ESTE AÑO SÍ

De Jorge A. Flores Clerfeuille

En el año 1998 Mención Honrosa en el

Concurso de Historias y Cuentos del Mundo Rural.

 

En el  campo, los sembrados estaban verdes, amarillos y se podían ver todos los matices que uno se pudiera  imaginar además, las hojas, el pasto,  todo cuanto se divisaba se mecía con una suave y helada brisa matinal, a lo lejos, el silbido de una perdiz se mezclaba con el cacareo asustado de una gallina, inquieta, desesperada  ante la sombra inmóvil de un peuco.  Las costillas salientes, la sombra famélica se estremecía mientras ladraba, al mismo tiempo que ladraba, se recostaba afirmándose en las tablas de la pared, esta silueta se movía cuando sacudía su pata trasera insistentemente, intentando rascarse las ansias y los recuerdos, pero su vista vidriosa siempre puesta en la puerta, esperando algo, soñando despierto, paciente, aquel trozo de carne que nunca vio, ni verá. 

De la ruca sale un humo espeso que hace salir al gato y eso que éste es parte de él,  más aún, nació acostumbrado a lamerse los escasos pelos chamuscados llenos de alquitrán y todo esto, porque hace su vida  a la orilla del fogón debido a que tiene la ceniza tibia de cama y las piedras que rodean las llamas le sirven para  sujetarlo en su eterno cavilar diario. Él permanece sentado sobre su cola durante horas, mientras estas llamas eternas le alumbran algunos trozos de pan del crío, que caen después de cada mordisco. Y cuando  empiezan a caer  algunas migas al suelo él se agazapa esperándolas y de un salto tambaleante las recoge con un zarpazo, acompañado de un gruñido que solo espanta a las moscas, el  humo  no solo echa al ñasque engrifado, sino también sale con una voz ronca que lo persigue y las palabras que no logran atraparlo, se entretienen rompiendo las paredes, el techo de paja y por último, por cuanto lugar les permita salir. La voz se deja oír entre atorada y cortada.

-Oye  mujer, que diablos le echaste al fuego – Maulló el gato, arqueando el lomo y corriendo disparado por el humo, claro que, lo cierto es que iba más espantado  de su propio hablar.

El perro levanta la cabeza, menea el rabo y lanza un aullido. No se realmente, si lo asustó el gato al salir corriendo, la pregunta de éste, o algún tábano que pasó a saciar su hambre, lo real fue que el aullido hecho por este esperpento de animal, fue un ruido irreconocible, hasta llegó hacer un espacio de silencio en la tierra,  el viento se detuvo y después de ese momento en que este alarido estuvo un instante suspendido en el aire, volvió la brisa a llevárselo lentamente y se fue perdiendo entre los árboles cercanos, los cuales también tiritaron soltando más de una hoja, tampoco sé, si fue por el viento o del susto, lo que si creo, es que el alarido los pillo desprevenidos a todos porque, hasta los matorrales que estaban apuntalando el portón les dio escalofríos. haciendo que éste quedara entreabierto y con tan buena suerte, que sólo dejó entrar  una vez más  a la esperanza de una mañana de día asoleado, para que a cualquier alma  que se topara con ella se le dibujara una sonrisa en el espíritu.

El hombre levantó la vista restregándose los ojos y cuando los tuvo bien abiertos pudo ver el verde, el amarillo, el pasto, las hojas, los árboles, el cielo, las nubes y sentir al viento en las orejas, fue ahí  cuando pudo oír un susurro que le dibujó en el rostro un rictus de sonrisa alegre, entonces se sobaba las manos, se restregaba los callos y movía la boca.  Hablaba vulgarmente solo, se sentía alegre consigo mismo, por lo cual dejó salir bajito una voz tan igual, como la que había escuchado, en suma, copió el secreto del vientecillo que siguió de largo hasta las cañas del trigal y este también se vio muy apurado cuando casi quedó enredado entre las ramas de los árboles y entonces tuvo que hacer otro nuevo esfuerzo para zafarse y luego perderse por el camino de tierra cercano, donde solo las piedras escucharon mudas, sin entender el lenguaje del perro, del gato, ni de los árboles y si no eran capaces de comprender esas voces, menos pudieron con la de él hombre, porque ellas no entienden nada y quedaron impávidas cuando escucharon pasar.

-Este año sí.  Este año sí.-  Cada vez más bajito.

La puerta de la casucha se abre dejando salir una bocanada de humo y una orden.      

-Éntrate  pa´entro  chiquillo del demonio-

 

El aire terso y tibio sostiene las canciones alegres de los pájaros que van pasando de rama en hoja y urdiendo zigzag en el tiempo, en las cañas, en el pasto, en las esperanzas.  Él estaba embelesado con las imágenes reales y feliz  ensoñando futuro. El niño como si no hubiera escuchado, recoge un tarro, corre, salpica barro, persigue al gato, le pega unos varillasos al perro, abre la puerta para entrar pero, no pudo cerrarla porque, una voz rectilínea tuvo más fuerza  que él. 

-No hay azúcar, falta yerba-

Dos ojos café, grandes, redondos, estaban inexpresivos, fijos en el campo y con esta voz fue que comenzaron a mirar, volver a pestañear lentos y lo que lo llevó a girarse sobre sus pies,  posando los ojos sobre una mujer flaca, de rostro arrugado, un delantal floreado con el cual se secaba las manos y después hurgaba en un bolsillo hondo, sacando y sacando semillas que las desparramaba a unas  gallinas que llegaron volando, de no se dónde, y lo curioso, en cuanto ésta asomó a la puerta. Él no dijo nada, sino, siguió parpadeando, claro que esta vez  más rápido.

En un rincón, al lado derecho de la casa, mirando la salida del sol, afirmado en las tablas, descansaba el arado de chancho casi sin punta, tres cuartas más allá, el azadón romo aún sujeta un pedazo de chépica, el hacha paciente esperaba la energía de un rayo para revivir su función, mientras tanto, se conforma  partiendo el suelo, como si del fuera a brotar leña. Nuevamente se escuchó a la mujer y esa voz a las gallinas las hizo volar al techo de la cocina. Las ojotas de Pedro empezaron a secar la tierra con cada movimiento permanente, llegando a levantar pequeñas espirales de polvo en el tiempo lento y se notaba su lentitud en cada paso, tranco a tranco. La noche, el día, llegaban y se iban, pasaban despacio, lentos.  Él se sentía cansado y miraba con ansiedad cómo los días del calendario desaparecían por entre las tablas tingladas de la cocina. Muchas veces se asusto pensando que era por el humo, pero al mirar a su mujer, ésta lo volvía a un despertar de hoy y al mismo tiempo lo hacía soñar con una esperanza de mañana.

El tiempo trajo los amarillos, el sol, coloco rubias las cabezas, llegó el pan, el tostado, las gallinas corriendo por el rastrojo, peleándose los granos que habían quedado olvidados, cuando ya estaban cansadas, se revolcaban, abrían las alas  y se echaban cacareando a la sombra de unas matas.

Pedro, había enyugado temprano, ese día había que cruzar el barbecho y tenerlo listo para las primeras aguas.  Mientras colgaba el arado en el yugo, comenzó a sacar las cuentas de los pagos, había que pagar el arriendo de un buey, dejar para el abono, para la harina del año, la yerba, la azúcar.  Estaba en esos menesteres, pensando en cosas que le eran desagradables, levantó la mano izquierda, se rascó la cabeza, tomó la garrocha y por entre los huecos de los dientes salió  un grito suave, fueron los nombres de la yunta.  Con paso tranquilo comenzaron  hombre y animales a destripar terrones, entre tanto, los tiuques se daban una banquete de gusanos blancos, los bueyes se reían del hombre y este los picaneaba alegando, discutiendo sus nombres que se le mezclaban entre regaños y silbidos.  Tratando de hacerles entender que el arado debía dar vuelta la tierra, en ese ir y venir, vuelta y vueltas en el potrero se pasaron los días, los bueyes alegaban mañoseando, le rebatían cabrestiándoles las ordenes y él les respondía con las voces acostumbradas, con el grito.  Vamos, Corazón. Negro. Negro. Corazón.  El pensamiento ese día estaba descansando.  El corazón tenía carácter calmado, sabía su trabajo, así que solo de vez en cuando, para apurarlo un poco le mostraba la garrocha.  Le gustaba enyugar, al corazón con el pensamiento, estos casi trabajaban solos,  al mismo tiempo se podía conversar con ellos. No así con el negro, con este había que estar atento, no permitía  que ni siquiera le mostraran la picana, araba a medio trote, sin descansar.  Fueron pasando los días, estaba llegando el otoño y la rastra molía los últimos terrones que habían quedado de la cruza, el pensamiento con el negro, andaban apurados por terminar temprano, tranqueaban sin parar manteniendo la cadena siempre tensa y en una de las vueltas, cuando pasaron cerca de las trancas, el negro se paró, se sacudió el yugo, el pensamiento se quejó con ese movimiento brusco, suspiró y no entendió nada.  Pedro botó la garrocha, se acercó a la yunta y comenzó a desenyugarla, estaba en esos trajines y menesteres, cuando el negro levantando el cogote y abriendo el hocico le preguntó.

-¿Este año sí?-

Pedro quedó pensativo, meditabundo, abrió las trancas, los animales menearon la cabeza saliendo al camino y paso a paso caminaron rumbo a la casa.  Él de atrás los seguía con el mismo tranco, pensando lo que le había dicho el negro, no miró el camino hasta que llegaron al corral.  Pedro fue adentro de la casa y salió con  una ración de avena  para cada uno y mientras se las daba, le tomó los cachos al negro, le hizo cariño con unas palmadas en la cabeza, le acarició el cogote y se le acercó lo que más le permitió para susurrarle algo en la oreja y despacito, lo más calladito, lo más bajito que pudo y todo esto era para que no fueran a escuchar el pensamiento ni el corazón. 

-Este año sí-

 

Levantó la vista y se recostó afirmándose en las varas del corral esperando que apareciera en el cielo la primera estrella, para así poder respirarla y sentir la diferencia entre el día y la noche.