres lo andaban siguiendo con el fin de  saber el lugar, para todos los del pueblo cercano, siempre fue un misterio de dónde sacaba tan buen metal en tan poco tiempo. Los cascos se hundían mortificándola por el peso y sin entender porqué habían vuelto al  mismo camino de costumbre, pero ella no le dio mayor importancia

Ese día había salido a la puerta a despedirlos, juntos miraron el alba que los recibía alegre aumentando la ilusión de la ida y la vuelta. El perro estaba echado en un rincón durmiendo, los ojos cerrados y sin hacer amago de gesto alguno, eso confirmaba su sueño profundo, o que su tarea todavía no comenzaba. Posterior a esa  despedida, según mencionó ella, quedó largo rato sin pensar en nada, en una  misma posición, viéndolos  perderse cerro arriba, él adelante y la bestia como de costumbre, cargada llena de arneses a la siga.

En el momento en que se acabaran las lunas, tenían que volver hacia el norte y llegar a esa planicie verdosa, que estando a la vista de todos, nadie la había encontrado, así que, sólo bastaba enterrar la pala, aventar un poco el material,  limpiarlo, acomodarle los aperos a la bestia, ponerse a  cargar,  y volver  ha  desandar  lo  andado. Ella comentó que también habría indicado: ¡No sé! Y habría sacudido las orejas reiterando. En éste viaje, siento que me ha tratado como si no me conociera.  Lo dedujo a priori por el exceso de carga, y su forma de reclamar fue, resoplar más fuerte, mover la cabeza de un lado a otro, estornudar reculando donde no llegara la carga de la pala, queriendo de ésta manera, hacerle  presente su malestar. No es menos cierto,  que ese movimiento le permitía sacarse  el polvo de los ojos.

A lo lejos, una polvareda denunciaba a los que le habían seguido, esta vez, no había podido perderlos, o no quiso, lo cierto, es que se olvidaron... Conforme a lo recalcado por ella. Ya estaba estibada y había que huir.  ...El sombrero de mi hijo, hizo las veces de ventilador, entretanto los rayos del sol se afanaban simulando una regadera de calor haciéndole brotar un río salobre por sus mejillas morenas. La vuelta tenía que ser rápida, solamente  cuatro días recogiendo la huella hecha de mula a lo derecho.

El viento acostumbrado del atardecer, silbaba sobre una osamenta que intentaba a toda costa de parar el  polvo en sus cuencas vacías. ¿Cómo llegó ahí? Fue una pregunta sin respuesta, tampoco se dieron cuenta que no era el camino. Fue un aviso, y no le dieron ninguna importancia.

En el minuto anterior, el cielo se oscureció, esto llevó ha que la bestia se juntara con pensamientos plomos, y más el apuro por terminar la faena, no le habían dejado darse cuenta a tiempo. La acémila relinchó advirtiéndole, él la miró y llegó la noche.

Él le había comentado esa tarde antes de irse: en seis días más vuelvo. Su hijo ya todo un hombre, había aprendido ha cuidarse solo desde pequeño, sin embargo, antes que se fueran, tuvo el pálpito, por algo le había hablado esa tarde, la intención fue que cambiara el  rumbo.  Su sexto sentido la había advertido.

En ese instante, yo la veía ahí, sentada en su piso, la puerta abierta, el fuego encendido, rato antes, estuvo en la ventana sin moverse, por lo pronto, suspiró nuevamente y al segundo siguiente miró el techo exclamando en susurro. ¡Sí él volviera! No le entendí muy bien, así que  tuve que preguntarle de nuevo, qué había murmurado. Se dio vuelta, me miró fijo y levantando el brazo, señaló el hueco de la puerta.

Afuera, la cobija de estrellas aún no asomaba, no obstante, ella ayudaba al  silencio mirando, escudriñaba algo que le indicara lo contrario de su presentimiento ya sentenciado, en eso, una tremenda estrella surcó el cielo alumbrando toda la casa. En ese instante,  gritó fuerte, se le escaparon algunas palabras que hicieron balar a las chivas. ¡No te vayas! Y el grito, se fue  ahogando entre los raigones negros de dientes llenos de humo, estos estaban así, de tanto moler arena. No sé si ella me lo dijo, o yo lo supuse.

Después de un rato, la noche trajo el frío normal acompañado de un viento no acostumbrado según ella, a lapsos trataba de arrancar la casucha, confirmándole de éste modo, la certeza de su corazonada. A mí, la realidad de estar viviendo un momento alucinante. La vi levantarse,  corrió a la puerta abriendo los brazos, queriendo seguramente a través de éste gesto, abrazar aquella  noche, solamente consiguió arrebozarse con el viento, y de inmediato, al ver el  manto de estrellas pegadas en su ropa, no le quedó otra cosa que aspirar resignación.  Se detuvo indecisa, y caminó hacia el corral provisorio permanente,  acarició  sus cabras, compañeras de toda una vida, el quiltro se sintió molesto, celoso,  la quedó mirando preocupado, y sin más, lamió sus manos alejándose cabizbajo moviendo la cola en son de auto consuelo, ladró a unas piedras y se echó frente a  esa cara fija, me dio la sensación que no  pestañeaba por culpa de las arrugas que le sujetaban los párpados, la niña de sus ojos, perforaban las lomas en busca de lo imposible. Acto seguido, sacó del bolsillo de su delantal, un pañuelo negro amarrándose el pelo. Lo que yo veía, semejaba un cuadro inmóvil de viejo maestro pintor, en sus pupilas se reflejaban las tres marías, que sin duda, una vez más las interrogaba sobre los acontecimientos incomprensibles para ella. Ya cansada de esa quietud, o de remirar el mismo sitio, fuera de los mil pensamientos que deben haber pasado por su mente, la mañana del desierto se sintió venir. Esta, la hizo entrar a calentar la tetera con los gestos de siempre.

Al agacharse removió el fuego.  ...Se hallaba soplando algunos cactus secos, yaretas, como ahora, cuándo escuchó unos cascos, la bestia volaba sobre la tierra. Venía extraña, el hueco de la ventana ya no fue suficiente, entonces,  corrió hacia la puerta, la vio entrar en la pirca, sacudirse de su carga, acercarse, contarle todo, y salir galopando por donde había llegado, fue todo en un santiamén, un acto irreflexivo, no habitual en ella. No le quedó otra cosa por ese momento, que mirarla a la distancia perdiéndose  cerro arriba, eso fue lo último que supo de él y de aquella, algo parecido al padre de él, el marido de ella.  La vida, había sido igual para los dos, lo mismo que para ella...

Siguiendo la rutina diaria, soltó las cabras temprano, al medio día recogió lo que pudo del metal para llevarlo al pueblo. Éste, una copia fiel de su entorno, desierto, inhóspito, calor, seco, plomo, frío de noche, la recibió una y otra vez  convirtiendo el mineral en dinero, hasta que se acabó. 

Yo estaba sentado frente a ella, mientras me contaba que aquella mina descubierta, primero por su marido, luego trabajada por su hijo.  ...Dicen que es la mina más grande del mundo... Y levantó los brazos.  ...Yo no lo sé, pero eso no interesa, lo que realmente importa, es la llegada de las noches de lunas menguantes. Sentirlos deambular cerro arriba y escuchar el resoplido de la mula terca siguiéndolo eternamente. Ellos pasan llamándome, igual que ahora. ¿Los siente?... Y esbozó una sonrisa, dicho esto, entró y salió varias veces, en el último trajín, se puso un sombrero sobre el pañuelo, y caminó resuelta ha  abrir la puerta del corral de  las cabras, regresó y sonriendo se despidió manifestándome: ...Ya estoy vieja, creo que voy a ir a buscarlos... Esperó unos minutos y continuó.  ...Mejor  seguirlos... Se amarró el rebozo y de inmediato se alejó cerro arriba, el perro quedó indeciso, si seguirla o quedarse a cuidar las chivas, me miró pidiéndome permiso y corrió a rodearlas, tratando a punta de ladridos empujarlas cerro arriba a la siga de ella. 

Yo quedé solo mirando la punta de aquella noche esfumarse  lentamente, vi asomar el  amanecer y sentí nuevamente el calor. Nunca supe nada más, sin embargo, el haber estado en esa casa, el sueño, o el insomnio, me llevó a una realidad desconocida.

Aquel oasis perdido quedó silencioso a medida que me iba alejando, según todos, sin voces ni confesiones. La casa quedó vacía, tal cual la había encontrado, la única diferencia, le dejé  la puerta de par en par, por si fueran a llegar ellos, igual el ventanuco, abierto, esperando ansiosamente ver la cara de ella, despidiéndome amablemente en su silencio.   

Según cuentan algunos, los del pueblo más cercano, que en las noches de luna menguante aún se percibe lejanamente al negro arriando las cabras, y afirman llenos de convicción, que intenta  encontrarla,  ya que por el otro lado de la loma, mirando de norte a sur,  se divisan las siluetas de la parentela de las piedras tranqueando cerro arriba, el padre adelante, seguido del hijo y la mujer madre expresándoles; que la esperen. Todos ellos, empujados por los constantes resoplidos del animal.

Otros comentan que fue una tragedia.  Fueron muertos para quedarse con la mina. Los más viejos afirmaban. Vienen a ver el hoyo inmenso que está quedando, pero todos coinciden. Qué a lo mejor, y es  lo más seguro. Andan cateando una nueva veta. 

Ahora, solamente queda una cosa por hacer, aguardar en silencio las menguantes, sentarse aquí,  entrar a la casa, escucharlos, y verlos en la lejanía del crepúsculo, ya que al venir las mañanas, el sol seguirá recalentando la arena, y ésta, se entretendrá  pacientemente cerrando la huella en el tiempo, brizna a brizna.