CORRIENDO A LA SIGA DEL CHANCHO

Jorge A. A. Flores

Esa noche, después de cenar Marta le ordenó a José -su hijo menor- Mañana temprano. ¡No te olvides! Rayando el alba tienes que ir ha dejar el berraco a Martín que trajeron anteayer ha cubrir la chancha de la María. Luego de esa orden advertencia, chupó haciendo sonar el último mate de la tarde, se levantó, sacudió el delantal de migas, tomó la escoba barriéndolas y sin decir nada, abrió la puerta pudiendo ver de inmediato el cielo estrellado, asegurando con un ¡Mmm! El escalofrío que le produjo esa oscuridad clara anunciando irremediablemente una helada “perra”. Dio media vuelta, cerró las tablas tingladas anunciando al aire un. ¡Noche helada nos espera! Sacó del horno el ladrillo caliente y se lo pasó envuelto en un chaleco viejo para que no se fuera a quemar los pies; aconsejando ¡Deja todo listo encima de la cama! Por lo pronto, presta recogió  el pan metiéndolo en una bolsa bordada y subiéndolo a la zaranda, lejos del gato; junto al queso con el resto de charqui de oveja, cerró el tiraje a la cocina de leña y guardó dentro del horno unas astillas para que mañana no le costara encender el fuego. Pepe salió de la cocina y se puso a orinar en el borde de la empalizada de la  huerta, mientras la quiltra negra se le acercaba haciéndose la lesa  por si le caía un pedazo de pan. Se abrió nuevamente la puerta saliendo una luz con grito.  ¡Cabro de moledera! ¡No podis mear más lejos! Dicho esto siguió ¡No se te ocurra mañana llevar los perros! ¡De vuelta te’quedai en la escuela! Y se entró con un portazo. José se sacudió y notó que hacía frío, empujó la puerta una vez más y pasó a tomar su adobe yéndose por el pasillo de malas ganas a  embutirse dentro del sobre echo por mamá.

Marta  siguió ordenado y maldiciendo al crío por descuidado, había dejado nuevamente la puertaventana de par en par. ¡Chiquillo de moledera, no más! Y amontonó ollas en el fregadero. Trajinó por última vez las vueltas y revueltas; apagó el lamparín de un soplido sonriendo maliciosamente, llegaría a la cama calientita. Pedro, su marido se había ido ha costar temprano, hacía días que se hallaba constipado, mejor dicho- flojera de viejo- y esta noche si que iba a caer una de esas heladas de comienzo de invierno. Marta se apegó a Pedro sin contemplaciones; éste se dio vuelta refunfuñando y agarrándola por la cintura intentó hacer cucharitas. En tanto José mascullaba por la levantada temprano, mientras calentaba las sábanas con su ladrillo arropado. María y Juana en la otra pieza ya dormían hacía rato, así que a la oscuridad no le quedó otra cosa, que ponerse a escuchar la quejumbre de los catres y el concierto de los ronquidos aserruchado noche en medio de los ladridos de la perruna negra.   

Por fuera del cerco, en el camino, pasaba un chancho arriando a un hombre en tanto la perra de Martín ladraba furiosa por encontrarlo, por decir lo menos. Insólito. En aquel minuto, soplaba un viento norte dejando anunciar las primeras gotas de agua.       -Menos mal que iba ha llover-. Todos pedían agua. El invierno se venía seco, supuestamente la primavera sería lluviosa. -El agua tiene que caer antes o después. Sí o sí-. En tanto el humano no dejaba de  trotar tras del animal hablándole, suplicándole, maldiciéndolo con tal que se detuviera un rato, por más que la varilla de mimbre en su mano azotara el pantalón intentando darse más impulso, apurarse y no perder el compás del tranco que llevaba la bestia. Sorpresivamente, por debajo de unas quilas, llegando a la primera vuelta de la huella, asomó otro mastín calchento ha cortarle el paso, la pretensión sin duda, desviarlo del camino y dejar que aquel cerdo hiciera su camino sin ser seguido por tamaño bruto. El hombre se agachó sin dejar de perder el tranco, recogió una piedra y el flaco roñoso sujetó su furia esperando una oportunidad más propicia, que sin lugar a equivocarse, esta llegaría pronto, de vuelta, en otro rato y en ese instante, -otro gallo cantaría-  así que quiera o no, no-se le escaparía.

El puerco llegó a paso largo, con trote rápido embocando a la calle principal, olisqueó el cruce levantando la trompa al aire y se dijo para así mismo  -yo me vuelvo, cómo me voy a ir pa’mi chiquero, sin echarle otra montadita a la chancha de Doña María-  y sin decir agua va. Amontonó reflejos en el acto y como estos son sencillos, solo pensar y hacer. De inmediato, sin asco giró sobre sus cuartos traseros, dio media vuelta y pasó corriendo por sobre el cristiano llevándole el alma en un suspiro. Lo haría quiera o no, volvería a recorrer lo andado sin remordimiento. -para que aprendieran todos que las necesidades y los placeres, no podían reprimirse, guste a quién le guste-. Al poco andar y midiendo coraje, envistió los alambres del primer cerco de púas que le entorpecía el camino, pasó haciendo rechinar la estaca entre la primera y segunda hebra, al otro lado de un hocicazo, aprovechó de aventar a un perro que ladraba sin asunto a unos arbustos y endilgar echo la velas a lo derecho, a cortar ruta y a correr sea dicho, feliz galopando al encuentro de la puerca de la María.

El hombrón por más que se azotaba los pantalones galopando montado en un palo, quedó enredado por donde pasó el berraco echando pestes a diestra y siniestra hasta que luego del último tirón, un trozo de chaqueta quedó prendido en las púas simulando bandera al viento, anduvo unos pasos, trastabilló y de hocico al suelo. El pellejo andando, molesto por los amagos anteriores, peló dientes dándole gracias a dios, debido a que tuvo recompensa tras su espera paciente, su nueva oportunidad después de aquel mal rato y sin más, salió corriendo sin asco a tantearle las canillas, -a falta de marrano, buenos eran los intrusos ajenos al vecindario-. En el apuro de zafarse de la bestia aquella, recogió un terrón y con tan mala suerte, que era una bosta seca de vaca a lo cual el flaco reconociéndola, volvió a la carga por la otra pierna zarandeándolo y quitándole un zapato con un pedazo de basta del pantalón descolorido, reculó un poco sin dejar de sacudir los restos, más bien, retrocedió molesto haciéndole asco al genero y al sabor desagradable del calzado plástico. Nuevamente volvió a la carga, esta vez más furioso aún, levantó los pelos del lomo mostrando toda su furia. A ese escándalo propicio a jolgorio, había llegado una jauría de perros costillas afuera, lagarteados, negros con blancos y ahora si, que la cosa se ponía fea; no quedándole a Pepe más recursos, que tirarse sin más salvación, apurado encima de unas zarzas hasta que apareciera algún cristiano de buena voluntad para pedirle ayuda, o los famélicos se cansaran de tanto alarde; lo que no tenía claro en ese momento, que el hambre de aquellos era mucha. Y lo peor. Había invadido territorio privado sin permiso. Por ahora, tendría que tratar de no moverse demasiado, sino, las espinas se encargarían de hacérselo saber. Recordó entre  pinchazos  que  los ladrones -según decían- se sacan la ropa para que estos se calmen y no ataquen. Sin esperar, ni medir consecuencias futuras, se empelotó como pudo, las pilchas volaron y los quiltros por arte de magia se fueron calmando, -seguramente lo encontraron muy esmirriado- se dieron media vuelta y dándose por satisfechos se retiraron  lentamente a las casas del fondo.

José comenzó a salir pausadamente, desenredándose con mucho cuidado de las matas espinudas, -más rasguñado que gata en celo-, por fin pisó tierra firme, al mismo tiempo, sintió un alivio respirando profundo intentando que le volviera el alma al cuerpo. Se hallaba en esos menesteres, detrás del apiario de Martín, cuando la perrería aparentemente resignada, haciéndose la dormida, esperaba su otra oportunidad en una esquina del cerco, pacientes bajo una sombra escuálida de un manzano silvestre. Al primer movimiento brusco que hizo  Pepe y la lluvia de ladridos junto a las carreras furiosas de los quiltros hicieron que éste intentara saltar el cerco de nuevo y con tan mala pata, por el apuro, tropezaron andrajos y cristiano rebotando; él en  una estaca y los trapos pasando a llevar una colmena del apiario del vecino dándola vuelta, en un tris, cientos de abejas le dejaron su aguijón hinchándosele de inmediato todo el cuerpo.

 

Pasó largo rato lamentándose de su mala suerte, tendido lejos de las fieras, sin oírlas, menos mal, ya que, -se fueron aullando con la cola entre las piernas y dando dentelladas al aire, tampoco se la llevaron muy pelada-, Sin ropa, sin zapatos y sacándose una a una las lancetas con espinas, hasta que de repente escuchó un grito lejano, ¡Estaba salvado!

¡José..., levántate... corre atajar el chancho!  

Él desde el dormitorio notó que ya había amanecido, echó pie a tierra  en forma resuelta. No había escuchado el canto de la diuca. Sacudió la cabeza tratando de despabilar sentidos y se encontró sorpresivamente sobre la cama, desnudo, entumido, agarrado al ladrillo y la ropa tirada en el suelo. Desde la otra pieza su madre una vez más le gritaba  ¡Chiquillo de mole’era! ¡Despierta!. ¡Te’nis que llevarte el berraco de Martín pa’devolverlo!

De la pieza contigua, ella casi no escuchó el.  ¡Nica!... ¡Nicagando! Sólo sintió un aullido lastimero de la negra, acompañando al ruido del vidrio roto por el cual había salido el ladrillo hacer callar la perra que no había parado de ladrar en toda la noche.