EL HOMBRE DEL HACHA
De Jorge A. Flores Clerfeuille
Mención Honrosa en el
Concurso de Historias y Cuentos del Mundo Rural,
Chile, 1996.

Vivía bajo el
murmullo de unos coigües gigantes, se asombraba de sus ramas que se extendían
como brazos por sobre las quilas y toda esa majestuosidad, en medio de las voces
naturales de su tiempo. Sus pies, los de él, ayudaban a sujetar troncos de
robles en pleno invierno para que no se los llevara el viento. De vez en cuando
observaba la paciencia del cielo y se admiraba con que silencio pasaban las
nubes, pasaba el amanecer, llegaba la noche, hasta que sentía el primer canto de
la diuca que le anunciaba un nuevo día... Le crujían los dientes cuando
aparecían las nubes negras. Su espíritu era receloso, miraba de soslayo, a la
gente le hablaba poco, les tenía un resquemor callado, siempre silencioso,
aceptaba el mandato inapelable de su entorno, cómo si fuera algo propio. Si,
sólo lo buscaban aquellos... y lo entendía igual a una orden divina.
El agua baja cantando la quebrada, alegre, haciendo
cosquillas a las piedras, jugando en las matas de helechos y renuevos de
canelo, también esquivando raíces muertas de otrora monstruos vivientes,
arrancaba entre los bramidos de las vacas que se empujaban para beberla, en
las mañanas y tardes. El amanecer era una fiesta de cantos que alegraba el
lugar iluminándolo de vida. Los animales, llegaban solos al corral. El perro,
poco trabajo tenía, ladraba de cuando en cuando al ver una alma en pena que
llamaba desde las trancas. – Juan José.- Se escuchaba a veces. Porque así se
llamaba. A él lo nombraron desde chico por ese nombre y la gente no le recuerda
padre ni madre conocidos, se crió en las lomas, por los riscos, por los montes,
era parte de la naturaleza y ella fue, dicen, que le puso ese nombre.
Al venir el día se escuchaba su nombre, aún lloviendo,
rayando el alba aclarando tan solo. –Buenos días, Juan José, decían los raulíes,
los radales, los laureles y formaban tal zalagarda de vida que se transformaba
en un boche interminable de movimientos y gritos, a ratos encontrados, a ratos
descompasados y bajo ese bullicio tranqueaba esparciendo calma paso a paso por
su sendero habitual entre los árboles, estos se inclinaban al verlo y saludaban
ceremoniosamente, reverenciándolo. Él los miraba y les respondía dando las
gracias en silencio con su hacha al hombro. Esta, la hachuela, cada vez que la
usaba miraba hacia arriba, pedía perdón y le conversaba al árbol tratando de
explicarle la razón del porqué. Cortaba, cuando no quedaban ganchos muertos que
recoger, en resumen, el fuego no daba luz ni calor, lo que hacía, era
temperarle el alma. Más raro era ver que la quebrada donde vivía, se iluminada
con tan poquita leña. En la casa, bueno, casa por decir y darle un nombre.
Entre los palos que hacían de pared había una familia de abejas y estas fueron
las que le enseñaban el orden de las cosas. Si..., pensándolo bien, no me cabe
duda, que fueron ellas. Él les hablaba y ellas le endulzaban la vida. Las
gentes, le tenían pánico, pero él les cantaba, conversaba con ellas y estas, le
entendían. Debe haber sido, porque él era el hombre del hacha. Los otros, sus
vecinos le mantenían una distancia prudente, un respeto mudo.
En la casa de Domingo, la alarma se mezclaba entre una
serie de dimes y te diré, mientras, la compasión con algunos sollozos, se hacía
una sola. Este, yacía en la cama por más de una semana agonizando y no podía
irse, le faltaba encontrar la paz. Algunos afirmaban. –Comió carne de león,
otros, las esta pagando todas y tiene que ser antes que muera, reafirmaba su
compadre -.
La casa estaba hecha un revolute, nadie sabía que hacer.
Las gallinas pasaban susto con tanto gentío, por esa razón es que ya no se
acercaban a las casas y se sentían cacarear lejos entre las matas del potrero
vecino.
En la casa patronal, todo estaba en una semi penumbra. En
una cama, Domingo, recordaba mentalmente su vida pasada, se arrepentía de
algunas cosas, de otras no. Siempre fue tozudo. Balbuceaba incesantemente un
murmullo que nadie entendía. Tarde, mañana y noche repetía, Juan. Nadie le
entendía, ni su mujer que siempre se jactó de haberlo hecho feliz pero, nunca se
atrevió a preguntárselo por tener la certeza que ella tenía la razón, además,
ostentaba el poder de la vida heredado por la especie. Así que cuando él
ordenaba algo, ella hacia caso omiso caminando a la huerta, haciendo ruido con
la loza o pegándole un escobazo al perro. En esa anarquía de poder reinante, sus
vidas transcurrían plenas y placenteras.
Un sobrino, el más apegado a él, le acercó la oreja a la
boca y escuchó un nombre, algo entendió. La Rosa comentaba que no era sobrino
sino, hijo de él. Esta que realmente se las sabía todas, según la gente del
lugar. En última instancia inventaba, creaba de acuerdo a su razón, estado de
ánimo y manera de pensar. Su imaginación fantástica creaba situaciones
increíbles de analogías naturales o irreales sin tiempos ni medidas.
Corrió a la quebrada, el perro que ya sabía, gruñó
mostrando los dientes, la tranca crujió rezongando lamentos de años de
servicios acompañando el grito de – Juan José -. El hacha se levantó sola. Él
movió la cabeza y tomando el sombrero, se puso a andar en un reflejo
inconsciente, daba un tranco tras otro, caminando cerro arriba sin parar, a casa
de aquel. Mientras tanto, el alma de Domingo, salía y volvía, recorría los
caminos andados tantas veces y rogaba en su semi inconsciencia que se quedara
extraviada definitivamente, perdida. Es más, que no volviera sin traer las
disculpas respectivas. El alma se esmeraba en ese vano intento real. Trataba de
dar las mil disculpas correspondientes, sin no antes pasar sustos dentro de
esta irrealidad. Algunos, aceptaban las disculpas, otros no, como el alazán que
de tres relinchos y un par de patadas la espantó tanto, que no quiso salir más.
El hombre difariaba con lo que miraba mentalmente, llegó a tal punto, que las
imágenes de los pensamientos comenzaron a salir por las puertas, por las
ventanas, se arrastraban por las escaleras y por cuanto hoyo les permitía salir
de la casa. El objetivo fundamental, era salir fuera, salir al aire.
La gente
que estaba en la casa y ha alrededor de ella, al verlos, se persignaba y movían
la cabeza sentenciando. –Aún le falta-- A veces, gritos aislados remecían la
casa, las palabras que lograban convertirse en frases, caían al suelo,
sirviendo de alfombra y con tanta gente deambulado de un lado a otro, nadie
se daba cuenta cuando las aplastaba. Eso sí, chorreaban más de algunas lágrimas
que iba ha regar a las siempre vivas, los perdones se enterraban a la orilla de
las no me olvides y las suplicas se abrazaban a las alegrías del hogar ya
florecidas. El calendario salió volando por una rendija dejando atorado algunos
días en las tablas y media fotografía del tiempo al revés.
De repente, todo quedó en silencio. Primero, apareció el
perro, los otros quiltros de la casa se echaron miedosamente al suelo,
reconociendo de inmediato, una supremacía tácita. Él pasó cómo si no
existieran, los miró moviendo la cabeza de un lado a otro, haciendo un desprecio
displicente mostrándoles los dientes, y no viendo ningún amago de nada a su
alrededor. Se paró arrogante, lanzando un aullido largo que hizo caer todas
las manzanas, verdes y maduras de la quinta cercana para gran felicidad de los
chanchos. Dio la famosa vuelta del perro, y se echó lentamente al pie de la
escalera esperando tranquilamente a su amo. Éste cuando llegó, subió los
peldaños y con el zapato tuvo que apartar algunas palabras, otras entretanto,
estaban amontonadas en el patio y lo más sorprendente, era ver como actuaban con
vida propia, llegando hacer capaces de enredar a cualquier cristiano. Esto, lo
molestó un poco, traspuso el umbral diciendo, -¡Salgan todos!.- Algunos vieron
cuando quedó en la parte posterior del catre, se sacó el sombrero frente a
Domingo y cerró la puerta. La gente, toda afuera, no podían creer lo que veían.
Miraban espantados como salían de las ventanas, estando estas cerradas. Las
maldades de una en una. Varias señoras se tapaban la boca con el delantal
floreado al ver algunas picardías conocidas, de vez en cuando algunos varones
rechinaban los dientes, al ver cómo los había esquilmado y ellos sin darse
cuenta, algunos a manera de desahogo llegaban a patear y mear las estacas de la
huerta, para después, rascarse, mover la cabeza, meterse las manos en los
bolsillos, dibujarse una sonrisa en la cara y tener la seguridad de haber
perdonado al moribundo.
Los vicios, se atropellaban en la puerta causando risas, la
miseria entre tanto, rompía algunas tejuelas en el techo, pero lo curioso era
ver a todos dándose vuelta, intentando no mirarla, de no fijarse en ella, sin
embargo, la porfía volvía a colocar el techo, cerraba las puertas con un ímpetu
y diligencia, digna de admiración de cualquier mortal, a las ventanas les corría
las cortinas, taponeaba los agujeros de las tablas y toda rendija visible,
aunque tuviera sujeto el olor a leña verde que salía de la cocina. La avaricia,
que ya no podía aguantarse más, se arrastró bajo la puerta gimiendo de rabia,
sin antes, eso sí, llevarse la basura reinante para guardarla, conservarla como
un tesoro muy anhelado de vida y de paso robarles un suspiro a todos los
presentes.
Juan tomó el hacha, dibujó una señal de la cruz en el aire,
al mismo tiempo que murmuraba una letanía que traspasaba las paredes de la
casa, éste murmullo se detuvo al escucharse un grito. Un tremendo alarido, con
el cual la porfía no pudiendo más, salió por el cañón de la cocina a leña en
una tremenda llamarada y quemó toda la basura inundando el rededor de chispas
brillantes. Después vino un silencio iluminando la casa, ésta apareció de
repente adornada en coronas y guirnaldas de flores de papel, también, margaritas
con ramos de laurel. Luego de un corto silencio, dónde hasta el viento se
detuvo, retenido sin duda por los alientos de los deudos, para que el alma de
Domingo tuviera un momento de quietud, y su espíritu cambiara. Ese instante,
sólo fue roto por un aullido largo desgarrador. Que hizo crispar la piel de los
asistentes. En ese segundo, todos descansaron exhalando el aire retenido para
que el aire continuara corriendo al espíritu diferente, llevándose el alma ya
libre de pecados de dicho mortal.
Hortensia que era la mujer de Domingo, elevó su voz clara,
firme como de costumbre, diciéndole a Nelson. ¡ Mátate una oveja para el
entierro de tú padre!.
Ya estaba viejo, mientras desandaba el camino, las piedras
le conversaban. – Ya es hora.- El hacha iba contenta, el perro no tanto por lo
que le esperaba.
Un día, alguien lo necesitó y fueron ha buscarlo, la tranca
no se abrió, el perro se enfureció, los animales salían y entraban al corral,
atontados, desorientados, el agua cantaba alegre porque esa era su costumbre,
saltando y silbando bajo las raíces pero, Juan José no apareció, hasta que la
curiosidad del niño que vino a requerirlo, pudo más. Abrió las varas y el
quiltro meneo la cola, los animales le hicieron una venia, las abejas le dieron
néctar y lo curioso fue que el hacha se levantó y se le puso en el hombro. Esa
noche, la quebrada se iluminó como de costumbre, el niño que ahora ya no es
tanto. Juan José le llamó la gente.
El olor a boldo florecido, más la conversación del maitén,
refrescaban el espíritu de los que quedaron sentados a orilla del fogón. Las
llamas calentaron el alma, la cara, los pies y las manos. Entre la mesa y la
puerta que estaba entre abierta, se vio alejarse un hombre hacha al hombro,
mientras su perro le hablaba algo en voz baja, tratando de no espantar a los
cristianos asistentes.
El agua que caía lenta en ese momento, monótona,
humedeciendo el polvo del camino que se iba haciendo a un lado, con cada pisada
uniforme. La lluvia, el viento, sus pasos, seguían el compás de las estacas de
pellín. Tranco a tranco, el hombre del hacha se fue en busca de sus montañas.
Es por eso que ya no aparece, aunque se le llame. Solamente el viento del
invierno, de cuando en cuando nos trae su nombre, su necesidad, su presencia y
el olor a leña ya lejano en nuestro tiempo.
En un instante de espacio del silencio, alguien levantó la
voz dejando entrar y salir a la soledad en medio de una serie de exhalaciones
interrogantes. Suspiros de dudas. Era un momento irreal, mágico, pero real. El
techo trajo nuevamente un grito. ¡Juan José!.
Afuera seguía lloviznando y el fuego alumbraba cada vez más
las esperanzas del día siguiente.


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