EL PAJARITO DE ORO

 

De Jorge A. Flores Clerfeuille

Este cuento fue publicado en la

Antología de Historias y Cuentos Campesinos Chilenos, 1995.

El último canto del zorzal despedía el angeluz rogándole que volviera y en un cerrar de ojos, la manta azul obscura brillaba con una multitud de chispas volando y era ahí, donde las tres marías llamaban al lucero para jugar a la ronda con la luna nueva. Jugar a las escondidas detrás de las nubes tratando de pillarse y entre  sus danzas,  saltos y risas, de vez en cuando, salía el canto de la lechuza, o el grito estridente del guairavo como para estar presentes un instante en esa noche, hasta que la aurora los mandara a dormir. Salvo eso sí, que algunas veces la luna se quedara haciendo la remolona.  Entonces, era cuando el  sol enojado la tapaba  con una ira luminosa y ésta quedaba ploma de vergüenza hasta el anochecer.

De cuando en cuando, un silbido rompía el polvo del camino y las bestias  oliendo las huellas tranqueaban empujando el piño de vacas mostrencas, camino a la feria del día siguiente.

Los hombres, casi no hablaban y si lo hacían, era sólo para animar a los perros y sacarse las estrellas pegadas a la manta, sacudirse el sombrero lleno de agua de luna.  En ese momento, el rocío rellenaba las arrugas de manos y cara. Unos escalofríos, recorrieron bestias y hombres. Un canto de gallo, un lamento de perro se escuchó a lo lejos, este salía asomándose por entre las ramas de unos cipreses frondosos que cubrían la casa del próximo  recodo del camino.

En la penúltima curva, antes de entrar en el principal, cuando recién comenzaban a trotar. Los árboles, sombras recortadas en el cielo, lloraban a las estacas fijas, pacientes, mirando el mismo lugar del camino, inmóviles de esperanzas y de tiempo. Las estacas observaban a los árboles increíblemente quietas. Pensando. ¿Quizás en lo que fueron?.

Esa tarde, el viento no se movía respetándoles el paso. Sólo lo acostumbrado, cercos incontables y los fantasmas de la noche  siguiéndolos  tranquilos, hasta que de improviso, cantó el tuetue y sin dejar que terminara el canto, la réplica de las mantas le contestaron al unísono. El martes te espero a tomar mate. Un cigarrillo hom... Gracias Don... Y no fue más. Nuevamente silencio, siendo esta la tarea más difícil, de hablar y hablar consigo mismo, entre imágenes fantásticas, tremendas, agradables y desagradables de la vida, de lo que fue, de lo que es, de lo que pudo ser. Tan deseados pensamientos se revolcaban en el polvo, humedeciendo los ojos. En eso, cerca de ellos, pelando el lomo de las vacas, pasó chillando una bola de fuego. Los caballos se asustaron. El fuego del cigarrillo cayó al lado izquierdo. Y esta luz, rayó la noche alumbrado unos bajos que orillaban  el estero donde se  perdió en unos boldos. Todo en un segundo, la verdad sea dicha. En un cerrar de ojos.

¡Que diablos es eso hom...! No se asuste Don, si lo quiere, puede alcanzarlo, la suerte es para usted.

La manta aún tiritaba. La yegua habría el hocico a causa  del freno de palanca que la hizo relinchar sentada en las corvas, entretanto, los estribos hacían tintinear las espuelas.  ¿Que porquería es hom...? Alumbró la cara un nuevo cigarrillo y se vio cuando frunció el ceño y tapó la luna con el ala del sombrero haciendo la noche más oscura, pero esta de un respingo salió  a atajar los animales que siguieron sin tomarla en cuenta. Una pregunta con algo de duda.  ¿No sabe Don?... La respuesta fueron unos silbidos, reproches a los perros y unos huascazos al aire apurando las palabras. La voz se volvió a elevar para reafirmar. Algunos lo confunden con el hánchimallen pero, no es eso lo que vio. Es el  pajárito de oro.

El lucero quedó mirando fijo a la luna, pestañeando rapidito, al verla entre incrédula y sorprendida, también, este miró  con algo de envidia el movimiento suave de aquella luz viva. Sin embargo, el estero siguió cantando alegre, el polvo, no le dio importancia y las bestias menearon la cola como de costumbre  bufando el susto.    

Levantó medio poncho con un gesto natural y echándoselo al hombro, movió la cabeza de un lado a otro estornudando las palabras que comenzaron a tener formas, colores, sabores y aromas.

La sobrina de Pascual... comadre de su abuela... pariente de Segundo Gatica, casado con doña Lucha. La señora, esa que nos convidó agua.  Ella tuvo uno... pobre vieja, que sabía ella lo que era, no ve que ésta vivía en unos bajíos donde hacía unas vueltas y unos recodos el estero cullinco... ¿Qué pástales más lindos? La hualputra se volvía loca creciendo, los chanchos de Pascual eran los más lindos de la zona, no ve que ese pasto  engorda tanto... Fíjese que. Un día  este cristiano venía de noche montando el bandera, una bestia rocilla... muy lindo manco, le colocaron bandera por la cola, porque cuando corría, la colocaba derechita y pa’rodear, hay no más había. Hay que ver lo que son los antiguos de ignorantes. Sería la suerte del hombre.   Sacándose el sombrero, rascarse la cabeza, escupir el suelo, era un sólo movimiento mientras se reacomodaba en la montura. Afirmó:  Que bruto tan grande. Iba de noche pa’ la casa, cuando pasando las trancas. Ver lo que es la suerte, cuando pasa este mismo pájaro, le pasó  rozando la chupalla. Este que ya lo conocía, se fijó bien donde había parado y le puso las espuelas al flaco...  Este de dos patadas llegó a sentarse cuando Pascual tiro de las riendas. Cuando iba por las faltas al pueblo.  Le llenaba unos sacos  cargándoselos en la montura, le sacaba las riendas y lo echaba con una palmada en el anca para la casa. Pobre de aquel que intentara atajarlo. Llegaba a las trancas, pegaba unos relinchos. Ya sabían que Pascual se había quedado tomando. Después, este lo perdió en unas carreras en CholChol y se lo llevaron pa’ Galvarino y de ahí no se supo más. Levantó la vista tratando de sujetar  un largo suspiro de pena que, pese a todo, se fue perdiendo, mezclándose entre la tenue neblina que salía  del agua del estero.

Las quilas, los avellanos, el lingue y los hualles escuchaban sin hacer ruido, asombrados, quietos, embobados mirando la vía  láctea, sólo bañados por el ruido del estero  mientras la luna se reía de los sapos enamorados de ella, árboles, estrellas, estero, luna, sapos, hombres y caballos, empujaban la noche en ese silencio aparente mientras las vacas tranqueaban el camino. Solamente una voz rompió  la imaginación que vagaba en esa realidad de espacio inmedible de  bella noche clara en el tiempo... Y se lo regaló a su sobrina cómo una novedad. Esta lo mira, lo toma y lo mete en la cocina,  arribita de la puerta y  ahí lo deja. Esta, otra bruta igual a su familia... Hay que ver  la suerte cuando no es pa’ uno y yo que tanto deseé tener uno.  Claro que eso era cuando era joven pero, ya estoy viejo. Así como le iba diciendo y contando, la chiquela lo tomó y dejó no acordándose más del. Aún a esto hay que darle comida.  Son igual que un librito cerrado, las alitas las juntan hacia delante y dejan una rajadurita donde uno lo alimenta, bueno, según pa’lo que usted  quiera, si quiere plata, le coloca un peso y cuando ya se lo comió, se le coloca otro y esto hace que se le vayan cayendo las plumitas que son de puro oro.  Claro, ella lo dejó solo.  Una noche despierta el tío, no ve que esta vivía con el tío.  Asustados miraron como ardía la cocina. El fuego salía por todas partes, correr y tirar agua con cuanto tiesto pillaron, hasta la sopa que habían dejado preparada para el día siguiente. Cuando se dan vuelta para ir al pozo, ven que se apaga. Poquito después, este perdió la yegua parda, parece que comió cicuta según dijeron. En la mañana todavía medios espirituados, ella fue haber al pajarito y no estaba. No ve que estos cuando abren las alas, todas las plumitas son de oro, la pechuguita es un rubí, los ojos son perlas luminosas y las patitas son espejos del espíritu de su dueño ocasional y como esta mujer no le dio nunca comida, se fue y voló pal’ mismo lado de ahora. A los hualputrales. Cuando  abría  las alas para volar, hacía que la luna llena se apagara colocándose media rojiza por un rato. Daba la sensación que se avergonzaba de tal belleza nocturna. Es increíble, la fuerza de luz de este pajarito. Usted ya lo vio. Cuando algún cristiano lo ve, al día siguiente la tierra se mueve. Así sucedió cuando se le arrancó a la Rosa. La tierra se disgustó y el cerro del frente de la casa quedó partido en dos, entonces la gente le colocó cullinco al estero y todo porque salía oro a raudales. Este antes se llamaba los lingues, no ve que  nacía de una vertiente entre dos lingues.

Silbidos, gritos, mugidos y los primeros cantos de los gallos, recibiendo el alba.  Las primeras casas ya echaban humo, algunos perros ya sin ganas de ladrar, levantaban la cabeza y se volvían a echar. El lucero se despedía a medida que se apagaban las ampolletas de la calle. Un rato después, sentados en una mesa, frente a una taza de café, una tortilla caliente, ají para untar y un humo espeso de cigarrillo que dividía gestos y algunas moscas molestas tratando de interrumpir la conversación. Como despedida, una voz lenta se elevó aconsejando. Si quiere uno, Don... váyase  de nochecita... usted ya sabe.