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Multiculturalidad e Interculturalidad: Explorando las determinantes contextuales de la Identidad |
Comisión
Bicentenario
Revisitando
Chile: identidades, mitos e historias
Valdivia, 17 y 18 de octubre de 2002
Departamento
de Educación
Osorno, Chile.

Amilcar Forno S.
El
concepto de cultura ha
sufrido grandes cambios desde que se le consideraba como un conjunto - más o
menos estable y diferenciable, en el tiempo y el espacio- de elementos
ideacionales, comportamentales y/o materiales. En esta línea, ya en 1871 Tylor
nos ofrece su clásica definición de Cultura: “...ese todo complejo que
incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, la
costumbre y cualesquiera otros hábitos adquiridos por el hombre como miembro de
la sociedad”[1]. Tylor centraba su
definición en las creencias y comportamientos que la gente adquiere, no a través
de la herencia biológica, sino por desarrollarse en una sociedad concreta,
donde se hayan expuestos a una tradición cultural específica.
Conviene
aquí preguntarnos ¿existe realmente una tradición cultural específica,
en nuestra nación, en nuestra región o incluso en nuestra ciudad?; ¿existe un
conjunto específico de elementos que se pueda definir como la cultura
chilena? Nuestra opinión es que si llegáramos a acuerdo y escogiéramos
algunos elementos ideacionales, comportamentales y materiales más
representativos de esta cultura chilena y luego los desplegáramos en un mapa o
plano destacándolos con colores específicos en una ciudad,
región o zona
geográfica cualquiera de nuestro país, obtendríamos seguramente un collage
complejo con superposición y yuxtaposición de coloraciones diversas y formas
nebulosas en función de cada uno de los elemento culturales escogidos. Esto
ocurriría porque los mentados elementos culturales, comúnmente, no son
compartidos de igual (o al menos similar) forma por (todos, o la mayoría
de) los miembros de una cultura determinada.
Entonces,
si en realidad no tenemos una cultura compartida, en el sentido de una
equitativa distribución de elementos ideacionales, comportamentales y
materiales en un grupo de personas -sea éste un grupo social, una sociedad, un
pueblo, u otro tipo de agregado que supuestamente comparte una cultura- en
definitiva ¿qué tenemos?
Observamos
en nuestra ciudad, región o país una situación pluricultural, corrientemente
definida, desde un punto de vista descriptivo como multiculturalidad, esto es, yuxtaposición de culturas y mezcla de
distintos elementos culturales.
El
paso desde el enfoque multicultural, que es meramente descriptivo, al enfoque
normativo (en la perspectiva de autores como Alcamán y Alsina, entre otros),
nos lleva al concepto de interculturalidad, término que pone el énfasis
no ya en la yuxtaposición de distintas culturas, sino en su interrelación, en
la existencia de fronteras culturales y subculturales dinámicas, en el traspaso
cultural, el sincretismo, los préstamos y apropiaciones culturales, los juegos
de poder, la transculturación y la aculturación.
En
esta línea, de acuerdo con Alcamán (la interculturalidad)...”no exacerba
las diferencias, sino que propone la búsqueda de elementos que puedan unir a
las distintas culturas y que permitan la comunicación para el entendimiento
intercultural”.
Pero
¿cómo favorecer este diálogo intercultural, las relaciones interétnicas, sin
antes revisar nuestro propio concepto de etnia?
Normalmente
asociamos la etnicidad, lo étnico o la etnia a la idea de “grupo humano
no-europeo o no-occidental”; etnia sería, en este sentido, sinónimo de
“cultura indígena”, o “pueblo amerindio” o también, desde una
condicionante fenotípica, “raza de origen precolombino”, etc.
Sin
embargo, el concepto etnia puede ser considerado de manera general como sinónimo
de pueblo. Así, los bosnios, los zulúes, los franceses, los argentinos y los
tailandeses, por poner algunos ejemplos, son etnias o grupos étnicos, ya
que se definen a sí mismos, en palabras de Kottak[2]
“como diferentes y especiales debido a características culturales”. Esta
distinción, señala el mismo autor, “podría surgir del lenguaje, la religión,
la experiencia histórica, el aislamiento geográfico, el parentesco o la
raza”. De esta forma la etnicidad es definida por Kottak como...”sentirse
parte de un grupo étnico y (excluido de otros por esta afiliación)”[3].
Desde
otro punto de vista, Barth, coincide en que la noción de etnia designa un grupo
humano que se reconoce diferente de los demás, pero enfatiza en que la
“identidad étnica no se define por la posesión compartida de un conjunto
estable de rasgos objetivos sino por una dinámica de interrelaciones y
correlaciones donde en última instancia “sólo la conciencia subjetiva de
ser diferente es un elemento insustituible”. Avanza además este autor en
un concepto más colectivista e intersubjetivo al destacar que “...esta
conciencia no corresponde a ningún contenido, sino a un conjunto de ilusiones
(o elementos subjetivos) sancionadas socialmente como verdades
incuestionables (...)”. Finalmente completa la idea aclarando que “no
es que no haya diferencias “objetivas” entre grupos humanos diferenciados,
sino que estas diferencias han resultado significativas para alimentar la
dicotomía nosotros-ellos”.
En
síntesis, en la perspectiva barthiana, sólo hay grupos étnicos o identitarios
en situaciones de contraste con otras comunidades” (Barth, 1977)[4].
De
estos planteamientos concluimos que es precisamente la oposición con la
alteridad, con el “otro”, lo que define la etnicidad.
Basados
en lo anteriormente expuesto, queremos enfatizar en las determinantes
contextuales de la etnicidad, es decir, el hecho de que esta oposición con la
alteridad es diferencial, dinámica y cambiante, de acuerdo con el contexto
desde el que se mire nuestro entorno sociocultural.
Los
rasgos significantes de la identidad serán, desde esta perspectiva, regulados
por la ubicación del sujeto o grupo que se autoidentifica étnicamente, y que
otorga significado a su actuar y al actuar de los demás, en un continuum, un eje, que va desde lo más cercano (individuo, familia,
comunidad), lo que habitualmente denominamos “cultura local”, hasta lo más
lejano (comunidad mundial), cultura “universal”, pasando por categorías
geográficas y políticas tales como cultura de país, idiosincrasia de nación,
etc. Este contexto dinámico se nos presenta a modo de eje continuo,
aparentemente sin categóricas soluciones de continuidad, sin claras fronteras,
a menos que pre-fijemos antes desde qué punto del mismo nos miramos y
miramos a los demás.
Pensamos
entonces que la respuesta a la pregunta identitaria ¿quiénes somos? va a
depender fuertemente del contexto desde el que nos estemos viendo, porque es
este contexto el que a modo de “lente contextual” (regulable) nos ayudará a
definir en cada momento o situación frente a quiénes nos oponemos (con qué
“otras culturas” nos interrelacionamos) y en base a qué rasgos
significativos se definen los recortes de la realidad sociocultural que
sustentan nuestra identidad. Soy distinto a mi hermano, pero somos iguales en
oposición a un vecino,...con el que a su vez somos iguales en oposición a los
de otro barrio y así, sucesivamente.
En
este sentido, pensamos que a mayor amplitud de rango, mayores posibilidades no sólo
de toma de conciencia de las formas como se relacionan las distintas culturas,
sino también de involucrarse y de propiciar el “diálogo intercultural” y
el mejoramiento de las formas de interrelación cultural, buscando pasar de
relaciones de segregación, discriminación e imposición cultural
a relaciones más equitativas, de valoración de las diferencias y de
enriquecimiento cultural, actitudes y procesos de naturaleza intercultural.
Desde
esta perspectiva planteamos que nuestra identidad chilena se ubica actualmente a
medio camino entre una identidad microsocial, inserta en (o definida por) la
“cultura local” y una identidad macrosocial, que nos remite a nuestra
identidad latinoamericana, o más directamente latino-amerindia.
En
la medida en que nos sintamos etnia, integrantes de las etnias chilenas, pero
nos miremos desde el punto de vista del contexto macrosocial, podremos construir
una identidad intercultural que valorice y potencie la multiculturalidad
existente en nuestro país y que, al mismo tiempo permita el mantenimiento de
procesos de diferenciación
cultural.
A
medida que ampliemos nuestros lentes contextuales podremos ir encontrando más y
más elementos de unión con quienes antes nos diferenciábamos
irreconciliablemente y ahora, en un contexto más global, sentimos nuestros
iguales.
En
esta tarea de ampliación de las fronteras culturales la educación tiene un rol
fundamental y el objetivo formador de ésta debería apuntar sin duda a la meta
de cruzar el segundo siglo de nuestra historia como nación, convertidos en un
pueblo eminentemente intercultural, orgulloso de su mestizaje original y abierto
al mundo desde las distintas vertientes de su herencia étnica: las provenientes
de la cultura indígena y las de la cultura occidental.
[1] Conrad Phillip Kottak (1996) Antropología: Una exploración de la diversidad humana México Mc Graw Hill, pág. 34
[2]
Kottak Op. Cit
[3] Kottak Op. Cit todos los paréntesis son míos.
[4] Barth, F. (1977) Los Grupos étnicos y sus fronteras. México DF:FCE. negritas mías.