ERA ÉL

De Jorge A. Flores Clerfeuille

En el año 2001 La Selección Internacional de Cuento y Poesía en Español editada en la República Argentina, Buenos Aires LA DIMENSIÓN DEL AZUL, Garzón Ediciones, publica en dicha Antología el cuento ERA ÉL. Y en ella Carmen Garzón dice: “Jorge A. A. Flores Clerfeuille, nos permite explorar el universo rural a través de la solidez de su narrativa, rescatando los recuerdos de un pasado que se esfuma junto a sus personajes”.

 

Las hilachas de la manta, flotaban en el aire soltando  el polvo del  recuerdo y los flecos se entretenían corriendo a la siga de aquellos verdes ya  agotados. El rojo añejo, se estremecía añorando, escuchando suavemente  el otrora canto de  gallos enredados en los amaneceres, en muda  espera de la respuesta  del treile, que con su grito, le despertaba el espíritu volviéndolo a su color original.  El viento,  ayudaba a que  pensara  en  cada paso que daba por la orilla de la vereda,  rumbeando sin un destino cierto. Las  nostalgias olvidadas, se le hacían presentes  relampagueando a través de hirsutos  pelos sin dirección, estos repelían la atmósfera de ese instante.  Los sonidos de  tarros,  eran similares a esos salidos de la fragua cuando machacaba eslabones y calzaba  arados pegándoles a combo limpio  restos de hojas de resortes después de la siembra. Dolores repentinos e intensos  de huesos, coyunturas sonoras, no cabía duda.  Iba a cambiar el tiempo,  aceptaba  esa  condición cómo parte de  su vida.

Trastos  a la rastra, pesada carga  siguiéndolo  a todas partes, sonaban a modo de  las cadenas colgadas al yugo, cuando  tiraban la máquina trilladora de planta cerro arriba. Le gustaba esa vida al aire libre; veía el recuerdo y se reía  disfrutándolo, además, no hacía otra cosa que   repetir  lo que tantas veces había hecho,  brazos en alto gritando a las  yuntas, el corazón y el pensamiento de punteros. En una mano la garrocha y en la otra, la  chupalla soplando las palabras, poniendo todo el esfuerzo en el rugido de voz en cuello, con  la intensión que  resonaran más fuerte, a veces, se imaginaba el momento en que  estaba cerca del brasero, entonces, batía las manos esperanzado en que   las chispas vivientes calentaran la tetera y con esto el mate comenzara a sonar calentándole el estómago.

El montón de  cartones  semejaba  árboles abrigándole el cuerpo  y las hojas de diarios  le  tapaban  la cara susurrándole, unos buenos días, unas buenas noches, eran iguales a la parva de paja. En aquel momento, sonriendo se acurrucaba sin quejarse. Hasta ese perro, quiltro más bien, su amigo,   entendía todo.  Llegada la hora  de dormir, se  juntaba a él  meneando el rabo,  encorvaba  el lomo aullando despacito y mostrando una sonrisa, pelaba  dientes  insinuando  defenderlo, fiel compadre de mil correrías,  amigo.  Esa circunstancia, le aclaraba la memoria, en que, en más de una ocasión, cuando en tiempos remotos alguien llegaba a la casa por la noche,  el negro mostraba colmillos,  entre gestos de desagrado y aceptación, se quedaba  en  la  cocina  haciéndose  el  dormido,  por  si  acaso. Esperaba  junto al desconocido el primer canto de la diuca, en ese mismísimo  instante,  justo  cuando   rayaba el alba elevando  el  olor  a  rocío  y  comenzaba  el  día  a  estirar  la vida un segundo  más, era el tiempo enseguida, se levantaba bostezando, luego, haciéndose el leso, empujaba la puerta  esperando a que entrara el ruido, la vida, el movimiento y este otro hombre, siguiera su camino tal cual había llegado. Nunca preguntó nada ¿de dónde venían, a dónde iban, o quienes eran?, eso sí, atizaba el fuego poniéndole un tronco y deseando que las llamas del fogón, relumbraran calentando  las sombras del silencio dentro de la cocina y antes de irse a dormir, revisaba despidiéndose de todo,  deseando   las buenas noches y aprovechando  el mismo gesto,   indicaba  la tortilla que había quedado en la bolsa del pan, colgada, amarrada a la zaranda de  quesos,  para que le sirviera de roquín  al día siguiente.

Reminiscencias  sesgadas, intermitentes a causa del  extravío cotidiano, imágenes volando que caían  interrumpidas en medio de  bocinazos, ruidos incomprensibles en sus orejas llenas de mugre, verdaderos nidos de traros, en coigües centenarios, sin embargo, estaba contento, ya que  gracias a esto, se sentía ayudado  en su sordera real,  pero una cosa sí, vislumbrando, viviendo  esporádicamente  consiente de un pasado lejano mejor. ¡Que tiempos aquellos.

Más de algunos suspiros llenos de  melancolía, se perdían entre las puertas golpeándolas respetuosamente,  después de cada golpe, al unísono, en un  mismo tiempo,  las palabras salpicaban alguna  mampara,  estas, las palabras, las voces que le salían,  quedaban  soldadas  en los marcos de las puertas, otras, se adherían a algunos vidrios y sólo  se retiraban, o salían corriendo, cuando él se  sacaba el sombrero.

El caballo mulato, un pingo que por un  milagro no hablaba, corría cortando el viento hasta perderse en las nubes, mientras esto sucedía, su cola iba limpiando el cielo y sus relinchos hacían pestañear a las  estrellas en cada noche clara, en ese minuto, la tierra  celosa reclamaba que volviera a pisarla, de este  último, tenía borrosas las imágenes, igual que  niebla espesa de mañana de otoño, fue entonces, en ese segundo que; entrecerró los ojos trayendo evocaciones y sintió pena al verlo nuevamente  alejarse rumbo a la feria, mañoseando, reculando, relinchando, seguramente presintiendo su destino y de vez en cuando, veía cuando tensaba  el lazo que lo llevaba sujeto, apigualado a la cincha del otro caballo, se encogió de hombros exhalando  largo  y  la manga restregó  la cara.

El perro, el negro aquel, no quiso venirse, prefirió quedarse  a la orilla del estero, echarse  bajo las quilas,  recostarse  en unas piedras salientes y ponerse a escuchar  el agua del estero. O si no, simplemente tirado al sol, mirando, contando los pájaros arriba de las ramas, incluso, perdía  el tiempo ensoñando, ladrando, arriando el piño de ovejas que ya no existía  y se quedaba  un instante tieso, interrogando el porvenir, intuyendo, adivinando, qué le pasaría y  esperaba tranquilo en el convencimiento que, él volvería a buscarlo.  Las gallinas, se vinieron todas peladas, algunas cocidas, otras por coser.

Se sentó en un portal, en  espera del tarro de sobras,  percibía en el aire   el  olor de  una cazuela  de pava, se rascó el sobaco  con ropa y todo, sin embargo, el vapor  humeante  trajo fragancia  y vista de  la chuchoca  jaspeada de cilantro.

El tiesto, en alguna ocasión sirvió para sus perros, hoy,  ya no recordaba, no sabía cómo había llegado ahí, no se acordaba de nada, solamente vaguedades esporádicas.  De repente, se veía atajando un novillo en medio de una zalagarda de  gritos y se reía.  La gente se alejaba de él, cuando  andaba topeando  murallas, el mono andaba loco, mono debido a su cara redondeada,  ñato y de fosas anchas.    La realidad  de nosotros, no era más que una alucinación imaginaria de nuestros  sentidos,  no existía, lo real, lo verdadero, le pertenecía y sin ningún cuestionamiento se alejaba galopando, bufando, haciendo un ruido infernal de  mil demonios. Su huasca de cochayuyo, creaba zumbidos en  vidrios de cualquier  ventana, estos,  azuzaban  a  perros inexistentes que andaban  siempre a  la siga de él, en cualquier parte,  se paraba, quedaba quieto y movía la boca gritándole  a las baldosas, contándoles cuan  hermosos  eran los pájaros volando, les contaba de  árboles inmensos,  atajando el estero. También mascullaba explicándoles, cómo paraban las nubes y estas, mansamente se convertían en estero. Eso sí, se ponía taciturno ladeando la cabeza, se tornaba  triste bajando la voz, susurrando apenas y enseguida, sin más ni menos, se la golpeaba  tratando que esta entendiera, que descifrara, el porqué.  Él  vio y era cierto, cuando  fueron cayendo uno a uno, en medio de  un ruido ensordecedor, incomprensible para ellos, a  laureles, pellines, tineos, les escuchó sorprendido  el llanto que hacían  intentando  arrancar sin lograrlo.

Él, se quedaba literalmente sin movimiento durante horas, parado, observando  la esquina. Él, en ese minuto era árbol, los postes de alumbrado, eran árboles.  Sin darse  cuenta, tenía  la costumbre, el hábito de aquellos.

Sus menesteres, los ejecutaba en un ritual sagrado,  apilar   bártulos, hablarle al perro y mirar si había sol. Siempre al venir  las mañanas  e intentar empezar echar a andar, se persignaba, luego, comenzaba tranco a tranco  silbando alegremente, imitando a cuanto pajarraco  fuera rememorando, en las noches, cantaba igual que el  guairavo, aleteaba lo mismo   que  una lechuza y mirando hacia arriba, enamoraba  la  luminaria.

Se paraba en el canto de la solera,  asombrándose  y contando el  interminable  hato de animales que pasaba,  los nombraba por sus colores, por el porte y raza.  En un entonces, de esos,  para su sorpresa, vio a parecer a su caballo, le gritó el nombre y llamó al manco de un silbido, fue cuando se encontró sorpresivamente  envuelto en  aperos, lazo, manta y espuelas, le tomó las riendas, se  montó a la manera de  aquellos días y juntos salieron  a atajar a las bestias para tratar  de  endilgarlas  al redil. Toros guapos, baguales, potros chúcaros,  pero con él, no había animal arisco ni  amontañado. Animó a la jauría de quiltros imaginarios y al corral se ha dicho. Yo vi, el instante en que un perro llorando se acercó, la cola entre las piernas,  las orejas gachas, moviéndose tímidamente  en un gesto de  perdón y permiso, su lengua, lamió la cara  cómo seguramente y - no me cave duda lo había hecho otras veces - acto seguido, se sacudió las pulgas asustado de ver tanta gente junta y no sabiendo que otra cosa  hacer,  siguió caminando por la calle en dirección a un lugar  desconocido, no sin antes -eso sí- recibir la infaltable  par de patadas salidas de  entremedio de aquel gentío.  El muchas pulgas -pocas ahora- miró  hacia arriba ladrando al temor y asombrado de ver tantos  letreros luminosos, no le quedó otra cosa que   arrinconarse  detrás  de un poste sujetando el susto, temblando y viendo,  cómo el Mono  galopaba  en el mulato  sacando chispas en el pavimento, tuvo la intención de seguirlos, pero no fue capaz, iban tan rápido, que le fue imposible, corrían tan velozmente, igual o más, que cuando el diablo sale persiguiendo un alma, pasaron apurados, hechos un celaje, a  galope tendido dispuestos a rodear las estrellas antes que se  arrancaran, o  fueran a esconderse  montaña día  adentro.

La gente murmuraba. ¡Pobre hombre,  menos mal!. ¿Quién sería?. A más de alguno, oí decir quién era y  su nombre  quedó flotando hasta diluirse lentamente en las luces de la tarde, nadie escuchó.

Era él. El camionero se deshacía en explicaciones, intentando  mil veces encontrar una  razón lógica y a manera de disculpa se restregaba las manos,  explicando el segundo en que todo esto se   había producido.  Apareció  encima, sin ninguna razón aparente.

Llegó la ambulancia y no se lo llevó. Después,  la policía lo cubrió  con unos diarios, parecía un montón de tierra.  La gente, se encogió de hombros y siguió su camino. Entretanto, las estrellas apuradas corrían al corral de azul intenso, hasta la luna trató de ayudar  atajándolas  en un costado,  cerrándoles el paso con unas varas  de nubes en medio de  gritos de añoranza de las quinchas y cantos de  zorzales.  En ese instante, el arrullo de las torcazas se escuchaba  lejano entremedio de las ramas de unos lingues, quietas, esperando, rogando que estos no fueran a caer, su  único objetivo, era que  el sol al día siguiente les entibiara la esperanza.

En la ciudad, al amanecer, ruidos de vehículos fueron llenando el espacio apacible, melancólico de tardes, de recuerdos olvidados, de momentos pretéritos parados en la esquina de los  tiempos y de la memoria.  Mientras bostezo caminando, veo pasar  un quiltro luciendo unas güilas calchentas de pelos erizados, asustados sin duda de su propia vida y a manera de pasar el tiempo, trataba de  olisquear  las baldosas de la calle en busca de algún rastro perdido,  pensé que a lo mejor, era el mismo de ayer  y esto me hizo  recordar nuevamente el instante. El hecho. Sacudí mi cabeza, despabilando sentidos para poder respirando  algo que parecía aire.  Metí las manos a mis bolsillos, evocando la voz con   que él me había contado tantas vivencias, días anteriores...  Intenté, traté de silbar igual cómo él me había enseñado... No pude, se me había olvidado.

Era el.