MI TIERRA

Este cuento recibió Diploma de Honor de la

 Fundación de Comunicaciones, Capacitación y Cultura del Agro, Chile,

por la participación en el 9° Concurso de Historias y Cuentos

del Mundo Rural, 2001.

Y… Quedé mirando el pasto. Esa voz fue mi primera impresión; al enterarme  de esas palabras, estas se fueron transformando en imágenes visibles, además, danzaban al frente de la casa cambiando el entorno cotidiano mientras él hablaba y yo, oírlas, mirarlas mudo sin saber responder. Detuve mis pasos en medio del patio, quedando atrapado  en esa neblina de día claro, no comprendía, no hallaba  qué hacer. Caminé un poco, y tomé asiento en la escalera de entrada para empezar  nuevamente a escuchar.

...Con mi último ojo, o la nebulosa en que se fue transformando mi voz interna... Yo oía esa  voz, seguramente trataba de explicarme qué le había pasado.  ... El pasto es de un verde oscuro, las raíces casi blancas.  La tierra de un café negro y compuesta de una multitud de granitos... Y  en cada uno de ellos, me aseguraba, se encontraba un mundo aparte. ... Es así, cómo la observo, la veo de ese modo, porqué estoy encima de ella... Y yo vi y sentí todo lo que decía.  ... Un calor me cubre la cabeza.  Ayer llovió, pero no porque el tiempo estuviera malo, fue sólo la helada que no quiso quedarse enredada en el pasto, ni en los árboles, ni en  parte alguna, y se elevó rezongando  tras un viento frío, inquieta consigo misma, molesta al no poder quedarse...

Miré al interior de la casa y pude ver el rebenque colgando del marco de un espejo quebrado. Volví la vista hacia el patio y comencé nuevamente a escuchar claramente. ... Todo comenzó cuando ayer prendí el lamparín, éste pestañeaba  reclamando que aún era muy temprano para iniciar su trabajo, le puse parafina, le recorté la mecha, limpié el mango, sacudí soplando un poco el vidrio con el afán de despertarlo y recién ahí caí en cuenta que había sido lento en esos menesteres; llegando la noche, escuché venir a alguien, sin embargo, los gansos no habían graznado, a lo mejor fue solamente una estrella que se corrió en busca de un alma; algunas veces sucede. Todo se encontraba  en una penumbra tranquila, apacible, el firmamento alumbraba de cuando en cuando. La luna nueva se escondía cantando y callando entre las nubes, haciendo oscuridad, frío y más silencio.

Al venir el día, unos chanchos me comieron las orejas,  dieron vuelta mi cabeza, sentía cuando la  pisaban, posteriormente no dándome mayor importancia, se marcharon sin más ruido que el de las hojas secas crujiendo  debajo de los árboles.  Era la época de las avellanas.  Una rama de hualle cercana resonaba, reía y lloraba, silbaba para entrar en calor, sonreía por estar viva y suspiraba  por sus hojas que iban cayendo, sabía que se estaba quedando desnudo y todo lo repetía en una misma letanía. Caían gotas de agua en forma monótona.  En un momento, pude  mirar lejos a través de un vidrio del ventanal y perder la vista en el valle de allá abajo, después,  levanté los ojos y aparecieron las enormes montañas, los andes y en un cerrar de ojos, desaparecieron en la penumbra, pero sé, que se hallaban allí. De repente aparecieron dos resplandores alumbrando la ruta del bajo, no cabía duda, era el micro de la tarde que no paraba de hablarle al río, corriendo en contra, contándole a éste las maravillas vistas y censurando la resistencia del camino que se quejaba eternamente de todo  que le pasara encima y así seguía durante todo el trayecto, posteriormente, había que romper las aguas del río encima de un par de tablones. Balsa la llamaban, vaciar su carga de gentes y respirar profundo hasta el día siguiente. Los pasajeros seguirían tranqueando la noche, jugando de vez en cuando a los fantasmas. Las  fantasías reales acompañaban el ánimo de cada uno para continuar  andando, regañar con las matas, empujar los deseos y comer ansias caminando hasta llegar al fogón. Por instantes, sentía que iban arrancando mí piel, debe haber sido  que ya me estaba enfriando. Y quedó el ojo derecho libre, volvieron a darme vuelta la cabeza y el sombrero  quedó encina de las hojas secas, pero esta vez no habían sido los cerdos, era el perro que intentaba a toda costa de pararme a lengüetazo limpio...

Las sillas de paja, se tambaleaban a los acordes de algunos ruidos en la radio y se aquietaban escuchando una zamba triste, rememorando quizás penas del alma, o paisajes muertos en vida.  En el monte, adentro, torcazas, zorzales se juntaban a  vacas ramoneando añoranzas del presente marchito, rumiando la esperanza de una vida larga.  Seguro que me resfrío esta vez y tirité un poco. El sol salió débil, las nubes amenazaban por el norte y las rodajas de metal tapaban  la  cabeza  a un carretero que caminaba por un rastrojo dentro de una fotografía añeja; las espuelas se veían quietas, sin embargo, tintineaban de vez en cuando cómo si los bueyes las fueran haciendo sonar arrastrándolas sobre  las cañas cortas del  potrero vecino que se divisaba sin estacas, pero ellas, continuaban estáticas y la pared también.

...Fue fiel hasta el último, me defendió a su manera y por más que ladraba, saltaba, todo terminó siendo inútil, los puercos  siempre se daban mañas para volver. Perdone vecino por este pensamiento, uno se pierde, uno se enreda, también no es menos cierto, que olvido cosas a medida que pasa el rato, además, donde estoy, no hay tiempo de corregirse, siento que he perdido la medida del tiempo. Nunca pesé que lo iba a lograr. Esta tierra es mía. Usted bien  sabe. Llevo años aquí; la compré sin una explicación valedera, aunque sé, que la tierra es de todos.  Seguro que tuve la intención y la ilusión  en verla florecer algún día, a lo mejor,  van a ser mis hijas, o mi mujer que es longeva por ancestros la que  verán sus frutos.  Si es que resisten a la tentación de no volverla dinero lo más pronto posible.  A veces la veo hermosa y desaparece  en el primer  recodo, reprendo los alambres, las estacas. La maleza se ríe segura de haberme ganado. El mate quedó silencioso, al final ya era solamente agua caliente entrando al estómago...  Yo sentía sonar la bombilla.

...Al comienzo traté de  contar las hormigas, luego fue imposible, llegaron tantas, que pusieron a  caminar  mi cráneo trasladándolo a unas matas de arrayán. Después comenzó a lloviznar, la leña se negaba a calentarme y eso que jamás he sido malo, al menos así tengo entendido, aunque la recomendación venga de tan cerca.  Y en ese minuto, recuerdo,  cómo iba a calentarme si no la encendí, no  hice fuego en  la cocina. Este año no  quedó ni para harina... Y los árboles cercanos, asintieron soltando más hojas. Ésta vez se hizo más visible y pude verle  los hombros. ... Los hombres, son cada día más exigentes en cosas inservibles, en el hacer cosas por hacer y sin saber para qué, algunas veces  tenía la sensación de que yo fuera enemigo de ellos y todo por haberles mostrado  su mezquindad roñosa tan común. Esto trae a la memoria cuando tusaba a la bestia, ella conservaba la costumbre de hablarme al oído, acusaba a los bueyes en un tono de auto justificación maliciosa, debido a que no le dejaban pasto tierno; además el perro, le ladraba cada vez que la veía.  Yo le explique en aquel entonces, que debía ser, porqué no la había peinado ni arreglado su cola y así nos fuimos el día anterior andando al encuentro de las trancas del otro potrero. Enseguida llamé a tarascón.  Me puse las manos en la boca y le silbe fuerte.  El quiltro de la casa llegó corriendo moviendo la cola y pasé a reprenderle su actitud frente a la yegua, le dije que ella, también pertenecía a la casa, el muy ladino, se acercó revolcando la cabeza entre las patas delanteras y mirándome con ojos de perdón, botándose de espalda, contestó despacito.  Ella se burla sacándome  la lengua, el otro día me lanzó dos patadas, claro, yo estaba echado y no la sentí al acercarse,  es más, siempre sigue a los animales, los espanta para que no coman, por eso, cada vez que la veo andar en esas correrías, voy a llamarle la atención, es cierto que le he dado unas agarraditas por las corvas, pero morder, morder, no.  Lo quedé mirando, volví,  entré a la casa y le tiré el último trozo de pan que  quedaba.  Fue ahí, casi estoy seguro, pensé algo extraño.  Empecé a entender lentamente  el aire.  Los mil ruidos que escuchaba parecían voces claras de una serie de universos desconocidos, a los cuales, ahora podía entender, mezclarme con ellos, sin angustias ni ansiedades, sin dolor y en una rápida intuición, sin ser brujo, sé  que estoy integrado a todos los reinos, era una actitud de espera paciente sin temor de ninguna especie, más bien, teniendo la certeza de poder pertenecer a un mundo cualquiera, en cualquier instante...

Al avellano lo divisaba cubierto de perlitas cristalinas y cuando se mecía por cualquier razón, estas caían disolviéndose de inmediato  en el pasto, hierba  cristalina que servía de espejo donde quedan recortados los árboles inmóviles  y paulatinamente desaparecían  hasta no dejar más que  un silencio largo y húmedo.

Mi curiosidad revisó nuevamente el interior de la pieza, en ella  se veían, desde una aguja de coser sacos, hasta jeringas, papas, porotos, pilas agotadas, jarros, riendas y la radio sonando  una sílfides ya muriendo  tras las espigas de la cosecha anterior.  Un clavo pegado a la pared, recibía suspiros de los respaldos de las sillas, perchas magníficas y escaleras insuperables para todo uso.  En el rincón, a la orilla de la ventana, el calendario se veía agotado de trabajar, había cambiado de color, estaba amarillento de tanto trasladar días, estos resbalaban lentos, habían caído uno encima del otro sin importar cual fuera, es más, se olvidaban mutuamente entre sí, algunos meses, intentaban pasar desapercibidos a una rendija del piso, pero los gatos  no les permitían y jugaban tras meses llenos de días ignorados, entonces, rodaban cual ovillo a la quebrada tupida del olvido,  la que no dejaba entrar exhalación humana. Por conclusión y con medio cuerpo adentro, tuve que deducir que los días no entienden las reacciones de personas. Las gallinas andan regañando y se entretenían picoteando mis zapatos.

... Mis vecinos, incluido tú,  hablan de veinte, treinta, cuarenta años. Todos viven del pasado y  comentaban a manera de religión hechos acaecidos. Siempre les dije que no conocía, que era nuevo, por lo tanto, no tengo razón a saber.  Me miraban incrédulos y en sus pupilas  resaltaba la palabra, mentiroso.  No obstante,  sus campos siguen sin alambres a pesar de las fabulosas cosechas obtenidas hace no sé cuantos años atrás. Fue cuando sentenciaron.  Tienes que pagar el noviciado... Se hizo un silencio, el perro se estiró y volvió a echarse. ... Hace rato que hay  viento, unos pocos pestañeos de estrellas y una calma aparente.  Por segunda vez, podía escuchar claramente el ruido de dos hojas chocando. En eso, un tango sacudió la puerta y  sonreí. No alcancé a apagar la radio ni  la lamparilla, tampoco a cerrar la puerta. Esa es la causa, que tú la encontraras  abierta. No puedo acordarme  de algo agradable en mi vida, es muy probable que no haya  tenido nada significativo. No, no podía recordar, solamente  vino  la evocación,  que  siempre me agradó estar solo.  Entonces empecé a  sentirme pieza de todo lo que mirara, parte del silencio o del viento, es ahí, sucedió, pero no pensé  qué iba a resultar y de ésta manera.  Sentarme, caminar sin moverme, ir tomando la forma de lo que iba pensando, pasar de una cosa  a otra, con el sólo antojo de quererlo para volver a revivir y percibir una y otra vez la sensación de estar suspendido en el aire. Sentirme  libre, flotar, ser parte de todo  y lo único que se viene a mi memoria  en este minuto, es decirte.  –Qué  increíble-- El agua, llevó a adentrarme en los  laberintos de las hormigas, mejor dicho, sirvió para sacarme unas pocas, además, significó una nueva defensa y  no seguir siendo de comida a estos seres, daba manotazos, o así tengo la impresión, pero es inútil, o fue inútil, ya que sigo diluyéndome lentamente en algo que no entiendo. El aburrimiento en la vida, es el continuo batallar entre nosotros, esperando que alguno se descuide  para aplastarlo, a eso, yo no pude adaptarme, a ese tejemaneje innecesario, es aquí, donde tú me ves, los árboles se  borraron, los cercos temblaron y pensé, créamelo, ocurrió tal cual lo había imaginado tantas veces, si, era realmente cierto.  En ese instante, una evocación tardía apareció;  fui hacia una de tantas cosechas, mordí las piedras que iba soltando el arado hasta desgastar mis  dientes, aún, así y todo, al final me quedaron unas encías rojas sangrando, unas manos sin uñas, deplorando sentir  en la piel, ver  pasar  los días, los meses, las palabras, las nubes, el agua, el viento. Y quedé mirando las estrellas.  Sin querer ni sentirlo, fui evaporándome.  Comencé a penetrar por las hojas de los árboles, mis brazos siguieron al viento, las piernas se fueron por la vertiente y en un segundo, no ser uno, sino, un sin número de objetos o cosas, pero cosas vivas.  Lo logré...

La cabeza cayó al pasto y el perro corrió presuroso a cuidarla.  Al medio día comenzó a llover. Los avellanos, los lingues, el cerco, el gato, los pájaros, se fueron quedando callados mientras la claridad se resbalaba en la cordillera y el lucero aparecía  sentenciando. - Todo lo que es, ya fue -.

...Sentía  correr el agua, tenía la sensación de frío.  El mate se quebró al caer en el piso y en ese mismo instante, apareció un silencio extraordinario. Te digo que esto sucedió el martes en la tarde...

Yo vi cómo se iba desapareciendo su cabeza y percibí ese misterio en cuanto traspuse el portón. Hoy es el medio día del viernes. Al acercarme a su casa quedé  sorprendido al ver las imágenes del pensamiento mezclándose con figuras y viceversa, nadaban  en el aire al compás de esa brisa de medio día plomo. Frente a  su vivienda y en el lugar donde aparentemente estuvo su cabeza, el perro dormía, seguramente cuidándolo, las gallinas andaban cacareando el hambre, todos regañaban  su comida.  Miré en rededor y quedé asombrado de ver tanta  vida, no tengo noción del  tiempo que estuve observando, pero lo curioso, fue que al recibir su voz,  sentí tranquilidad. Acepté de inmediato a don Pedro en ese juego de voces silenciosas e imágenes sobrecogedoras, únicas, interrumpidas de vez en cuando por la vida que él había dejado de éste lado.

...Y quedé mirando el pasto, por eso fue que cuando comenzó a llover, sentí frío, luego dejó de llover y el sol apareció débil, despidiéndose. Oí lejanamente ruidos, ahora puedo sentirlos, todavía me pregunto...

Con una sonrisa plácida lo vi desaparecer calmadamente, y yo le respondí mostrando mis dientes envueltos en una mueca de risa incrédula, levanté la voz para saludarlo y su imagen, palabra  pensamiento, se recostaron entre los matorrales cercanos  volviéndose ramas perennes.

Yo lo vi, yo lo sentí.  Él me habló y es esto lo que le escuché. El aire sonrió, el sol miró  atrás al escuchar la última palabra de Pedro.  ¡Qué lindo es el mundo!.  Después nada. Todo se diluyó.  Todo se disolvió. Sólo quedó en el ambiente  un segundo más su voz.  ...  Toda mi alma es todo... Y apareció la noche.

Sentado en el tercer escaño, comencé a rascarme la cabeza sin saber que hacer, luego me levanté y  fui a casa tratando de no pensar en nada, pero en realidad, para ser sincero, me fui chuteando cuanta piedra encontraba en el camino.  Todo lo que vi, escuché, sentí, oí, era palabra. Les juro que es verdad.  Palabra que es cierto.